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Opinión



La camisa del hombre feliz pero muy feliz

Jueves, Mayo 21, 2020 - 09:00
 
 
   

Érase cierto reino cuyo nombre, de acuerdo a mochos, Los Ángeles, quitando el de Zaragoza, en cuanto a que juran las consejas que el soberano y gobernador de Puebla, por el rumbo de Tehuacán, era infinitamente rico, poderoso y con espías, reverenciado por ministros, favoritos, bufones y válidos (de ocasión). Y que la palaciega existencia transcurría entre saraos, besamanos y gorrones. Lo usual.

Aconteció, que cierto día, andando por algún municipio de su reino, vendiendo su imagen de ganón, de repente, una soterrada tristeza se apoderó del alma del soberano y se le anidó en la entraña del corazón. Y que aquella tristura, le cegó el gusto por lisonjas, riquezas, PPS, foto multas, el no circula y sus corralones de depósito de billetes y demás agasajos. “Caracso –dicen haberle oído gritar-; a poco ya es la conciencia”. Y que procuró acallar la melancolía con los negocios del reino: saraos, besamanos, develaciones de estatua, de renacer de hospitales, de rueda de mañaneras. Lo usual. Pero qué va: la tristeza ahí, ruñéndole las telas del corazón.

-Y así, la vida me sabe a agua de borrijas.

-No hay purrúm, majestad –le dijo el metido a médico Humberto de palacio. Pero nada: ni purgas, ni sangrías, cataplasmas, bebedizos y pócimas hicieron mella en la melancolía real, de haber dejado la gubernatura, aspirando a ser un rey de todo el mundo. Pobrín. Todo íbasele al soberano en largar profundos suspiros añorando a su Puebla perdida, pero, gozando de los bienes terrenales que le deja.

Ahí se presenta el ministro de Fianzas:

-Su majestad, tendréis que ir a haceros un chequeo a Houston. He aquí vuestros 30 mil millones de dólares de cuota de los corralones como enfermo.

Pero ándele, que los curanderos de Houston, a Dalas. Y fue así como, desconsolados, tornaron a casa rey y ministros, paleros y paniaguados, bufones como Davidovich, Memo, Julio, el chiapaneco y el de Finanzas, sin que la soberana tristeza menguara ni por las ganancias de los corralones que conseguimos para no volver de oquis; pa su…

Y ocurrió que cierto metiche, aconsejó que se llamase a un Raciel y al jefe del centro de espionaje, -que, por cierto, espía a enemigos, nada de amigos-, según esto curadores de cáncer de corrupción (al par encontraréis en la misma mazmorra a estas horas; por metiche uno, y el otro por curandero balín). Y sí: aquello fue un fracasadero total de acupunturistas usureros, chocheros y gente de cataplasmas, y hasta dos que tres brujos de Catemaco y uno del Seguro Social. Pero qué iban a poder, si conciencias no se aplacan con penicilina. “Llévame la tristeza”, repetía el soberano, máxime con el tal Covid-19, que lo trae azorado, hasta que cierto día aquél horóscopo leído en el bunker de espías:

“Libra: póngase el soberano la camisa del hombre feliz, y santo remedio”.

¡Como estas! Que el rey empieza llamando a sus ministros, uno por uno: “A ver, Davidovich, ¿vos sois feliz para que me facilitéis vuestra camisa? “¿Cómo, si tengo que acogotar al pueblo con unos huevos carísimos?” “A ver tú Memo, ¿eres feliz?” “Señor, ¿apergollado con la deuda de que o me alcanza con lo que me pagaron en gobierno las poco entradas de foto multas y corralón, más la deuda externa de los municipios encima? ¿Y si buscaseis en vuestras provincias? Allá no llega tan directa la política y, por consiguiente, la gente es menos faliz”, con excepción de Tehuacán, donde no hay presidente municipal.

Dicho y hecho. Y aconteció que, al llegar a la Puebla, donde según el rey aseguraba que combatió la pobreza, la CONEVAL y despensas, le dice que nones, la pobreza se amplió y profundizó, soberano y hombre feliz se encontraron. Ahí estaba el paisano, al pardear la tarde, castrando un espino para hacerse, de sus semillas, un taco. Y el hombre feliz cantaba, y en su cantido decía: “Ojos que te vieron ir…” (en tono de sol). Y qué extraño: calor no hacía, pero mi paisa andaba a ráiz, sólo cubierto su tesoro de la juventud con una tanga, un taparrabitos de manta, gracias a la deuda de los neoliberales.

-A ver tú, el cantador, ¿Por ventura, eres feliz?

-Como una lombriz, señor.

-¡Por fin! ¡Tres hurras! Y vos naco, id y traedme una de vuestras camisas, que os la voy a nacionalizar POR DECRETO.

Pero ya lo afirma la fábula: el hombre feliz no traía camisa.

-Achis, cómo está eso. ¿Sin camisa y feliz? ¿Por qué, siendo un descamisado, sois feliz?

-Por ti, señor, tú eres la causa. Porque, por un lado, en sólo unos meses de economía equivocada, de crear obras fastuosas, de renovación del disque transporte, trenecito de promesas, clínicas y hospitales que se les cae todo, me dejaste hasta sin camisa. Pero, por otro lado, pues, esto sefiní, tú te quejas del reino, buscando otro echarles la culpa a otros, y váyase lo uno por lo otro. Con eso de que para todo emites “Decretos”, hasta para ir al baño ¿No, majestad?

Y sonreía. Entonces:

-¡Y todavía se burla! ¡A ver, mis guaruras Fiscal y Seguridad!

Y ¡bolas!, que los guaruras (pero eso ya es otra fábula, que, a lo mejor no llegue, de lo contrario, pobre PUEBLA)

rodrigo.ivan@yahoo.com.mc                Analista político y de prospectiva social

 


Semblanza

Rodrigo Rosales Escalona

Licenciado en Filosofía de la BUAP, director del CESTIS 57, catedrático de Bachillerato y en la Normal Superior de Puebla. Cuenta con publicaciones en revistas y medios locales y nacionales. Activista social.

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