#WorldLivesMatter debería ser el título de la elección, ya que lo que se decida en las próximas horas, marcará la vida de millones de personas para los próximos años.
230 mil muertos, 10 millones de enfermos por el COVID, una economía con un menos 9 por ciento de crecimiento, una creciente tensión racial enmarcada en #BlackLivesMatter y una polarización social no vista desde los años 60s y 70s, todo acompañado por el crecimiento de movimientos extremistas de derecha como los de supremacía blanca son el contexto interno que viven nuestros hermanos norteamericanos para mandar por correo, -algo que Donald Trump ha denunciado como posible fraude-, o acudir a poner su voto directamente en las urnas.
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En el extranjero, las cosas tampoco pintan. Estados Unidos ha cedido mucho de su liderazgo moral en varios frentes, fortaleciendo sorpresivamente a otrora enemigos como Rusia, y por momentos rompiendo la tradicional relación de alianzas con Europa, cambiando la interacción política y militar para ponerla en un contexto en donde Estados Unidos es una víctima, abusados por la mala voluntad de los otrora aliados, encabezados por Angela Merkel, la que parece ser principal rival y hasta enemiga del actual presidente.
Las causas por el medio ambiente han retrocedido y, sorpresivamente, los gobiernos populistas son los nuevos aliados con una retórica anti establishment y cuestionamiento permanente a todas las instituciones republicanas, principalmente aquellas que dan equilibrio democrático a las naciones.
China es la nueva Unión Soviética con la que se traen un jaloneo digno de jaripeo sinaloense, y el constante dinamitar de los organismos internacionales como la ONU o la OMS es cosa de todos los días. Así las circunstancias, así las realidades.
En las encuestas Biden aparece arriba, pero en un sistema tan complejo e indirecto como es el electoral de los vecinos del norte, todo indica que lo que puede ser, no será, tipo canción de José José. Mi pronóstico, basado en esas encuestas, pero, sobre todo, en el pulso que puedo medir entre mis amigos, conocidos y liderazgos de aquel país, lo puedo poner en dos escenarios:
El primero, que creo es el más probable, que Biden ganará con una diferencia menor al 4 por ciento, y con los votos electorales mínimos, pero que tomará varios días validar, dada la cantidad de votos emitidos vía correo. En este escenario, estoy casi seguro que Trump y sus seguidores buscarán judicializar el proceso, pero, sobre todo, politizarlo como una validación de la anti democracia, poniendo a Estados Unidos en un vacío legal y hasta constitucional nunca antes visto.
El segundo, menos probable pero no lejano, que Trump ganará por un margen menor al 3 por ciento, igual con el mínimo de los votos electorales necesarios y que sin duda tomará días validar por las razones ya expuestas. En este escenario, Trump se lanzará con todo a defender su triunfo y pondrá nuevamente al país en tensión. Los demócratas no harán mucho esfuerzo por judicializar, toda vez que desde antes han dado su voto de confianza al sistema electoral.
En cualquiera de los dos escenarios algo que queda claro es que Estados Unidos entrará en una etapa forzada y hasta cierto punto obligada, de renovación institucional y de construcción de nuevos acuerdos sociales. El sistema viejo y por momentos arcaico del Colegio Electoral tendría que ser renovado. Probablemente el debate de que sea el voto directo y no el electoral el que de la victoria tomará vuelo. Tal vez una nueva enmienda constitucional asome en el horizonte, y como lo diríamos aquí en México, la reforma del estado sería un proyecto importante para realizar en cualquiera de las dos posibilidades de gobierno.
Tanto Biden como Trump deberán emprender una nueva lucha por alcanzar un acuerdo político-social que sea más acorde a las realidades emergentes en su país. Los empistolados y frustrados que andan en este momento merodeando por las calles estadounidenses deben encontrar un nuevo cauce. Para muchos de ellos, el sistema les ha fallado, sin embargo, las opciones como son la anarquía o la revolución tienen un costo muy muy alto. Urgen sanadores sociales, aquellas voces que puedan llamar a la concordia y la razón. Estados Unidos tiene muchos polarizadores, pero pocos pacificadores. En donde quiera que estén, salgan, porque este es su momento.
Una nota final, si Biden gana, sin duda la relación con México, pero particularmente con el Presidente López Obrador se complicará. Los hijos de AMLO están tratando desde hace varios meses de subsanar la cachetada política que le puso su papá a candidato demócrata cuando fue a aplaudirle a Trump al inicio de la campaña. Aquellas voces oficiales que vociferan en público que nada pasará, pero que en privado manifiesta sus muy reales temores, entonarán el canto en próximos días.
Un populista como Trump necesita un populista en México como contraparte. Biden el demócrata, no. La relación ya no pasará por concesiones como los 30 mil de la guardia nacional conteniendo la migración en el sur de México, concesión política de pares como lo son Trump y AMLO. Con los demócratas, México deberá ser tamizado en función de que la república se mantenga y en nunca, pero nunca, permitir que México se acerque demasiado a Venezuela y mucho menos a Cuba. Esperen y verán. El margen que tiene hoy Mario Delgado para presumir una carta del partido comunista cubano en donde le echan sus porras a las 4T se reducirá dramáticamente en el escenario del gane de Biden.
La hora cero viene para todos, no solamente para Estados Unidos. Nuestro mundo, nuestro tiempo con todos sus anhelos y sueños, créanlo o no, estará estrechamente vinculado a lo que pase en las próximas horas. Las civilizaciones se construyen o destruyen por decisiones que parecen aleatorias e insignificantes, pero de gran impacto en el largo plazo. Si un murciélago empezó una pandemia que detuvo a esta tierra, imaginemos que puede suceder con unas boletas mal enviadas o no recibidas por correo. Como película de Hollywood caray. Al final, el más puro estilo estadounidense.
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