México no es de un solo hombre

Miércoles, Abril 7, 2021 - 11:16

La muerte de 321 mil por COVID-19 es un tema que el presidente sustituye con las vacunas

Trabaja en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV). Dr. en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros.

Nada hay más parecido a una auténtica moneda que una moneda falsa. Así es el gobierno, el liderazgo y los resultados de la administración encabezada por el presidente López Obrador, algo falso que quiere pasar por verdadero. Para muestra algunos botones.

Número 1: El gobierno ha renunciado a proteger a los mexicanos del crimen organizado, particularmente del narcotráfico. En 2019 las víctimas sumaron 34 mil 648 casos y en 2020 otros 34 mil 515 homicidios. El 80% de esos crímenes es producto de la violencia del narco, según organizaciones activistas, como Semáforo delictivo (https://cutt.ly/kcSxdHc). La falsedad que representa el gobierno pejista es que con “abrazos no balazos” el problema se acaba. Basta con darle la espalda, como lo ha hecho. Para el presidente este asunto no es tema.

Número 2: La muerte de 321 mil mexicanos por el COVID-19 es un tema que ahora el presidente sustituye con las vacunas. De los cerca de 117 millones de mexicanos que deben vacunarse, hasta este momento sólo 8 millones han recibido las dosis, menos del 7% de ese universo (https://cutt.ly/qcSc9gD). Costos, gastos, inversiones en la vacuna son un misterio.

Número 3: La recesión económica, luego del colapso provocado por la pandemia, llevó al país a una caída estrepitosa (para colocar la cifra en términos de -8.5%). El crecimiento económico previsto para este año, calculado en alrededor de un 5% (https://cutt.ly/ZcJI1AT), nos colocará en el -3.5%. El crecimiento seguirá siendo negativo, es decir, no habrá crecimiento. El gobierno, además de haberse apropiado del dinero de todos los programas (algunos que tenían como foco de atención a los niños con cáncer), ha actuado con total opacidad que sólo él, y nadie más que él, maneja “otros datos”. En abril de 2020, López Obrador dijo que en nueve meses se generarían 2 millones de nuevos empleos. Hoy no dice ni pío. Ignorar las cosas que no le interesan es su forma de dar resultados, es decir, nada.

A mí nunca me ilusionó López Obrador. Siempre supe que era un demagogo, como lo ha demostrado al cien. El problema para los mexicanos y mexicanas es que tiene poder. Pero no hay una conciencia crítica y moral de ese poder. Por eso lo usa con arbitrariedad, demoliendo instituciones frágiles, haciendo a un lado a personas que no le son leales, y encima de ello, genera un lenguaje de odio, polarización y división. Él gobierna, como lo muestra día a día, para “los suyos”, a nombre del pueblo (esa abstracción de la que abusa con la facilidad de un depredador) sin tomar en cuenta que los niños con cáncer que ya no reciben medicinas para su tratamiento también forman parte del pueblo; que los padres de éstos también son parte del pueblo a quien dice servir y escuchar. Un largo etcétera en el que no hace falta abundar.

Como las monedas falsas, logra engañar, logra hacer transacciones y mantener la lealtad de voluntades. Pero hay una sola cosa con la que no puede: la realidad. Representa con todo la encarnación de la mentira política, aquella que puso en evidencia Octavio Paz en varios de sus ensayos, especialmente en El laberinto de la soledad, respecto a la herencia hispanoamericana. “La mentira política se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente. El daño moral ha sido incalculable y alcanza a zonas muy profundas de nuestro ser. Nos movemos en la mentira con naturalidad.” (Obras completas, T. 8, Círculo de lectores/FCE p. 127). No es ajeno al patrimonialismo virreinal, ni a los destilados políticos que le siguieron con la Independencia, la Reforma y la Revolución. En nuestros días, junto a Bolsonaro, Maduro y Bukele, el presidente López Obrador encarna esa herencia.

Incluso, yendo más lejos, encarna en los hechos al Calígula de Albert Camus, sobre todo por su convicción de que el poder es para controlar a los cortesanos y ponerlos a sus pies, a nombre de Roma y de su grandeza. En la obra de teatro del Nobel argelino, el intendente le recuerda a Calígula que tiene que atender asuntos del Tesoro. Entonces aparece la lógica implacable del emperador:

«Una vez admitido que el tesoro tiene importancia, la vida humana deja de tenerla. La cosa es clara y meridiana. Cuantos opinan como tú deben admitir este razonamiento y hacerse a la idea de que, puesto que para ellos el dinero lo es todo, su vida no vale nada. Por lo que a mí respecta, he decidido ser lógico y, como tengo el poder, veréis lo que va a costaros esa lógica. Acabaré con contradictores y contradicciones. Si es preciso, empezaré por ti.» (Escena 8, primer acto).

El pueblo y la grandeza de Roma es el argumento que utiliza Calígula. El pueblo y la historia es lo que pretende el presidente mexicano utilizar como argumento para sus arbitrarias y disparatadas resoluciones. Ese proyecto ya sabemos cómo terminará. Los verdaderos proyectos políticos perduran cuando hay resultados positivos, instituciones fuertes y el sentido de la realidad. A mi modo de ver, una forma de llevar a cabo un genuino desarrollo de un pueblo es contando con paz social (cosa que no hemos logrado), con instituciones democráticas sólidas y con un irrestricto respeto y promoción de los derechos humanos.

Es la hora de acotar la lógica del poder de la demagogia y del patrimonialismo. No hacerlo puede costarnos a los mexicanos y mexicanas justamente aquello que más apreciamos: nuestras libertades fundamentales, el estado de derecho que las proteja y la anhelada paz social para que podamos vivir tranquilos y mejor. Merecemos un México mejor.


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