Logo e-consulta

Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El gatinni-perrinni

El gatito que llegó al seno de una familia para ser la alegría de un pequeño y su abuelo

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Viernes, Enero 28, 2022

Desde niño le gustaban mucho los gatos. En la familia siempre tuvieron perros, no por prejuicio contra los felinos, sino porque el abuelo era más perruno que gatuno y el niño y la mamá vivían con él. Como familia nunca se habían preguntado qué onda con los mininos porque los canes siempre había sido parte de su vida, aunque en las bardas que rodeaban el jardín de la casa siempre andaba algún gato despistado rondando, que con el escándalo y brincos de los perros para intentar atraparlo, los veían huir asustados ¡para no volver nunca más!, excepto cuando los perros dormían. Pero llegó el día que este chamaco tuvo la idea de tener un gato.

Consentidores el abuelo y la mamá, y sin perros ya, de buena gana aceptaron que trajera el gato que quisiera, con la condición de que aprendiera a atenderlo desde su alimentación, su cama, arenero, la tabla donde afilara sus uñas -para proteger lo más posible los muebles-, y se informara de su cuidado, enfermedades, vacunas, aseo, visitas al veterinario, desparasitación, en fin, que lo conociera bien para tener las menos sorpresas posibles porque ninguno sabía cómo era la personalidad y el carácter de los gatos.

Más artículos del autor

Con la decisión tomada, el niño puso manos a la obra para conseguir el gato que más le gustara y tuvo la suerte que su mejor opción fuera el primero que le ofrecieron regalar. Al llevarlo a la casa, el gato de inmediato se acurrucó sobre las cobijas de la cama del chamaco y se empezó a lamer su pelaje, ¡no hubo ya poder humano que lo quitara de ahí!

Cuando el niño salía temprano de la casa, el cariñoso y astuto animal se metía subrepticiamente al cuarto del abuelo, brincaba a su cama y, como el viejo dormía boca abajo, se le subía sobre la espalda encima de las cobijas, lo masajeaba intensa y persistentemente un buen rato con las patas delanteras para terminar acostándose sobre él, ronroneando sin parar, arrullando al abuelo.

¡Que si son listos y comodinos los gatinnis, no tienen amos pero sí staff! Y para más: el abuelo feliz le consentía y daba todo al gato, y en su momento, le dijo emocionado al chamaco: “¡M’ijo tu perrito está muy bonito, es el mejor que he tenido en mi vida! ¡Ninguno se me acurrucaba en la espalda y menos me arrullaba tan bonito toda la mañana!”

alefonse@hotmail.com

Vistas: 443
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs