Este año está finalizando. El país termina con el cuerpo desangrado, el rostro desfigurado y el futuro incierto. Los datos así lo confirman; más de un millón 300 mil contagios por el COVID-19, más de 122 mil muertos -cantidad equivalente a dos estadios de fútbol repletos: el Azteca de la CDMX y el Tecnológico de Monterrey-. El crimen que no se detiene y que, de acuerdo al Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, suman más de 70 mil homicidios. Son los muertos en los dos primeros años del gobierno de López Obrador. Esa cantidad es equivalente a un estadio Olímpico de CU lleno.
Respecto a los empleos, se perdieron en este año, durante la pandemia -que aún sigue-, más de 12 millones de empleos informales y 1 millón 157 mil formales. En noviembre el titular de Hacienda declaró que se habían recuperado 7.5 millones de los informales y 447 mil de los formales. De ser cierto, siguen sin empleo 4 millones 500 mil personas en el ámbito informal y 710 mil personas en el formal. Cinco millones 210 personas siguen buscando trabajo para llevar algo de comer a sus casas. Casi 60 veces el estadio Azteca lleno.
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La vacuna contra el COVID-19 de Pfizer-Biontech ha llegado a México. Las dosis suman, hasta este momento, 45 mil 900 (casi el estadio Akron de Guadalajara lleno). El gobierno de López Obrador planea que a finales de enero 1 millón 400 mil dosis estén disponibles; y, finalmente, tiene contemplado adquirir 34 millones 400 mil dosis para una población de 129 millones de mexicanos. Por lo pronto, para este gobierno, 94 millones 600 mil personas no están consideradas.
En poco más de cinto meses, el 6 de junio de 2021, habrá elecciones federales y locales. Se renovará la totalidad de la Cámara de diputados (500) a nivel federal. A nivel local se renovarán 15 gubernaturas, 29 congresos locales y en 29 entidades federativas también ayuntamientos y alcaldías. Es decir, un pastel electoral altamente apetitoso para el régimen actual, que obtuvo precisamente más de 30 millones de votos en el 2018. Esperemos que esos 34.4 millones de dosis no las juegue el gobierno de López Obrador electoralmente. Sería realmente perverso. Sería darle una puñalada al pueblo.
El presupuesto 2021 planteado por el presidente y aprobado por la Cámara de Diputados, de mayoría morenista y aliados, es de casi 6.3 billones. De ese presupuesto los diputados morenistas no etiquetaron el que debía considerarse para la aplicación de la vacuna contra el COVID-19. Ni siquiera los 68,400 millones de pesos (mdp) de los desaparecidos fideicomisos fueron a ese rubro. Tampoco el fondo para Salud fue destinado a la lucha contra la pandemia. Sus 33,000 mdp han quedado en el rubro de opacidad para los mortales como usted y como yo.
Lo que sí tuvo dinero al por mayor fueron los proyectos presidenciales: el Tren Maya, el Corredor Interoceánico de Tehuantepec, la refinería Dos bocas, el aeropuerto Santa Lucía y el tren CDMX-Toluca. Las millonadas alcanzan los 108 mil mdp. Y estamos hablando de un solo año (el 2021), ya que las de este año (2020) casi alcanzaron 56 mil mdp.
La carrera millonaria de los proyectos de López Obrador, además, tiene rubros que, de entrada, llaman la atención. Mientras que en el rubro de Salud, para el 2021, éste alcanza 145 mil 414 mdp, PEMEX y la CFE tendrán un presupuesto de 1 billón 133 mil mdp. La emergencia sanitaria no logra la atención que merece de acuerdo a la realidad. A ésta tampoco se ajusta el rubro de seguridad, que tendrá un monto de 63 mil 441 mdp. Bienestar, que es donde se manejan los programas sociales, en cambio, tendrá un monto de 191 mil 724 mdp. En año electoral ni la pandemia ni los delincuentes merecen mayor atención que el clientelismo.
