A la sombra de un frondoso y verde árbol de formidables ramas, sobre la barda que rodea su enorme tronco para protegerlo, una señora junto con su hija, su nieta y un sobrino se resguardan de los fuertes rayos del sol, además de una roída sombrilla. Desde temprano en el mismo lugar, de lunes a viernes, la familia vende comida, dulces, atole y tamales. Este tipo de negocio familiar ambulante es común encontrarlos en las afueras de las diversas instituciones, ofreciendo al público sus productos, siendo garantes de la alimentación, principalmente, de los funcionarios.
A la señora, las personas que entran y salen del edificio la tratan con un familiar ‘tía’, y cuando alguien al pasar pregunta a gritos, ¿qué tiene para hoy? La ‘tía’ recita su menú del día: “¡Huevos divorciados con salsa verde y roja, frijolitos y totopos, jugo, atole y arroz con leche!” Y la funcionaria responde: “¡No me hable de divorciados, y para huevos, los míos!”, lo que provoca la risa de todos los ahí presentes.
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Las once de la mañana y hace hambre. Una muchacha se acerca y pregunta: “¿Cómo hace los huevos?” La ‘tía’ sin quitar la atención del sartén sobre el anafre que calienta con carbón ardiente, responde: “Divorciados. Y si los quiere cocidos, tiernos o volteados se los preparo como usté guste.” La chamaca los pide tiernos y volteados.
Los ahí presentes sentados sobre la bardita bajo las ramas, como si nos llamaran a escena, ponemos toda nuestra atención para conocer de la maestría de la doña para freír los huevos estrellados tiernos volteados y divorciados. Con poco aceite, pero bien caliente, la ‘tía’ echa el primer huevo al sartén. Al levantar el huevo con la espátula y espiar que está cocido por debajo, lo voltea y no se ve la yema esparcirse. ‘Parece que no se rompió’, pensé. Dejó pasar un rato y la doña decide que la yema sigue tierna y es tiempo de sacarlo del sartén. Pero ¡oh desilusión!, al voltear la palita sobre el plato para colocar el huevo ‘al derecho’, se rompe la yema, y como si nada, la tía dice para sí misma entre dientes: ‘¡A este le faltó tiempo!’ De inmediato toma el sartén por el mango, juega el aceite para que cubra toda su parte baja, echa el segundo huevo, y ¡tras, se rompe la yema! ‘Bueno, dice ella, ‘¡ya pa’ la otra!’
Sin importar que los huevos estén cocidos, volteados pero no tiernos, saca el segundo y lo pone sobre el primero, ¡o sea que ni divorciados! Levantamos las cejas los ahí observantes como hipnotizados por la destreza de la ‘tía’. La joven mira el plato con simpatía y emite una risa mustia. La ‘tía’ sin inmutarse sigue en lo suyo; sirve las salsas verde y roja a un lado y el otro de los huevos encimados, como para que por lo menos las salsas sí estén divorciadas. Sirve los frijoles refritos negros al frente, y eso sí, acomoda con gran destreza y hasta elegancia los totopos sobre los frijoles. En eso si es ducha.
Sin importar que los huevos volteados estuvieran de adeveras estrellados, de a mentiras tiernos y ni por error divorciados, la muchacha toma el platillo, se lo pone sobre las piernas y le entra con singular alegría. Al levantarme para salir de ahí le digo, “¡Se ve que están buenos!” Y responde; “¡Están muy buenos, pero es pura ilusión!”