Hoy cumplo 46 años y 30 de haber vivido la anécdota más increíble de mi vida. Era mi cumpleaños y mi madre me pidió que saliera de casa con la intención de preparar una fiesta, por lo que me fui toda la mañana a jugar con mis primos. A esa edad lo único que me apasionaba era el basquetbol y qué mejor que tener medio día para practicarlo en compañía de gente con mis mismos gustos. Había empezado mi festejo con el pie derecho.
Después de un par de horas de jugar, reír y sudar, nos sentamos a la sombra de un árbol en el parque y me ofrecí para ir por algunas bebidas a la tienda con el dinero que me había obsequiado mi padre. Al salir del lugar con los brazos llenos de agua simple, sodas y algunas golosinas, me topé con un par de desconocidos que estaban en la esquina mirando a todos lados. Al acercarme fijaron su mirada en lo que venía cargando.
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—¡Hoooul-aaaa!
Me dijo uno de ellos y por su extraño aspecto y acento deduje que se trataba de turistas extranjeros que se habían extraviado.
—Buenos días —Le contesté amablemente y al notar que no separaban la vista de mis bebidas pensé que probablemente estaban sedientos y no sabían cómo pedir algo en la tienda, así que les ofrecí una botella de agua. Al ver mi ofrecimiento se miraron uno al otro y dijeron:
—¿ Es paaara nooousooutroous?
—¡Claro! —contesté con seguridad.
—¡Graaaaciaaas! — se limitaron a decirme con cara de alguien que recibía algo muy valioso y después de tomar un pequeño sorbo cada uno me dijeron:
— Poor favoour toouma estoou.
Me dieron una cajita de cartón cuyo contenido no se podía ver, pues venía con una tapa del mismo material. Tomé el regalo pensando que se trataba de algún souvenir de su país natal y acto seguido se retiraron. Por lo liado que estaba con las manos no pude abrir la caja sino hasta llegar con mis primos y entregando mi cargamento me senté en el pasto; retiré la tapa y ahí estaba la navaja suiza que siempre había deseado desde niño cuando me hice boy scout. En verdad esos tipos me habían hecho el día sin saber que era mi cumpleaños. Tomé la caja y se la mostré a uno de mis primos quien sin extrañarse de que ese día yo recibiera algún regalo dijo:
—¡Qué padre reloj data bank! Como el que le pedí a mi papá.
—¿Reloj? ¿Qué no estábamos hablando de una navaja?
En ese momento otro primo que venía acercándose tomó la caja, dio unos pasos hacia atrás y vio el contenido diciendo:
—¡Uuuuuy! Te rayaste, ahora sí te podrás comprar tu guitarra —cerró la caja y la lanzó para que mi primo el mayor la atrapara en el aire y viera su contenido que el hizo exclamar:
—No cuate, esto no es para chavos de tu edad, mejor que no lo vean mis tíos, pero me tienes que decir dónde los conseguiste.
Me entregó la caja con la tapa puesta y en ese momento regresamos a casa.
Subí a mi cuarto para ducharme pensando que mis primos me habían querido jugar una broma. Al salir del baño encontré a mi hermana mirando fascinada en el interior de la caja y me preguntó:
—¿Quién te regaló esto?
—Alguien –contesté.
—Pues ese alguien debería saber que los niños no usan dijes, ¡jaja!, de seguro fue una admiradora.
¿Un dije? En ese momento sentí miedo, no tenía idea exacta de lo que un par de extraños me habían obsequiado. Tapé la caja dando un último vistazo y pude ver todavía la navaja suiza en su interior. Cuando se fue mi hermana, corrí a mi escritorio, busqué cinta adhesiva revolviendo las cosas de mi cajón, sellé la caja y salí al jardín donde traté de cavar un hoyo, como no pude hacerlo más profundo, busqué una pala en el garaje y frenéticamente removí la tierra hasta que la herramienta ya no era maniobrable y ahí eché la caja de cartón, cubriéndola.
Desde ese día ha estado enterrada en el jardín de la casa de mis padres, donde ya no vivo, pero cada año en esta fecha siento curiosidad y temor de saber si sigue ahí. Hoy, 30 años después me pregunto, ¿qué habrá dentro esta vez?