Días de romper un poco la monotonía urbana y echar un brinco a Cuetzalan.
Hermoso pueblo de nuestra sierra, justamente llamado mágico. Sus días comunes son estampas vivas de un pueblo mexicano. Sus noches de calles empinadas, callejones con faroles, balcones nostálgicos, suelo empedrado, laberintos bellos, de misterio y remembranzas.
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Una comunidad vieja, totonaca, antiquísima, que conserva los rasgos del ayer muy lejano en sus casonas, su gente, su vestimenta, sus tradiciones. La belleza del paisaje brota en todas sus calles, esquinas, balcones, aceras, templos.
Las vetustas y altas casonas con sus aleros, refugio de golondrinas y palomas, nos hablan de un pasado muy reciente, muy vivo. Se huele su vieja existencia, y ese olor se mezcla con el café, el pan caliente de sus muchas panaderías, la humedad propia de una zona lluviosa y de niebla, su sabor provinciano.
Se ve por doquier el porte orgulloso de sus mujeres y hombres, con la vestimenta tradicional, el machete, las artesanías.
Llama la atención un negocito de cajas de muerto, casi inadvertido en una callejuela, con un letrero: “Se vende vestuario para muertos”. Costumbre rara, pero parte de las tradiciones de ese y otros pueblos. Como las plañideras, por ejemplo, esas mujeres contratadas para llorarle al difunto en los velorios.
Un viejecito al frente del comercio explica que algunos piden que, a su difunto, antes de pasarlo al féretro lo vistan con una túnica, “como San Judas Tadeo; y si es mujer como si fuera una virgen de la iglesia”.
Su mercado dominical en pleno zócalo es un mosaico de cosas infinito. Predominan las frutas, golosinas, los yerberos. Esta sección, que incluye frutas de la región, es como un jardín botánico: el abundante verdor de las yerbas para toda clase de males antiguos y actuales, y el consiguiente consejero recetador de cómo usar y aplicar cada remedio.
Y la presencia de vendedores de artesanías absolutamente en todas partes. Bordados, ropa, servilletas, llaveros, huipiles, pulseras, tortilleros, una oferta polícroma fruto de las manos maravillosas de las mujeres cuetzaltecas.
Allá arriba, todos los días enormes zopilotes como vigías del pueblo, pero en realidad cazadores de carroña en las afueras. En las calles, sus perros gordos prueban lo verídico de una ancestral observación: si en un pueblo hasta los perros son gordos, la gente no se la pasa mal.
Verdad a medias, porque la imagen del indígena local, sobre todo algunos de edad avanzada, es durísimo reproche a la conciencia de todos los mexicanos: caminan con los pies descalzos o con guarache de pata de gallo, con la piel endurecida y encalllecida por la severidad de las calles y veredas, con el quemante calor y la lluvia que arrastra los guijarros.
Esa condición es un perenne y brutal recordatorio a los gobernantes de todos los niveles, de que resta aún mucho por hacer para rescatar de la pobreza ancestral a millones de mexicanos de miserable condición.
La sierra norte poblana es una dolorosa deuda viva con el México indio que llevamos en el alma.
Las callejuelas de Cueztalan son una invitación al caminar sin rumbo, a vagar aprendiendo, al gozo de la vista, el olfato, el trato de su gente. Pese al intenso desfilar de personas, las arterias lucen aceptablemente limpias.
El santo olor de sus panaderías, que dijera López Velarde, incita a cada paso a buscar el café que acompañe las caminatas a toda hora del día.
A comer llaman. Los desayunos y comidas son opíparos y la oferta variadísima, para todos los gustos y bolsillos.
Basten dos o tres ejemplos: los restaurantes La Época Dorada, La Terraza, Las Ranas y La Buena Vida. El primero es además un museo de navajas, pistolas, timbres, billetes y antigüedades mil y mucho de esto está a la venta. Singular es su colección de carteles de viejas películas del cine mexicano y los grandes retratos de cómicos y artistas que decoran sus muros.
En La Terraza pasa a tocar el Dueto San Miguel, dos pueblerinos que con violín y guitarra deleitan al comensal con viejos sonecitos y canciones nostálgicas propias de la provincia mexicana; el huapango por supuesto figura en su repertorio. Las Ranas tiene un sazón casero extraordinario. Todos en el centro, a tiro de piedra.
Mención aparte merece la pizzería “Majos”, de Armando May. Aquí el atractivo es singular, porque Armando logró trasladar el genuino modo de hacer pizzas italianas al mismísimo corazón de la Sierra Norte, lo cual ya es una proeza en una región de prestigiada cocina autóctona.
El resultado es único: de fino grosor e ingredientes múltiples, su platillo es imprescindible para quien llegue a estos lares. Pecado es visitar Cuetzalan y no saborear las pizzas de Armando con un rico vino tinto, además de su hospitalario trato y conocimiento de la región.
Allá se queda el viejo y bellísimo pueblo de Cuetzalan, una joya de la cultura de nuestro querido México.