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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Mi propio retrato

Mis monstruos interiores nunca se van.

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Jueves, Junio 6, 2019

No creí que algún día me gustaran las historias de terror; de niña siempre hui de esas pláticas porque sentía pánico y cuando me iba a dormir imaginaba que esos monstruos me perseguían. Después sentí morbo y quise saber qué eran.

Un día, después de ver la película El Exorcista, siendo yo una púber, soñé con la niña de esa terrible e impactante escena donde, cuando el sacerdote le practicaba el exorcismo, sentada en la cama con los ojos desbordados poseída por el mal, a ella le daba la vuelta la cabeza 360°. No se me olvida que en mi sueño me acercaba a la niña poseída, y le decía a alguien: “Mira, no tengas miedo, ¡es sólo una máscara!” y le arrancaba la cabeza a la niña, dejándola acéfala y sin vida. Pero eso se quedó en el limbo de mi experiencia.

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Esas nebulosas experiencias y mi gusto por leer libros me exigió asumir la máxima de Publio Terencio Africano: “que nada de lo humano me sea ajeno”. Confieso que ahora me atrae leer libros de terror y les comento por qué: porque esos monstruos que me daban pánico, están dentro de mí; son mi parte más profundamente oscura, el enemigo a vencer de mí misma. Son el espejo de lo que vive conmigo, que me acompaña con fidelidad y refleja todo lo que soy y no quiero ver. Aun cuando cambien su rostro y vistan otro cuerpo, soy yo misma.

El año pasado con la idea de recomendar “Frankenstein o el Moderno Prometeo” de Mary Shelley, novela que cumplía 200 años, quise apaciguar ese morbo que renace aquí y allá, de tiempo en tiempo, con diferente rostro y por diferentes causas, al leer cómo Mary concibió a esa criatura no tiene nombre, un símbolo de su orfandad, alienación y su carencia de sentido e identidad humana: Fue en 1816 durante el verano que no salió el sol en los Alpes, en la mansión del poeta Lord Byron que, para no aburrirse, a Byron se le ocurrió que sus invitados escribieran historias de fantasmas. Ahí Mary escribió su novela y así fue como empecé a enfrentar con aplomo a mis propios monstruos interiores.

Mis monstruos interiores nunca se van; se transforman para ser los mismos; son parte de la vida, de la carne; los conozco y aun cuando les arranco la máscara, son mi propio retrato.

alefonse@hotmail.com  

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