A la memoria de Leobardo Espejel
y de las casi 200 mil víctimas del coronavirus
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que, como él, no pudieron ser salvadas por
el sistema sanitario del estado mexicano.
Fidencio Aguilar Víquez
Los años 2020 y 2021 serán recordados en la memoria global como los tiempos del COVID-19, un virus terrible que paralizó al mundo y mostró la vulnerabilidad humana en grado superlativo. Los sistemas sanitarios del mundo no fueron suficientes para salvar a más de dos millones de víctimas que murieron lejos de sus familias y en soledad. Huérfanos, viudas, viudos —que sólo recordarán una apresurada despedida de sus seres queridos a cuya ausencia tendrán que acostumbrarse— serán un constante recordatorio y lamento de que no estábamos preparados para un enemigo mortal de tales magnitudes.
Muchos gobiernos, incluido el de México, fueron incapaces de hacer algo para salvar a esas personas. Algunos de esos gobernantes destacaron por su indolencia e insensibilidad que, aun siendo víctimas del imparable virus, hicieron poco por sus conciudadanos difuntos y sus familiares. Esos mismos mandatarios, como el mexicano, juegan con las vacunas y, sin ser nada transparentes en los gastos de las preciadas dosis, buscan obtener réditos electorales en su manejo. La necesidad es tanta que —no lo dude usted— la gente estará dispuesta a otorgar su voto con tal de obtener la preciada vacuna.
Mientras su maquinaria electoral trabaja en ello, el presidente mexicano, todos los días, dirá cualquier cosa e inventará cualquier cortina de humo con tal de que los mexicanos y mexicanas estén discutiendo y hablando sobre sus ocurrencias y dejen de mirar la realidad. Esto no es nuevo. Como en la novela de Orwell, 1984, el lenguaje presidencial busca lo mismo que la Neolengua: ser el elemento único de comunicación. Se trata de inventar una realidad que sólo existe en sus declaraciones y en las réplicas que de ellas hacen sus propagandistas mediáticos. Su política no es resolver los problemas de México, sino inventar mitos.
El principal mito que ha inventado es que ya no hay corrupción en el ejercicio gubernamental, que su gobierno es impoluto y que los únicos que siguen siendo corruptos son los que no están de acuerdo con él. Si un juez concede un amparo para detener provisionalmente los efectos de una nueva ley aprobada por la mayoría oficialista en el Congreso, entonces debe ser investigado porque —en su discurso— seguramente está coludido con las grandes empresas trasnacionales, que de suyo forman parte de las fuerzas oscuras que amenazan al país. Lo mismo pasa con las mujeres que protestan porque sigue habiendo feminicidios; son personas manipulables —dice AMLO— y su movimiento está infiltrado, también, por otros tentáculos de esas “fuerzas oscuras”. Los partidos políticos de oposición, no se diga, no hacen sino confirmar que siempre han formado parte de “la mafia del poder”, aquella contra la cual siempre ha luchado el líder carismático. A los padres de los niños con cáncer, a quienes quitó programas sociales para ser atendidos, simplemente los lanzó al basurero del olvido.
La realidad, sin embargo, es la que vemos todos los días: enfermedad, muerte, desempleo, delincuencia organizada desatada, delincuencia común ahogando a los mexicanos, vacunas insuficientes, clientelismo electoral a todo vapor. En este contexto, los procesos electorales están caminando y se van definiendo. Varios analistas coinciden en que, a nivel federal, el partido del presidente, el MORENA, retendrá la mayoría en San Lázaro; mientras que, en el ámbito local, habrá una redistribución más equilibrada. A pesar de esa perspectiva, la maquinaria morenista también trabaja en favor de sus personajes favorecidos con alguna candidatura. Un ejemplo clarísimo es el caso de Salgado Macedonio. El presidente y sus fuerzas vivas se han apostado por el senador con licencia acusado de haber violado a algunas mujeres; según las tendencias electorales publicadas recientemente, Salgado ganará la gubernatura de Guerrero.
De acuerdo a esos datos, el MORENA obtendría nueve gubernaturas más, de las quince en disputa. El PAN, en alianza con el PRI y el PRD, obtendría la gubernatura de San Luis Potosí; en mancuerna sólo con el PRD, se haría del ejecutivo en Chihuahua; y solo, sin alianza, ganaría Querétaro. El PRI se haría de la victoria en Nuevo León, donde va con el PRD, y Campeche, donde encabeza la alianza con el PAN y el PRD.
En doce estados más se disputarán los congresos locales y los ayuntamientos, y en otros dos, sólo los congresos. En la Ciudad de México se disputarán alcaldías y diputaciones. La pregunta es si el partido del presidente mantendrá la mayoría en la Cámara de Diputados federal. Hay que recordar que en 2019, el PRI resultó triunfador en las elecciones de Coahuila e Hidalgo, lo que denotó que la ola amloísta decreció en un año. Con el desgaste, si no del mandatario sí de su gobierno, y con la realidad a cuestas, el electorado mexicano acudirá a las urnas el próximo 6 de junio.
Hay varias preguntas que responder y nuevos escenarios. Uno de esos escenarios es la presencia misma de la pandemia. Será una campaña especial donde los encuentros cara a cara tendrán que encontrar nuevas formas de llevarse a cabo; por un lado, exigirá la observancia escrupulosa de los protocolos sanitarios, y, por otro lado, se volverá más mediática. La jornada electoral tendrá que tener las mismas garantías para que la salud de los votantes y funcionarios de casilla sea protegida.
Las preguntas a responder, por su parte, podrían ser estas: 1) ¿Se repetirá el mismo patrón que desde hace décadas se ha configurado, en el sentido de que en las elecciones intermedias la participación electoral apenas roza el 40%? 2) ¿El partido en el gobierno, el MORENA, perderá votantes en elecciones intermedias como en su momento le pasó al PRI en 1997 y en 2015, o al PAN en 2003 y en 2009? 3) O bien, ¿refrendará su victoria en San Lázaro y mantendrá la mayoría? Lo que sí sabemos es que el presidente, con su neolengua (del siglo XIX), está metiendo toda la carne al asador para mantener el control en San Lázaro.
De ser así, las cosas seguirán como hasta ahora. Seguirán la polarización, la descalificación y la discordia desde los foros mañaneros. La rendición de cuentas se mantendrá en la opacidad. La oposición seguirá sin interlocución. Y la sociedad, el pueblo, recibirá el mismo trato que ha recibido desde hace dos años y cuatro meses: grandes sectores ignorados (padres de familia que buscan la atención de sus hijos enfermos, mujeres que reclaman por los feminicidios, emprendedores que quieren evitar la quiebra de sus negocios, investigadores a quienes se les acotan los recursos, y un largo etcétera). Los más pobres y vulnerables, seguirán reclutados en el clientelismo político y electoral. Ojalá me equivoque.
En Puebla, dos Rivera se disputarán la capital. Uno, competía por pavimentar mil calles —y lo hizo-. La otra, una o dos calles, la foto, y desapareció. Parece que no alcanzó siquiera el 10% de capacidad que el presidente lo concede a sus favoritos. Sin obras ni acciones, a las palabras se las lleva el viento.