¿De verás el presidente Andrés Manuel López Obrador y su partido Morena son los responsables absolutos del rumbo de desinstitucionalización que ha tomado el país, y por cuya razón el mexicano es clasificado de régimen híbrido, mitad autoritarismo y mitad democracia?
¿Es el presiente López Obrador a quien debemos culpar de lo que ya es calificado como el mayor desastre nacional en prevención y atención de la pandemia de COVID 19, causante de más de seiscientas mil muertes (entre reconocidas y acumuladas), y de las consecuencias económicas derivadas de ella, consistente en mayor desempleo y mayor precarización?
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¿El deterioro de la salud pública nacional es producto de la mala política sanitaria y de la desaparición del Seguro Popular, a cuya cabeza fue nombrado un improvisado director, con el consecuente desabasto de medicamentos en general y oncológicos en particular, afectando la atención de niños con cáncer, con el manido argumento de combatir la corrupción en los sobrecostos, es –insisto– únicamente responsabilidad del Presidente de la República?
¿Que el número de personas en pobreza y pobreza extrema se haya incrementado en poco más de tres millones de individuos y que en paralelo la desigualdad se haya ensanchado, es culpa sólo de la limitada política social y de la ineficiencia de los responsables de diseñar y ejecutar los programas, e incluso de la corrupción denunciado por los mismos promotores del gobierno en varias entidades del país?
¿Que desde la misma Presidencia se mantenga una campaña declarada en contra del Instituto Nacional Electoral (INE), en particular de un par de consejeros que, en cumplimiento de su deber, se resisten a los dictados del aparato de gobierno, y mantienen la independencia del organismo, es responsabilidad solamente de López Obrador?
¿Debemos culpar al Presidente por la degradación y ruina presupuestales en ciencia y cultura en razón de un supuesto combate de prácticas neoliberales (la bestia negra causante de todos los males nacionales en la visión de la Cuarta Transformación), en cuyo paquete entró hasta el Instituto Nacional de las Lenguas Indígenas?
¿Qué se esté transitando de un gobierno civil a uno militar, un tema que, a diferencia de otros, ni siquiera figuró en el paquete de promesas de campaña del ahora Presidente (la promesa fue regresar los militares a los cuarteles en tres años, para entonces el país estaría completamente pacificado)?
¿Que al final del día, y de acuerdo con estudios académicos robustos, elaborados con base en información oficial, y no obstante la plegaria diaria, se comprueba que en este gobierno los pobres no son primero, y que en el mejor de los casos se trata de un recurso publicitario, es culpa solamente de López Obrador?
Que el país se encuentra a medio camino entre la democracia y el autoritarismo no es culpa de López Obrador, hay que decirlo con todas sus letras. Es culpa de un sistema de partidos, podrido, que no representa a sus representados en las cámaras y en la plaza pública. Se les mira aquí, allá y acullá rehuyendo el debate. Lo cierto es que diputadas y diputados han claudicado del deber protestado.
El problema no tiene que ver solamente con la actitud concentradora de poder del presidente Andrés Manuel López Obrador. El problema de fondo es que el país vive en el desamparo político. Los partidos de oposición no son oposición. Omiten su deber de contrapeso (hacer efectivo el principio de división de poderes) para concentrarse en el cultivo de sus intereses personales y de grupo. No son políticos, son caza oportunidades, seguros que por esa vía alcanzaron más rápido el cucharón del presupuesto.
Con base en el diseño institucional, no podemos culpar al Ejecutivo de todos los males señalados arriba, aunque nos parezca serlo. El Ejecutivo es apenas el jefe del Poder Ejecutivo, uno de los tres pilares que integran el gobierno. Pero el presidente no es todo el gobierno.
PAN, PRI, PRD y Movimiento Ciudadano no son oposición. La única oposición política existente no son esas organizaciones, no obstante que mes a mes reciben grandes cantidades de dinero para… hacer política.
La verdadera oposición, la única, esta representada por los medios de comunicación, los intelectuales y la sociedad organizada, todos fuera de los partidos. Ellos ponen los muertos, no los partidos.
El problema entonces no es el presidente Obrador, por más que en la cultura del viejo autoritarismo así sea visto y haya sido. La culpa es del sistema de partidos que, temeroso, se rehúsa asumir su papel democrático.
Dejemos de repartir culpas.