No creí que algún día me gustaran las historias de terror; de niña siempre hui de esas pláticas porque sentía pánico y cuando me iba a dormir imaginaba que esos monstruos me perseguían. Después sentí morbo y quise saber qué eran.
Un día, después de ver la película El Exorcista, siendo yo una púber, soñé con la niña de esa terrible e impactante escena donde, cuando el sacerdote le practicaba el exorcismo, sentada en la cama con los ojos desbordados poseída por el mal, a ella le daba la vuelta la cabeza 360°. No se me olvida que en mi sueño me acercaba a la niña poseída, y le decía a alguien: “Mira, no tengas miedo, ¡es sólo una máscara!” y le arrancaba la cabeza a la niña, dejándola acéfala y sin vida. Pero eso se quedó en el limbo de mi experiencia.
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Esas nebulosas experiencias y mi gusto por leer libros me exigió asumir la máxima de Publio Terencio Africano: “que nada de lo humano me sea ajeno”. Confieso que ahora me atrae leer libros de terror y les comento por qué: porque esos monstruos que me daban pánico, están dentro de mí; son mi parte más profundamente oscura, el enemigo a vencer de mí misma. Son el espejo de lo que vive conmigo, que me acompaña con fidelidad y refleja todo lo que soy y no quiero ver. Aun cuando cambien su rostro y vistan otro cuerpo, soy yo misma.
El año pasado con la idea de recomendar “Frankenstein o el Moderno Prometeo” de Mary Shelley, novela que cumplía 200 años, quise apaciguar ese morbo que renace aquí y allá, de tiempo en tiempo, con diferente rostro y por diferentes causas, al leer cómo Mary concibió a esa criatura no tiene nombre, un símbolo de su orfandad, alienación y su carencia de sentido e identidad humana: Fue en 1816 durante el verano que no salió el sol en los Alpes, en la mansión del poeta Lord Byron que, para no aburrirse, a Byron se le ocurrió que sus invitados escribieran historias de fantasmas. Ahí Mary escribió su novela y así fue como empecé a enfrentar con aplomo a mis propios monstruos interiores.
Mis monstruos interiores nunca se van; se transforman para ser los mismos; son parte de la vida, de la carne; los conozco y aun cuando les arranco la máscara, son mi propio retrato.
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