No, la horrible noche no cesa (…)

Martes, Mayo 11, 2021 - 11:59

Tras el paro nacional, el pueblo colombiano continúa en medio de la cultura de la ilegalidad

Maestra en Ciencias políticas y politóloga colombiana. Docente investigadora en la Universidad de Ibagué (Colombia). Sus temas de interés son Minorías étnicas, representación política, movimientos sociales, reformas electorales

Tras once días de Paro nacional ininterrumpido en territorio colombiano, asoman apenas tímidas negociaciones por parte del gobierno frente a la agenda reivindicativa de la sociedad convocante. La violencia de Estado, en cambio, es la máxime que hoy sumerge en baño de sangre a la ciudad de Cali, cuna del terrorismo por parte de grupos narcotraficantes amparados en las fuerzas oficiales de Colombia. El narcotráfico, lejos de ser superado, muestra hoy una vez más como el imperio de la ley se doblega ante la criminalidad, síntoma claro de que el pueblo colombiano continúa a deriva de un narcoestado.

Ante la manifestación social multitudinaria que continúa en Colombia, la miopía del presidente Duque y sus secuaces brilla por su incapacidad para concertar una negociación seria de cara a los sectores convocantes del Paro. El presidente ha hecho presencia efímera y se reúne alrededor de dos minutos con un que otro grupo social. En cambio, la posición guerrerista del gobierno es una constante a través de enérgicas alocuciones en la prensa tradicional; a su vez, en redes sociales reiterados tuits como el del expresidente, Álvaro Uribe, señalan, palabras más palabras menos que, ante la crisis social hoy imperante en el país primará la “autoridad”.

Bajo este contexto y a estas alturas hay que preguntarse ¿a qué tipo de “autoridad” aluden? Colombia, como bien ha sido dateado por parte de estudiosos del tema, es un narcoestado que colapsó en el momento en que el narcotráfico logró poner un presidente, por allá en 1994 al llegar Ernesto Samper Pizano al poder con la financiación de líderes del cartel de Cali, llamándose esto el proceso 8000 y que nunca provocó la dimisión del investigado.

En adelante la intromisión del narcotráfico en la política colombiana surte como una especie de “mano invisible”- en alusión a la no regulación estatal en la economía que infiere Smith- de la cual se benefician grupos políticos y económicos en relación casi simbiótica.

De allí que, posterior a la década del noventa se presente cierta estabilidad institucional producto del no ataque frontal del narcotráfico al Estado, misma que ha permitido que la democracia colombiana se jacte de ser una de las más estables y duraderas en la región. Sin embargo, cuando un Estado pierde el monopolio coercitivo de la violencia (1) que es característica fundante del Estado moderno, no puede continuar ufanándose de “autoridad” y menos de “legitimidad”; de hecho, la crisis política y social será constante debido a la desconfianza institucional y el inminente desmantelamiento del Estado.

Con esto en mente, es grave los múltiples ataques sucedidos por parte de civiles armados que llegan en camionetas de alta gama a disparar contra la población civil inmersa en las manifestaciones sociales que bañan hoy de sangre a ciudades como Pereira y Cali, siendo ésta última de atención, debido a la presencia de resquicios del cartel de Cali y los nuevos tentáculos de los carteles mexicanos de la mano de fuerzas armadas colombianas; hechos todos que se han venido evidenciando a través de redes sociales y de informativos alternativos que hoy son protagónicos en rechazo de la parcialidad de los mass-media tradicionales (Caracol y RCN).

Frente a esto, claro está que quienes se encuentran en medio del fuego armado es la población civil. Que hoy tras miles de años de abandono, explotación y corrupción por parte de la clase gobernante, continúa abocada en las calles en medio de actos culturales y proclamas legítimas que interpelan al poder constituido y exige rendición de cuentas sobre los múltiples homicidios y desaparecidos que aumentan día a día en el territorio.

De forma que, el enemigo no es solo el gobierno que continúa sordo frente a la catarsis social, también y sobre todo un Estado cooptado ante la criminalidad, el narcotráfico y la cultura de la ilegalidad que muestra hoy su maquinaria en complacencia de las fuerzas de seguridad ante el horror por parte de la civitas en deriva profunda, y, a la espera de que (…) cese la horrible noche; ésta,  sin embargo, al contrario de lo que pregona el Himno nacional colombiano, ¡No, no parece cesar!

 

Notas

1.  Weber, Max. The Theory of Social and Economic Organization (1964)


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