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Opinión



Por qué la dramaturgia de Václav Havel es hoy relevante

Martes, Marzo 24, 2020 - 13:42
 
 
   

Reconocía una crisis en la modernidad que motivaba su método.

Una de las cosas que despiertan mi desconfianza inmediata es ver a un político presentarse a sí mismo como una autoridad moral, como serían José Mújica y López Obrador. Dejemos a un lado la enorme cursilería en la idea misma o reconocer que sólo tienen lugares comunes y frases motivacionales que ofrecer: detrás de ese discurso se inserta la falsa creencia que la política es algo sólo para personas “superiores” al resto de la población.

La creencia en un hombre superior en el poder lleva a varios efectos negativos. El primero, creer que la política es para personas con cualidades distintas al promedio, y por lo cual tienen una justificación “moral” para actuar como lo hacen; cuando en realidad los gobernantes tienen las mismas virtudes y defectos que nosotros, por lo que deberíamos pensar en dividir y acotar el poder. Si se piensa que alguien superior nos gobierna, entonces será lógico darle más poder: esto suele terminar en dictaduras. Todavía peor, si hay alguien en el poder mejor que nosotros, entonces el individuo tiende a abdicar de su fuerza para exigir cuentas.

Si asumimos que una de las labores de un líder es inspirar a la ciudadanía para desarrollar su potencial, marcando beneficios y posiblemente sacrificios, no necesitamos gente superior que nos guíe. Todavía más, prefiero a políticos que nos hagan pensar en nuestra responsabilidad individual como base de toda acción. Eso significan para mí los textos de Václav Havel (1936-2011), tanto dramáticos como ensayos. Hablaré sobre la relevancia de los primeros, esperando pronto hacer lo propio con los segundos.

La aparición de Hável en la vida pública de la entonces Checoslovaquia de los años setenta. En 1970 le fue prohibido ejercer cualquier actividad pública por su activismo político. Para 1975 redactó, junto con un grupo de intelectuales, un documento en el cual se pedía al gobierno que respetase los derechos humanos, conocido como la Carta 77. Aunque sus autores conocerían la prisión en repetidas ocasiones, el movimiento prosperó y se convirtió en un bastión moral contra la opresión comunista.

Havel siguió para sus obras el método del absurdo: diálogos erráticos, discursos repetitivos, saltos cronológicos y una exageración en el recurso a relaciones personales e interpersonales. Había una razón: era imposible hacer ataques directos a un régimen autoritario como el de la Checoslovaqua comunista, por lo que la crítica debía ser lateral. Por encima de todo, el autor reconocía una crisis en la modernidad que motivaba su método.

En una entrevista dijo que, en su visión, el teatro del absurdo era “el fenómeno teatral más significativo del siglo XX, porque demuestra que la humanidad se encuentra en un ‘estado de crisis’. Esto es, muestra al hombre perder su certidumbre metafísica fundamental, la experiencia de lo absoluto, su relación con la eternidad, la sensación de significado – en otras palabras, perdiendo el suelo bajo sus pies. Este es un hombre para quien todo se está cayendo, cuyo mundo está colapsando, que siente que ha perdido irrevocablemente algo, pero es incapaz de admitírselo para sí mismo y por eso se oculta de ello.”

Si la modernidad implica la pérdida de un nivel trascendental, la humanidad pude acabar perdida en un flujo interminable de eventos y ocurrencias históricas, las cuales arecen de sentido y significado. ¿Qué hacer? Reivindicar la búsqueda individual de autodefinición, aun reconociendo que puede llevar con frecuencia al fracaso. Sin embargo, se distingue del nihilismo al insertar la idea de la responsabilidad del individuo consigo mismo y con los demás, haciéndonos cargo de nuestro destino personal y comunitario.

De esa forma, por más demoledoras que puedan ser los desenlaces de sus obras, siempre se dejaba abierta la posibilidad para hacer las cosas de manera distinta: a través de la falta de sentido en su dramaturgia se podría experimentar el sentido, como la otra cara de esa moneda.

