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OPINIÓN

El MIB y los 5 siglos de Puebla

César Vallejo, lo resume: “Yo nací un día en que Dios estuvo enfermo, grave”.

Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.

Miércoles, Julio 24, 2019

Existen seres y cosas que desde su concepción son aluzados por una mala estrella. El gran poeta peruano César Vallejo, lo resume dramáticamente en uno de sus versos: “Yo nací un día en que Dios estuvo enfermo, grave”. El Museo Internacional del Barroco, es una de esas obras que surgió en esta condición de hijo bastardizado por una sociedad que no lo quería, pero que no supo cómo evitar su alumbramiento.

Lo cierto, hoy por hoy, es que, al igual que Dorian Gray, está y existe para recordarnos las perversidades de una mala decisión, viciada y putrefacta de origen. ¿Debe por ello el MIB morir en una hoguera incomprensiva y fanática como Juana de Arco o pervivir degradándose como el retrato maldito de Dorian o transmutarse en algo que nos identifique y enorgullezca, aunque para ello, como todo parece indicar, tengamos que pagarlo?

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El MIB surgió de un exabrupto y varios desatinos, pero, sobre todo, de la voluntad, redaños, ambición y megalomanía de Rafael Moreno Valle Rosas. En un lance de macho alfa impuso –nos impuso- la edificación a su antojo y placer, lo mismo que el desmesurado costo/deuda que conlleva por los siguientes 25 años. Desde luego que su orientación y sentido actuales no reflejan la idiosincrasia poblana; su vocación es falaz; no posee un acervo propio… ¡Pero, de esto se ha hablado y escrito mucho, sin ningún adelanto sustancial para resolver la cuestión principal de su existencia: ¿qué vamos o debemos hacer con él?!

A mi juicio, debe continuar como un espacio cultural, (¡se imaginan que siendo un estado tan rico culturalmente pasáramos a la historia como los destructores de nuestros recintos culturales!); reitero, debe continuar como espacio cultural, ya no dedicado al barroco sino a la celebración, ya inminente, de los primeros 5 siglos de existencia de Puebla, no solo como ciudad, sino como estado.

Por esta convicción, dedicaré mis siguientes colaboraciones a analizar lo planteado.

Primeramente, vamos a ahondar un tanto en los pros y contras del MIB como inmueble, después como gran espacio recreativo (la próxima semana) y al final como deuda, antes de puntualizar globalmente mi propuesta.

1. Salvados –y respetados-, todos los gustos, resulta innegable que la edificación es espléndida. Fue ideada con visos de grandeza y así se construyó. Sus espacios y salas de exhibición obedecen a la lógica de la majestuosidad que tanto gustaba a Rafael y en esta se afincaron (esto es así y no puede cambiarse porque ya existe y es); por ello su amplísimo salón recibidor –hall en el argot arquitectónico-, con su no menos imponente escalinata espiral; a más de sus alturas y espaciosas volandas estructurales que lo conforman.

Es tal la magnitud de este espacio primero, que alberga, sin discrepancia dimensional, una réplica, a escala 1:1, de la escultura hípica de Federico Guillermo I de Brandeburgo, llamado El Gran Elector. Pero, ¿por qué está ahí?; pues porque esta pieza es considerada como una obra maestra del Barroco, concebida y modelada al yeso por Andreas Schlüter y vaciada al bronce por Johann Jacobi, todo ello ejecutado a finales del siglo XVII y principios del XVIII. No obstante su importancia, para el común de los poblanos –y, quizás, de los mexicanos-, es nulo lo que nos une a este personaje, y, por lo mismo, nada nos transmite, como no sea el asombro por su dimensión.

Y no tengo duda sobre la incongruencia y lejanía histórico cultural en que se afinca, al grado que, si se retirara la mínima ficha museográfica que contiene, más de uno la confundiría con la escultura de Carlos IV, conocida popularmente como: El Caballito, de la autoría de Manuel Tolsá –también, como la de Federico, creada en el siglo XVIII-, cuyos personajes, escultor, artesanos, diseño, creación y pervivencia se hayan más relacionados con nuestra historia patria. Ahora bien, el nicho donde se ubica El Gran Elector tiene el privilegio del encuentro primero con el visitante, por lo que es un sitio estratégico del museo; mal aprovechado a mi juicio, por la elección escultórica que lo ocupa.

De ahí que este espacio del MIB no debe desperdiciarse en una nueva puesta museográfica, por lo que yo lo dedicaría, no a una estatua ecuestre como hoy, sino a un monumental Árbol de la Vida –creado por artesanos poblanos-, que congregara, entre sus ramas y follaje, los quinientos años de existencia de Puebla, destacando su devenir y, desde luego, su riqueza étnica y mestiza que nos identifica, todo ello enmarcado por la variedad singular de los 217 municipios que nos constituyen.

Siguiendo el curso natural de la sala, se desemboca, al frente, con el patio de la fuente plana que contiene un suave remolino. Esta remite al Tomoe, el remolino sagrado en el sintoísmo –no en vano la nacionalidad del autor-, también llamado Mistu-Tomoe, o las “tres comas”, que representan “las manifestaciones visibles del alma”. La similitud entre este concepto y el caracol prehispánico es portentosa, mismo que en el gobierno barbosista identificará a la Secretaría de Cultura.

