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OPINIÓN

Educación y casos especiales

La inclusión educativa debería incorporar en los procesos educativos a quienes son “diferentes”

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Abril 18, 2022

Lo cierto es que, si tuviéramos tiempo para hablar, todos nos declararíamos excepciones. Porque todos somos casos especiales. Todos merecemos el beneficio de la duda. Pero, a veces, no hay tiempo para escuchar con tanta atención, para tantas excepciones, para tanta compasión. No hay tiempo, así que nos dejamos guiar por la norma. Y es una lástima enorme, la más grande de todas.
J.M. Coetzee. La edad de hierro, p. 94. Citado por Carlos Skliar en: Saber, Mito y Sentido: Entre la Normalidad y la Alteridad, p. 133.

Lo cierto es que se habla hoy de educación inclusiva, se usa el término en todos los discursos políticamente correctos en las escuelas y universidades, entre los investigadores educativos y los docentes, directores y orientadores escolares o tutores universitarios.

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Pero lo cierto es que cuando se formula o se escucha este término se piensa de manera automática en las niñas, niños, adolescentes y jóvenes que tienen alguna condición de discapacidad, como si fuesen los únicos excluidos en nuestras instituciones educativas que son en muchos sentidos, excluyentes, como si fueran las raras excepciones que hay que tomar en cuenta, que necesitamos incluir.

Sin embargo, la inclusión educativa puede y debería referirse también a todos aquellos sujetos individuales y grupos que no son integrados plenamente a los procesos formativos por el único “pecado” de ser diferentes: grupos indígenas, educandos que pertenecen a familias y comunidades pobres y marginadas, personas de razas, creencias, preferencias o modos de vida distintos a los de la mayoría de la población, de esa mayoría que por ser la que conforma la normalidad estadística, la parte central de la curva poblacional, se autodefinen y son vistas como normales en términos humanos, intelectuales y hasta morales.

Lo cierto es que, si tuviéramos tiempo para hablar, como dice genialmente el texto de Coetzee citado por Skliar que tomo hoy como epígrafe de este artículo, todos nos declararíamos excepciones, porque todos somos casos especiales.

En efecto, los seres humanos somos cada uno, irrepetibles, originales, únicos, imposibles de copiar -salvo lo que puedan decir las ciencias genómicas en el futuro, si la bioética no pone ciertos límites indispensables- y por ello somos todos de distinta manera, sujetos que no caben en una norma homogeneizante o estandarizada.

Con esto no quiero decir que no seamos también profundamente iguales, pues como dice el maestro Serrat en su canción Te guste o no, los humanos “tenemos mucho en común” pero “por suerte somos distintos también”, de manera que hay cosas que en la educación o en las ciencias humanas y sociales pueden caber en una taxonomía, en un tipo ideal como los que planteó Weber y hay cuestiones que sin duda pueden ser homologables en los procesos de planeación, instrumentación didáctica o evaluación de aprendizajes clave, de saberes indispensables para poder convivir y entendernos.

Pero si miramos desde el ángulo de lo distinto, podemos con razón llegar a la conclusión que plantea Skliar en el artículo del que proviene la cita y en muchos otros trabajos publicados: que la educación inclusiva tiene que ver con asumirnos como seres únicos, como excepciones y por lo tanto como personas que necesitan ser incluidas en la comunidad escolar y universitaria, en la sociedad toda.

Lo cierto es que, si tuviéramos tiempo para hablar, todos nos declararíamos excepciones. Porque todos somos casos especiales. Todos merecemos el beneficio de la duda. Pero, a veces, no hay tiempo para escuchar con tanta atención, para tantas excepciones, para tanta compasión. No hay tiempo, así que nos dejamos guiar por la norma. Y es una lástima enorme, la más grande de todas.

 

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