¿Se pueden conseguir obras de Havel en español? Hay una compilación llamada Largo desolato y otras obras, publicado en Galaxia Gutemberg, que es relativamente fácil de conseguir. Veamos algunas obras como ejemplo.

El comunicado nos expone una oficina de la burocracia, a quien la administración central impone súbitamente un cambio de idioma. A partir de ahí, una serie intrigas y contraintrigas envuelven a los empleados, llevándolos al extremo de sugerir quiénes son más leales al régimen a partir de su capacidad de asimilar lo absurdo. Sin embargo, Havel abre la puerta a la esperanza: una secretaria recuerda que es joven, deja su empleo y decide cambiar de vida. Interesante contraposición a los finales kafkianos, donde –digamos– Josef K. es ejecutado y el agrimensor K. nunca parece ser aceptado por el castillo.

Hay personajes donde Havel, en su calidad de disidente, deja ver un destello autobiográfico. Sin embargo, no se presentan a sí mismos como mártires de una causa, visionarios que postulan valores universales, luchadores incansables por la libertad y los derechos humanos o cualquier otra cursilería a la que nuestros políticos nos tienen acostumbrados. Al contrario, son caracterizados como seres humanos que tiemblan al pensar en las represalias que sus decisiones podrían traer.

Tal es el caso del filósofo Leopold Kopřiva, protagonista de Largo desolato. Después de firmar un desplegado, el régimen lo obliga a retractarse. En condiciones claustrofóbicas, el filósofo recibe a amigos que alternadamente lo invitan a ceder o a resistir. La conducta de Kopřiva se expone ansiosa y nerviosa excepto al final, cuando declara a un agente del gobierno que se mantendrá firme. Sin embargo, este acto de valor no vale la pena; pues el funcionario vino a decirle que el Estado había dictaminado que él no había firmado el desplegado, sino un homónimo: su identidad le había sido negada.

En Audiencia, un dramaturgo y disidente llamado Vanĕk (quien también es protagonista de Inauguración), enviado a trabajar a una cervecería, es llamado al despacho del cervecero. A lo largo de varias cervezas, el segundo intenta chantajear e intimidar al primero; ofreciéndole también que el trabajador haga su propio informe de conducta para ser enviado al gobierno. Al final, descubrimos las intenciones del administrador mientras estallaba en un llanto etílico: el deseo de que su empleado le presente a alguna de sus amigas actrices.

¿Necesitaríamos un teatro del absurdo para los tiempos que vivimos? La mayor parte de los esfuerzos son abiertamente militantes, lo cual les resta fuerza. ¿Cómo lograr la distancia necesaria para hacer algo universal?

@FernandoDworak


Semblanza

Fernando Dworak

Fernando Dworak Camargo   Licenciado en Ciencia política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) Maestro en Estudios legislativos en la Universidad de Hull, Reino Unido. Durante la LVI Legislatura de la Cámara de Diputados, fue Secretario técnico de la Comisión de Participación Ciudadana. En 2000, durante los trabajos de la Comisión de Estudios para la Reforma del Estado, fue secretario técnico de la mesa relativa a “Régimen de gobierno y organización de los poderes públicos” De 2002 a 2005, fue Director de Estudios Legislativos de la Secretaría de Gobernación. En 2003, fue publicado por el Fondo de Cultura Económica “El legislador a examen. El debate sobre la reelección legislativa en México”, publicación de la que fue coautor y coordinador, impulsando desde entonces de manera permanente, el tema de la reelección legislativa. Ha sido profesor en el ITAM, además de dictar cátedra en diversas instituciones académicas nacionales. Desde 2009 es coordinador académico del Diplomado en Planeación y Operación Legislativa del ITAM. Actualmente, se desempeña como asesor, además de conferencista y realiza una investigación sobre las prerrogativas parlamentarias. Entre sus temas se encuentran reelección, agenda legislativa, cabildeo, sobre los que publica en medios especializados.

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