Todo comenzó con el sismo del 19 de septiembre del 2017, por el gran susto que se llevó cuando le tocó vivirlo en el Centro Histórico de la ciudad de Puebla. Trabajaba dando clases en la escuela primaria del edificio de la avenida 11 sur. Al iniciar el sismo pudo tranquilizar al grupo de niños a quienes les daba clases; y ayudarlos a salir con orden y mucha precaución, aunque con mucho miedo, del edificio colonial. Ya afuera junto con los niños, se quedó paralizada al ver cómo se rompían los vidrios de las ventanas del edificio y el violento movimiento trepidatorio posterior que hacía brincar a los coches estacionados y los que circulaban en la calle. ¡Nunca había visto algo así!
Cuando el sismo pasó, parada a media calle, tuvo miedo de alguna réplica, pero le urgía llegar a su casa para ver a su familia y si la casa seguía en pie al haber resistido el embate. Se imaginó el pánico de sus hijos y el de su mamá que los cuida mientras ella trabaja. Cuando pudo, fue corriendo a buscar su coche que había dejado estacionado a unas cuadras, con el temor de que le hubiera caído encima una barda, ¡era su único patrimonio! Al llegar encontró que el auto estaba bien. Lo abrió, se subió y salió como bólido a ver a su familia y su casa, teniendo en mente qué haría si algo hubiera pasado.
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Llegó enfrente de su casa con mucha desconfianza y se estacionó a mitad de la calle por miedo a que le cayera alguna barda. Abrió la puerta y su hijo menor salió corriendo, llorando a abrazarla; lo cargó y entró para saber cómo estaba su mamá y sus otros dos hijos. Cuando se dio cuenta que todo estaba bien, intentó escribirle un WhatsApp a su marido, pero no pudo ya que sus dedos se quedaron acalambrados sin poder teclear. Le pidió al mayor de los niños, mandara un mensaje a su papá para decirle que todos estaban bien y que no había pasado a mayores.
Cuando se quiso levantar de ahí fue que sintió el vértigo por primera vez en su vida. No pudo. No sólo se le habían acalambrado las manos y los pies, sino que el vértigo hacía que se fuera de lado como echándose un clavado en una alberca. Le llamó a un doctor amigo y por recomendación guardó reposo absoluto ya que el sismo tenía al sector médico con muchas urgencias. No pudo levantarse al día siguiente y la tuvieron que apoyar para ir a consulta.
“Vértigo, le dijeron, usted tiene vértigo. Esa sensación que todo gira a su alrededor de manera intensa sin que se detenga, acompañado de náusea, palidez en la piel y sudoración fría, es vértigo. No se preocupe, esto se produjo por lo intenso del movimiento telúrico hizo que se desprendieran del oído interno unos otolitos en los canales semicirculares que se tienen que volver a acomodar. Mientras haga estos ejercicios y tome esta medicina para ir controlando el vértigo, todo estará bien.”
Esa vez se alivió; le dio una segunda ocasión por desmedido estrés cuando sufrió un robo de automóvil a mano armada. Y la tercera fue en la pandemia al intentar limpiarse la cerilla del oído con un aparato que le recomendaron.
El sismo le anidó el vértigo que se repite sin medida, ¡pero lo domará!