Los sistemas educativos no pueden cambiar rápidamente. Conseguir que millones de estudiantes muestren avances significativos en sus niveles de aprendizaje solo es posible gracias a políticas consistentes y sostenidas, en un marco de estabilidad política y económica que permita que también mejore la condición de los hogares.
Evaluaciones como los ERCE o PISA no pueden decir cómo va cada escuela, ni menos cada niño, pero pueden dar una idea consistente de la situación del sistema educativo de los países participantes…Por eso, es importante que México participe en las evaluaciones internacionales del LLECE y en las de la OCDE.
Felipe Martínez Rizo. Los sistemas educativos de América Latina entre 1997 y 2019: una lectura de las evaluaciones regionales del LLECE. Este País. 9 de febrero de 2022.
Como bien señala el filósofo canadiense Bernard Lonergan en su libro Topics in Education, publicado en español como Filosofía de la Educación, un sistema educativo es un bien de orden, es decir, consiste en un patrón estructurado de ciclos de esquemas de recurrencia de operaciones coordinadas para brindar educación a todos los niños, adolescentes y jóvenes de una sociedad determinada, de manera sistemática y constante. Para que una sociedad eduque a sus nuevas generaciones se requiere toda una organización que haga que la formación llegue a todos, todo el tiempo.
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El sistema educativo como cualquier bien de orden, no es abstracto, aunque requiere de leyes, normas, políticas y documentos que lo definan y regulen; estos documentos tienen que volverse operativos, llevarse a la práctica en cada región de un país, en cada escuela, en cada aula, por parte de actores concretos: educadores en acción y educandos participando cotidianamente en los procesos formativos.
Como todo bien de orden, el sistema educativo tiene que estar en continua revisión, ajuste, mejora e innovación porque si permanece estático se va anquilosando y volviendo inoperante frente a la sociedad que va cambiando, que se mueve de forma continua y va requiriendo nuevos conocimientos, nuevas habilidades y perfiles actitudinales de los ciudadanos que se forman en las aulas. “Lo que no se regenera, degenera” dice Edgar Morin para referirse a esta necesidad de cambio continuo de los sistemas.
Pero también es cierto que todo bien de orden, todo sistema, requiere de cierta estabilidad y continuidad para lograr sus objetivos. Todo modelo educativo, currículo, programa de asignatura, método de aprendizaje, necesita tiempo para irse instrumentando y tener el efecto que se espera cuando se le diseña y se pone en marcha.
Toda política educativa requiere también de cierta estabilidad y continuidad para poder ser evaluada en sus resultados e impactos en las nuevas generaciones. Los cambios educativos tanto a nivel particular -el aprendizaje, la comprensión, la transformación personal de cada educando- como en el nivel estructural -el sistema educativo funcionando con determinada orientación-, así como la cultura de lo educativo -los significados y valores sobre lo que se considera una buena educación, una buena escuela, un buen docente o un buen plan de estudios- necesitan de tiempo de instrumentación, maduración y consolidación para poder evaluarse y a partir de esta evaluación ser mejorados.
Por otra parte, aunque se diga popularmente que “las comparaciones son odiosas”, para poder mejorar lo que se hace en el aula, en la escuela y en el sistema educativo en su conjunto resulta siempre muy positivo el ejercicio de comparación y de análisis de las buenas prácticas de otros profesores, otras instituciones, otros sistemas educativos, puesto que al mirarnos en el espejo y asomarnos a la ventana para mirar otras formas de hacer las cosas podremos generar ideas para mejorar lo que hacemos.
A propósito de este tema, la página web de la revista Este País del mes de febrero, el Dr. Felipe Martínez Rizo publica un artículo muy interesante en el que analiza los resultados del cuarto Estudio Regional Comparativo y Explicativo (ERCE 2019) del Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad Educativa (LLECE), que difundió en diciembre del 2021 la Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe (OREALC) de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). El análisis puede leerse completo en la liga del epígrafe que encabeza el artículo de hoy.
El estudio comparativo de estas evaluaciones entre el 2013 y el 2019 no muestran avances significativos en la mayoría de los países de la región región en términos de aprendizaje en ninguna de las áreas de conocimiento, según afirma Martínez Rizo en su artículo, añadiendo que estos resultados deben ser una señal de alerta para los países latinoamericanos y del Caribe.
Como saben mis cinco lectores y he repetido reiteradamente en este espacio, mi campo de investigación en la educación no es el de las políticas públicas ni el del estudio de los sistemas educativos, su organización y resultados.
Sin embargo, como estudioso del tema de la ética en la educación y considerando que como he señalado en mi argumentación inicial de esta colaboración, todo sistema educativo es un bien de orden -o un mal estructural- que debe contribuir a llevar el bien particular de la formación de calidad y con equidad a todos los niños, adolescentes y jóvenes de un país para contribuir al mejoramiento de la sociedad en términos de desarrollo, justicia y calidad de vida sustentable para todos, quiero subrayar lo que el Dr. Martínez Rizo plantea en las conclusiones de su artículo.
En primer lugar, el señalamiento de que un sistema educativo no puede cambiar rápidamente sino que requiere de tiempo para la instrumentación y consolidación de sus modelos, políticas, proyectos, planes, programas y métodos de enseñanza y aprendizaje. Tristemente nuestros gobiernos mexicanos parecen ir siempre en contra de este principio evidente pensando en que en seis años que dura el período de un presidente se puede transformar radicalmente todo el sistema educativo nacional. Esta constante en nuestra historia reciente -al menos desde la década de los setenta hasta hoy- ha hecho que se pierda mucho tiempo en querer reinventar desde cero la educación cada sexenio.
En segundo lugar, la idea de que para lograr que millones de estudiantes muestren avances significativos en sus aprendizajes, se requieren políticas consistentes y sostenidas en un marco de estabilidad económica, política y social en la que mejore también la condición de los hogares. La reinvención sexenal de nuestra educación ha hecho precisamente lo contrario, es decir, ha generado inconsistencia y cambio constante en las políticas educativas que aunados a la inestabilidad económica, política y social que no ha logrado mejorar las condiciones de vida de las familias y que con la pandemia y su errática forma de enfrentarla ha generado un mayor número de pobres en el país, con la consecuente pérdida en la calidad de los aprendizajes que muy probablemente registrará una caída en la siguiente evaluación regional.
Finalmente, la relevancia que tiene -a pesar de la evidente resistencia y oposición de nuestro actual gobierno- la participación de México en las evaluaciones internacionales, como la mencionada de LLECE y la de la OCDE, para darnos una idea consistente de cómo está funcionando nuestro sistema educativo en su conjunto.
Consistencia, estabilidad y participación en las evaluaciones son tres elementos clave que señala Martínez Rizo como lineamientos para aspirar a una auténtica mejora de nuestro sistema educativo nacional para que sea realmente un bien de orden que contribuya a la transformación social.