Es oaxaqueño de raíz, poblano por convicción, mexicano que ama profundamente a su país.
Es don Fausto Sáinz.
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Es un ser humano producto genuino del mestizaje y, fiel a su origen, en su vida, en sus saberes, en sus sentimientos, en sus cualidades, honra la sangre indígena y la sangre española que lleva en las venas.
Es de cuna humilde, pero en la adolescencia se rebeló a su destino y trazó su propio camino.
Un sendero duro, adverso, pero no invencible.
Con una carga de sueños en la mente llegó a Puebla. Y, como casi todo emigrante, empezó de cero.
En Puebla, no le importó comenzar con las tareas más modestas. Ayudante humilde en múltiples quehaceres.
Pero la pobreza no fue un agujero para sepultar sus sueños, sus aspiraciones, sus anhelos.
Al contrario, esa condición lo empujó a explorar lo desconocido. Y con mucho éxito.
En aquella época muchos estudiaban por correspondencia, es decir, a larga distancia, por correo.
Vio el anuncio de un curso en una revista, escribió, compró el curso y así empezó su carrera como un notable autodidacta.
Al poco tiempo era un joven con mucha destreza para instalar antenas de televisión.
Era el auge de la televisión en blanco y negro y luego a color. La década de los años cincuenta.
Su campo de acción eran las azoteas de casas y edificios. Sus servicios eran requeridos por doquier. Su ingenio y habilidad se ponían a prueba todos los días.
Hombre ordenado, prudente, austero, tenía que solventar el sustento de los hijos pequeños.
En esa primera etapa, hacía las funciones de padre y madre de los hijos, huérfanos a corta edad.
Tiempos duros, pero nunca se atemorizó ante las pruebas y retos que la vida le impuso, a veces con crudeza, otras ocasiones con menor dificultad, pero siempre cuesta arriba.
La modestia, el trabajo intenso y la honestidad, siempre han sido su sello.
También el ahorro. Ha sido un excelente administrador.
Vino el segundo matrimonio. Más retos. Pero él siempre ha hecho de la adversidad su universidad.
Como parte de una vida azarosa, un día, hace aproximadamente sesenta años, la oportunidad tocó a su puerta.
¿La sangre llama..? Tal vez. Un rico español, don Celestino Herrera Salas, encontró en el joven Fausto a un hombre que le despertó afecto y confianza.
Hizo con el empresario hispano una operación que marcó toda su vida: la compra de la casa que, con el tiempo, vendría a ser El Cazador, el restaurante más antiguo de Puebla.
Aunque la compra fue una oportunidad ventajosa, producto de la generosidad de don Celestino, para don Fausto no dejó de ser un severo compromiso económico.
Se requería coraje y visión de futuro. Don Fausto las tuvo.
Con el paso de los años, transformó El Cazador original, amplió el edificio, diversificó el contenido, y creó un restaurante de carácter popular.
Pero ha tenido el cuidado de mantener fiel el sabor extraordinario de la cocina poblana y oaxaqueña.
Él personalmente, se volvió un cocinero celoso, profesional, cuidadoso, y algo más que nunca le ha faltado en el sazón: su carácter risueño, buen humor, sentido de justicia y el don de saber hacer amigos.
Desde entonces, hace ya muchas décadas, pareciera que una cuerda muy gruesa, atada a una estaca, le amarró un pie a su eterna pequeña mesa donde está la caja registradora.
Él sigue puntualmente aquello de “a la vista del amo, engorda el caballo.” Ahí se le ve siempre, mañana, tarde y noche, responsable y atento siempre a su negocio.
Pero no implica descuidar la cocina, ir de compras de madrugada a la central de abasto por la materia prima, arreglar toda clase de desperfectos, supervisar obras de mantenimiento…y de vez en cuando echarse un viaje a la Oaxaca de sus amores para saludar a la familia y los amigos.
Predica con el ejemplo. Y a cada paso recuerda su frase: “Quien olvida sus raíces, pierde el camino..”
Don Fausto tiene el corazón partido en dos: mitad en Puebla, mitad en Oaxaca.
O bien, es un fenómeno de la naturaleza: tiene dos corazones.
Hombre serio y muy responsable en su negocio, tiene al mismo tiempo un alma infantil. Del rostro severo que platica anécdotas de la historia, pasa a la sonrisa pícara o el comentario jocoso sobre personajes y cosas de la vida.
Es un hombre polifacético: experto en su oficio de instalador de antenas, pero también conoce de carpintería, herrería, construcción y diseño; sensible al arte, a la pintura y a la música, cocinero extraordinario, narrador de historias y ademaaaas, poeta.
Recientemente hemos conocidos poemas de su inspiración verdaderamente admirables.
Es un hombre liberal, pero respetuoso de todas las ideologías. Sus personajes favoritos: Benito Juárez y Porfirio Díaz.
De ambos es un apasionado lector, simpatizante, y conocedor. Pero, hombre prudente, no crea debates inútiles; escucha todas las opiniones, es tolerante, y contemporiza con todos los puntos de vista.
Sin duda es uno de los admirables personajes de la Puebla de ayer y la Puebla de hoy.
No es común encontrar a un hombre que combine su pasión por la historia y la cocina; que sea eficiente empresario y generoso con su personal; sabio y paternal con su familia, y cuidadoso y cálido con sus amistades; atento con los detalles y previsor de los asuntos trascendentes.
Compartir con él las horas es realmente un privilegio.
Goza, disfruta su quehacer como restaurantero, pero no ha visto su negocio como un lugar para competir con otros.
Respeta a todos, cumple con las normas escritas y sabe las reglas no escritas para una sana convivencia.
Su estilo de ser le ha permitido construir vínculos de amistad con abogados y funcionarios, con políticos y líderes sindicales, con intelectuales y empresarios, con trabajadores y comerciantes.
Es un modelo de éxito en muchos sentidos, pero está muy lejos de que tal condición le cause mareos o le estimule un orgullo vano.
En cambio, es un hombre sencillo.
Ese estilo bondadoso que le caracteriza, lo ha extendido hacia otros, para ayudarles a hacer el camino menos pesado. Esta manera de ser, acaso sea un reflejo de su propia vida.
Una vida nada fácil.
Precisamente por eso, porque conoció en carne propia los retos que implica partir de la nada, de la condición más modesta de un ser humano, su vida es digna de aprecio, de reconocimiento, una lucha con tantas facetas que despierta admiración.
Un hombre exitoso, que nunca ha dejado de ser grandemente sencillo: Don Fausto Sáinz Martínez.
(Este texto está escrito en tiempo presente, porque iba a ser leído el día 20 de septiembre en curso, justo el día del cumpleaños 83 de don Fausto, pero nuestro personaje murió el lunes 16, cuatro días antes).