Ellacuría …dice que la realidad debe ser pensada en su totalidad. Esto implica no sólo considerar su carácter dinámico, sino el discurso histórico en el que se concreta. No se trata ya de tomar la historia como una dimensión propia del hombre, sino que la historia es entrega de realidad …la realidad se concreta como historia, ofreciendo un horizonte fundamental para la realización humana.
Vladimir Molina Cruz. Realidad y realismo en Xabier Zubiri, p. 28, nota al pie no. 28.
Se ha caracterizado tradicionalmente a la escuela y la universidad de forma crítica como una “torre de marfil”, como una especie de burbuja que protege y aleja a los niños, adolescentes y jóvenes de la realidad que resulta muchas veces dolorosa, injusta, incomprensible, absurda y en estos tiempos de “happycracia”, un enemigo del proyecto de felicidad individual.
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En los últimos tiempos algo similar está ocurriendo con las familias, claro está, en los sectores de clase media para arriba, los que no tienen forzosamente que recibir los golpes de la realidad injusta, violenta y excluyente de forma cotidiana hasta construirse una especie de blindaje para poder sobrevivir.
En nuestros tiempos de “Sálvese quien pueda”, las familias también se han convertido en burbujas o torres de marfil muy claramente simbolizadas por los fraccionamientos cerrados, los nuevos ghetos que, paradójicamente dan estatus y permiten vivir fuera de la realidad, “de la calle”.
Parece que existe una relación inversamente proporcional entre el deterioro social y la inserción en la realidad, de manera que entre más crece la decadencia en la sociedad, menos permitimos que nuestros hijos o nuestros educandos tengan contacto con la realidad que les rodea y más altos y gruesos se vuelven los muros físicos, psicológicos y sociales que se construyen para proteger a los futuros ciudadanos de ella.
Este aislamiento de las nuevas generaciones respecto a la realidad, es algo distinto a la necesaria y recomendable toma de distancia que las instituciones educativas -familias y escuelas- han mantenido -aunque paradójicamente hoy parece estarse perdiendo- para poder conservar su naturaleza como espacios que tienen como tarea y privilegio el análisis desapegado de las distintas realidades, la reflexión pausada, la asimilación lenta de los elementos que explican desde cada ciencia o disciplina los fenómenos naturales y sociales.
Sin duda esta toma de distancia para no dejarse arrastrar por las prisas y priorizar, como afirma Morin la importancia de lo urgente sobre la urgencia de lo importante, es una condición sana y necesaria para educar porque la formación requiere de espacios de libertad, de ritmos acordes con la capacidad de comprensión y reflexión crítica de los educandos y tiempos de dedicación a la contemplación y la investigación con mirada de largo aliento en los distintos campos del conocimiento.
Pero como digo antes, paradójicamente parece que hoy esta toma de distancia se está perdiendo porque las escuelas, universidades y el sistema educativo en su conjunto están siendo arrastrados por las prisas de la visión del mercado y la dictadura de las acreditaciones, certificaciones y evidencias. Mientras que el imprescindible contacto con la realidad social se va perdiendo al mismo ritmo que marcan los procesos de burocratizacón.
“Educar es conocer, es leer el mundo para poder transformarlo”, dice Moacir Gadoni, reconocido filósofo de la educación brasileño (1) y esta concepción clave de una educación realmente personalizante se está perdiendo porque las escuelas están respondiendo acríticamente a las demandas burocráticas de una capacitación para el empleo pero al mismo tiempo están alejando cada vez más la realidad de las aulas -y de los espacios familiares- con la buena pero perjudicial intención de evitar sufrimiento y frustración a las nuevas generaciones.
Como dice Molina Cruz en la tesis de Licenciatura en Filosofía de donde tomo el epígrafe de hoy, para el filósofo vasco Xabier Zubiri, el saber y la realidad son congéneres, lo que quiere decir que ambos términos son concomitantes y se influyen y relacionan mutuamente, son inseparables.
Desde este punto de vista, las instituciones que promueven el saber, que son de manera específica las escuelas y universidades, tendrían que tener como material didáctico básico la realidad en la que viven los futuros ciudadanos del país y del planeta.
Hacer que la escuela y la universidad salgan a la realidad y que la realidad entre a las aulas y espacios de aprendizaje es un reto esencial si queremos formar ciudadanos capaces de asimilar y enfrentar los desafíos y las injusticias que se han ido perpetuando en nuestra realidad social nacional y mundial a lo largo de los siglos.
La realidad debe ser el material básico de estudio para los estudiantes y profesores, para obtener datos relevantes de sus distintas dimensiones y problemas, entender de manera inteligente esos datos, reflexionar críticamente sobre lo que es verdadero y lo que es falso entre toda la información y las ideas e interpretaciones que circulan en los medios y las redes sociales y finalmente, valorar y tomar decisiones responsables para ir construyendo un proyecto de vida que se base en el lugar, en la postura que quieren y que ven necesario ocupar en los distintos campos de la actividad humana.
Como dice la referencia a Ignacio Ellacuría -gran filósofo zubiriano, rector universitario que creó en la UCA salvadoreña la Cátedra de la realidad nacional y mártir de la fe cristiana-, la realidad debe ser pensada en su totalidad en las escuelas y universidades y esto significa verla en su dinamismo y también en su historicidad, en el discurso histórico en el que se va concretando en cada momento.
Mirar la historia como la forma en que se nos entrega la realidad para poder analizarla, cuestionarla y, sobre todo, pensar de forma creativa y crítica las mejores formas de transformarla es el gran desafío de la educación contemporánea para dejar de ser esa burbuja supuestamente protectora que lo que consigue es incapacitar a los educandos para enfrentar la realidad con objetividad y con compromiso vital, con realismo pero también con esperanza y utopía.
Como afirma Ellacuría según esta referencia, la realidad se concreta como historia y nos ofrece un horizonte fundamental para la realización humana. Dejémosla entrar a nuestras aulas y a nuestras casas, vayamos a su encuentro y trabajemos con detenimiento, inteligencia, criticidad, responsabilidad, esperanza y amor sus graves problemas y desafíos con nuestros estudiantes y nuestros hijos. Convirtamos a la realidad en el material didáctico fundamental de nuestras prácticas educativas y de nuestros planes y programas de estudio en todos los niveles educativos.
(1) Esta frase es el epígrafe que abre el libro Conocer la Realidad para Transformar el Futuro: La Investigación como Herramienta para Mejorar la Calidad de la Labor Docente, que puede consultarse en la siguiente liga: https://ceccsica.info/sites/default/files/content/Volumen_40.pdf