[Los abusos de la historia y del pueblo en el discurso presidencial pueden empeorar la de por sí ya grave situación política, económica y social del país generada por la pandemia. Un reto limpiar la elección de intromisiones indebidas.]
Aun antes de que arranque el proceso electoral, López Obrador perfila sus estrategias para mantener la mayoría para su partido en la Cámara de Diputados. Para él, como para la mayoría de sus seguidores, los tiempos y los procedimientos que la ley establece, las limitaciones y prohibiciones, son cosas que están por debajo de su causa. Una causa que, como todos los que se dejan seducir por la megalomanía, está justificada por la historia. También lo está -según él cree- por su autoridad moral, que justifica medios inmorales con tal de servir para esa causa purificadora de la vida pública. En los hechos esa purificación no llega y, como en Esperando a Godot de Samuel Beckett, no llegará. Simplemente porque no es real en su gobierno.
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Las asignaciones directas de un alto porcentaje (arriba del 70%) de compras que realiza el gobierno amlista simplemente no pasan por el ojo y el escrutinio de los ciudadanos ni de la opinión pública. Los señalamientos de corrupción de algunos de sus funcionarios simplemente son eludidos, ya sea por el presidente mismo, ya sea por la Función pública que hace exactamente lo mismo: nada. El hermano de la secretaria de esta última cartera, hace promoción personalizada -a imagen y semejanza de ya saben quién- y no se ha visto que se purifiquen esas prácticas clientelares que sólo existían en el apestado régimen neoliberal. El hermano Pío recibe dinero en efectivo y es “purificado” por las palabras presidenciales de su hermano. En el caso de sus “adversarios”, dice, es corrupción.
“En el otro caso, en el de mi hermano con David León, son aportaciones para fortalecer el movimiento en momentos en que la gente era la que apoyaba, básicamente. Nosotros hemos venido luchando durante muchos años y nos ha financiado el pueblo, como ha sucedido cuando se han llevado a cabo revoluciones. Para refrescar la memoria y hacer historia la revolución mexicana se financió con la cooperación del pueblo.” Conferencia matutina AMLO, 21 agosto 2021: https://cutt.ly/AffDBSh, min. 30.27.
En unos, dice, es corrupción, en otros, nosotros, es una aportación a la causa. Una causa que, además de estar justificada en la historia y por el pueblo, está encarnada en él, en sus gestos y en sus palabras. Ese dinero que aporta el pueblo no puede ser corrupto, aunque esté al margen de la ley y aunque se encuentre explícitamente fuera de las normas político-electorales. Así lo justifica la causa. El fin justifica los medios, siempre y cuando seamos nosotros, los del movimiento, en última instancia: yo, el presidente. Él es el único que está autorizado para purificar la vida pública y a los personajes de la vida pública, y por otro lado, el único que puede juzgar y condenar a los enemigos.
Pero se trata de un abuso de la historia y del pueblo, de una mala interpretación de la historia y de un desconocimiento historiográfico mayúsculo de la historia nacional, así como de una re-simbolización que asemeja al discurso presidencial con los rituales mágico-míticos de los nuevos mitos políticos (no tan nuevos, por cierto). Ya desde 2000 he venido analizando los discursos políticos desde la óptica del simbolismo mítico (en ese entonces los discursos de Cárdenas, Labastida y Fox); en aquella ocasión prevaleció la idea de cambio como la tierra prometida que nos abría la transición a la democracia. En el 2018, en cambio, operó la idea del enemigo: la corrupción. Y el sentimiento que encarnó para generar su rechazo fue la indignación (la que no sólo se reprodujo en México, sino en Europa, en Sudamérica, en Asia, etcétera).
Sobre lo primero espero publicar pronto un ensayo sobre el discurso presidencial y el abuso de las nociones de la historia y del pueblo, similar a la de los emperadores romanos que no sólo hacían los espectáculos del pan y circo, sino que, en lo oscurito de sus palacios, hacían grabar los designios divinos en las constelaciones zodiacales. El gobierno y la justicia están señalados por la divinidad, por la historia y por la encarnación de éstas en el dedo emperador que todo lo gobierna y lo decide en la conciencia de sí mismo. La historia, sin embargo, opera de otra manera, con otras premisas, otras leyes. En primer lugar porque para que algo sea histórico tiene que estar ya asentado en el pasado; ¿cuántos creyeron que en su momento hacían historia y hoy no tienen vigencia? No hace falta mencionarlos, pero ahí están los dictadores del siglo XX: enteramente sepultados.
La historia suele operar, sí, es verdad, por una parte, como la lucha por el poder, la dinámica del origen, desarrollo y decadencia de los imperios; es su cara visible. Pero también, por otra parte, es también -y sobre todo- la acción no violenta de hombres y mujeres que, a través de medios humildes, realizan cambios históricos profundos que benefician a las personas en concreto y en lo general. Gandhi, Luther King, Mandela, Walesa, Havel, Romero y muchos otros son la muestra de esto. Se trata de medios humildes y de una fuerte conciencia de sentido humano que abrazan y acogen la diferencia, al otro, al más vulnerable para colocarlo en el sitio de su dignidad y de su reconocimiento. Ni violencia ni polarización pueden ser caminos que justifiquen los fines por muy nobles que éstos sean. Ambos excluyen a alguna de las partes.
El abuso del pueblo se da (así lo han hecho los tiranos chiquitos y grandotes) precisamente cuando se le manipula y se le rebaja a un valor de uso y de cambio, sobre todo ahora que está por iniciar el proceso electoral. Traducir el bien común a una despensa mensual, o a una renta universal a cambio de un voto leal, clientelar, no es sino la reproducción de ese régimen del mercado anónimo que se dice denunciar. ¿Cuál es la diferencia de los actuales programas, como Sembrando vida y de las Personas adultas mayores, y el Pronasol de Salinas y de Colosio? Si a lo anterior sumamos los problemas de una recesión económica que llevará una década en superarla y un clima de violencia e inseguridad en el país que no para a pesar de la pandemia, el panorama no es alentador. El más de medio millón de contagios registrados y los más de 60 mil muertos (también registrados) confirman la situación catastrófica señalada por López Gattel Ramírez. Para que no sea éste el sexenio de la catástrofe se necesita un cambio de rumbo.
Es verdad que dejar el destino humano en manos del mercado, tal como ha ocurrido con las dinámicas neoliberales, nos ha dejado en las circunstancias de las mayores desigualdades en todo el planeta. América Latina desde hace más de una década es la región más desigual del mundo (además la violencia y la corrupción no dejan de tenerla tras las cuerdas). El estado no puede ser ajeno a esto. Pero también tenemos que ser conscientes de que el estado -como fruto de la modernidad- y sus férreas tenazas burocrática y policíaco-militar han mostrado su rostro inhumano. Los totalitarismos de izquierdas y derechas a lo largo del siglo XX han hablado con hartura de ello. Es hora de que el pueblo, el auténtico, el plural, con todos sus sectores, desde los más vulnerables hasta los más encumbrados, opte por la unidad. Sólo en el binomio pluralidad-unidad es posible un ejercicio novedoso de formas nuevas de realizar la política. De otro modo, el estado también, como lo hizo el mercado en manos inexpertas, mezquinas y corruptas, terminará manipulando y excluyendo a los más vulnerables, a los pobres y necesitados.