El enemigo del pueblo, de la sociedad, que ha llenado dos estadios de fútbol, es la pandemia, los muertos que ha dejado y que sigue dejando, más su estela de pobreza y desempleo. El otro enemigo es la inseguridad que también ha dejado muertos: el equivalente de un estadio de CU repleto.
El presidente, por el contrario, sigue inventando enemigos para eludir su responsabilidad y la de sus colaboradores. Ni siquiera su discurso contra la corrupción ha logrado esclarecer la vinculación de sus familiares en actos de la misma índole. Sus acusaciones contra la oposición que hará alianzas electorales no son sino las apreciaciones de un fariseo de cepa: no ve la viga en el ojo propio y sí la paja en el ajeno. En suma, el enemigo del pueblo y de la sociedad democrática que nunca se consolidó en México es la voluntad de poder del presidente.
Su lenguaje no es el de un político estadista, sino el de un brujo de tribu: mítico, simbólico y ritual. Más que en ideas se basa en las creencias; no va al quid de los asuntos sino recurre constantemente a las imágenes. No despierta convicciones sino impulsos. Pero su discurso no tiene la valía de los hombres religiosos, no despierta conciencia racional que se adhiera al centro de la realidad fundamental de la vida y de las cosas, sino más bien usa los retazos de un laicismo inmaduro y mitológico.
Inventa siempre una nueva tierra prometida, un lugar a donde llevar a México para que ahí, lejos de la corrupción de los gobiernos anteriores, el pueblo sea feliz. O, bien, fantasea con llevar al país al primer mundo en los servicios de salud. La pandemia puso a su gobierno en la realidad y ahora, nuevamente, inventa una nueva tierra primetida con la vacuna. Es un milagro, dice. Como se verá, esta última expresión es tan sólo una interjección.
Enemigos siempre tiene a la mano. Primero era la corrupción. Cuando en el seno mismo de su gobierno aquélla comenzó a brotar, no pudo ocultarla ni esclarecerla. Los casos de Bartlett, Irma Eréndira Sandoval, Zoé Robledo, Pío López Obrador (el hermano incómodo) y Felipa Obrador (la prima) dejaron claro que este gobierno cojea del mismo pie que sus antecesores. Para este régimen, los enemigos no son la pandemia, la delincuencia, el desempleo o la pobreza, sino los que el presidente inventa.
Para el mandatario la solución no es la ciencia, el saber, el conocimiento, los expertos o la experiencia, sino él, su voluntad y su persona. En ese sentido, tiene una vocación mesiánica. No se equivocó Enrique Krauze al señalarlo como el Mesías Tropical. Nadie que no sea él, su dedito mismo, puede decir lo que es la realidad ni lo que es bueno, malo o regular. No se equivoca ni puede equivocarse, basta su legitimidad: más de 30 millones de votos. Se le olvida al presidente que la legitimidad también se adquiere en el ejercicio del gobierno, o se pierde cuando no hay resultados.
Por su parte la oposición, que no tiene el peso como para plantarse delante del presidente y obligarlo a negociar, se aglutina para formar una alianza electoral que le haga frente. Tiene razón el personaje Brozo de Víctor Trujillo. La oposición no ha ofrecido disculpas por las ofensas que le hizo el pueblo de México ni ha dicho por qué y para qué quiere ser el contrapeso de López Obrador. Tiene que hacerlo si realmente quiere convencer a todo el sector que mira con recelo y desconfianza al inquilino del Palacio Nacional. Tiene que convencer a todos aquellos que han visto los nulos resultados en materia de salud y de seguridad, en materia de pobreza, desigualdad y empleo, y en materia de calidad de la democracia.
México merece un mejor gobierno y también una mejor oposición. México, no debe olvidarse, es más que un gobierno y más que una oposición. Inclusive, México es no sólo el presente, sino también su pasado y, sobre todo, su futuro. El futuro, para que no sea mera ilusión y fantasía, debe tener base en la realidad misma, tanto de las personas como de las circunstancias. El futuro es lo que habrá de ser. Y ese haber de ser no se construye con mera retórica. Se requiere pasión por la verdad, respeto a la razón y compromiso con las personas.