A decir del INAH: “en la cosmogonía indígena, las conchas y los caracoles eran deidades, como es el caso de Tecciztécatl, dios del caracol marino, convertido en deidad lunar durante el holocausto de la creación del Quinto Sol”. Siendo así, la fuente podría, creo que sin menoscabo simbólico, trocar su contenido mítico de Tomoe a Tecciztécatl.

Habría que meditar el posible enriqueciendo del nicho de la fuente mediante la adición de símbolos prehispánicos poblanos relativos a los cuatro elementos. Quizás, también, la representación artística de algunas de esas deidades acuíferas, en un proyecto similar –guardadas, por supuesto, todas las proporciones-, al Museo del Cárcamo sito en la 2ª Sección del Bosque de Chapultepec.

El ala derecha de este primer nivel contiene, además, dos salas de exposiciones, una tienda de artesanías y el auditorio. Las salas serían un escenario ideal para la contención y consulta de una copia digital o facsimilar, de los más importantes documentos fundacionales de los 217 municipios poblanos.  Podría completarse la museografía de estos espacios con una “línea del tiempo” que abarcase desde la formación del mundo poblano hasta nuestros días, teniendo como punto referencial de ella los paisajes actuales más representativos de nuestro estado.

En cuanto a la tienda, debiera ampliarse su sentido mediante la presencia temporal de artesanos poblanos que muestren su arte creativo a los visitantes. El auditorio, por su parte, debe contener, de forma continua y programada, la escenificación de las distintas artes que se desarrollan en cada uno de los rincones de nuestro territorio estatal. La gratuidad de estas representaciones debe sustentarse en un programa de retribución gubernamental a los diferentes grupos participantes, mismo que asegure la continuidad y difusión permanentes de nuestra cultura inmaterial o intangible.

En el ala izquierda de este nivel, denominado Vestíbulo de exposiciones, se abre el gran espacio introductorio, propiamente, de las salas permanentes y las de exhibición temporal; aquellas que conforman el corazón museográfico del recinto. Casi circular, el vestíbulo contiene una gran pantalla, ideal para proyectar cualquier tipo de información de manera continua y espectacular. Por su amplitud y geometría, este recinto bien puede albergar los glifos particulares de los 217 municipios y una representación explicada e interactiva del escudo del Estado. Las 7 salas permanentes son más que propicias para contener un continuo histórico de los 5 siglos que referirá, mediante la vocación de memoria y legado que debe sustentar al nuevo museo.

La planta alta (segundo nivel), contiene las oficinas administrativas –mismas que deben reducirse al mínimo-, así como un salón de usos múltiples y varias salas para juntas, que deben transformarse en espacios de exhibición, difusión o educativos. En el mismo tenor debe reorientarse el uso y aprovechamiento de las terrazas y pasillos.

El taller de restauración debe ampliar su oferta laboral en apoyo de los acervos patrimoniales de todos los municipios, mediante un programa de rescate, restauración y conservación de aquellas piezas artísticas o identitarias de mayor aprecio comunitario y social.

Finalmente, el restaurante debe pasar de ser un espacio elitista (un chile en nogada, con entrada y copa de vino en maridaje, cuesta 1,200 pesos), dando paso a un preciso corredor gastronómico que ofrezca lo más significativo de la cocina poblana, a precios y en condiciones accesibles a todo visitante.

Un punto fundamental de esta nueva versión del MIB, es que debe constituirse en un espacio de encuentro cultural y reencuentro de identidad y orgullo por lo poblano en su conjunto; todo ello mediante un costo justo y consecuente para los visitantes.

Hasta aquí esta breve reinterpretación del inmueble. En la siguiente entrega abordaré el reaprovechamiento del inmenso parque que rodea al MIB.

El Lago de los Chismes

1. Los libros de oropel. Arturo Rueda, en su columna del 24 de julio, destaca el favoritismo editorial del que fue, y es, objeto Rodrigo Fernández Chedraui. Esto es ciertísimo, pero no solo obedece a la dañina práctica del “nego cultural” –del cual he dado cuenta en artículos anteriores-, sino a raíces más profundas que obedecen a la lógica del caciquismo regional, tan del gusto de los políticos poblanos: Rodrigo es descendiente de los Ávila Camacho (nieto, no recuerdo si de Maximino o de Rafael) y que, en su devenir de negocios, hace valer (como muchos más de “arcaico apellido” y “rancio abolengo”) el contubernio histórico de sus ancestros al momento de “agandallarse” posiciones políticas y negocios. Un recorrido histórico documental de esta veta de favores editoriales incluiría, necesariamente, a otros apellidos y personajes ilustres de la cultura en Puebla (como los Palou o al médico historiador Castro Morales o a los Nochebuena), los cuales crean, editan e imprimen sus propias obras con dineros públicos, en contubernio y ganancia compartida con empresas no siempre serias y no siempre existentes (se acuerdan del caso de los 9 millones de pesos de un libro editado por la BUAP, hace unos meses). Claro, todo ello a precios de oro, aunque los textos no pasen de ser de “pirita”, el mineral conocido más por su mote de: “Oro de los tontos”. Y, como lo mencioné en el pasado, si tú, lector, crees que al mundo cultural solo se llega por amor, estás muy errado; se llega y procura permanecer en él: por amor al dinero; y, en más de una ocasión, sin que al beneficiado y al benefactor, les importe o sepan sobre Cultura.

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