“Pueblo es un término que, por lo menos desde un punto de vista ético, tiene implicaciones reñidas con el concepto de ciudadanía. Mientras ser ciudadano denota ejercicio de derechos, y no es una concesión benévola del gobernante de turno, ser pueblo implica mendigar un favor de alguien que se encuentra en una posición de autoridad mayor que la propia”.
Daniel Mercado. Pueblo vs. Ciudadanía.
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http://danielmercadosj.blogspot.com/2009/06/pueblo-vs-ciudadania.html
Hace dos semanas, al hablar de la crisis de ciudadanía que vivimos en el cambio de época y de los desafíos que esta crisis implica para el trabajo de las universidades tomé como epígrafe una cita del escritor español Antonio Muñoz Molina que plantea la distinción entre pueblo y ciudadanía.
En esta cita, el escritor plantea que el concepto de pueblo nos brinda “el abrigo inmediato de lo colectivo y lo inmemorial” que tiene que ver con el compartir valores ancestrales, mientras que el de ciudadanía nos deja a la intemperie porque cada una de las ventajas que puede ofrecernos “está sometida al contratiempo de la responsabilidad y la incertidumbre”. El artículo con la cita puede consultarse en esta liga: http://www.e-consulta.com/opinion/2019-02-04/crisis-de-ciudadania
Retomo ahora el tema porque considero que en la coyuntura actual en la que el gobierno federal -que fue electo con un histórico número de votos y cuenta con un nivel de aceptación altísimo- tiene como uno de los elementos centrales de su discurso el de la sabiduría del “pueblo bueno”, todos los que nos dedicamos a la educación tenemos el enorme reto de trabajar en la formación de auténtica ciudadanía.
En efecto, no puede haber una democracia madura y sólida sin la educación de ciudadanos inteligentes, críticos y responsables, capaces de cumplir cabalmente con sus deberes para la construcción del bien común y de exigir también sus derechos como parte de una sociedad basada en el cumplimiento eficiente de la ley.
El primer paso para avanzar hacia este objetivo es la superación de ese estado de seguridad que otorga el concepto de pueblo. Dejar atrás ese abrigo inmediato de la sensación de colectividad anónima y menor de edad que implica sentirse pueblo para dar el salto hacia la intemperie llena de incertidumbre y exigente de responsabilidad que significa asumirse como ciudadano.
Porque como dice Daniel Mercado en la cita que tomo como epígrafe del artículo de hoy, el término pueblo, desde el punto de vista ético tiene implicaciones que están peleadas con el concepto de ciudadanía. Porque ser ciudadano denota ejercicio de derechos, ser pueblo es una concesión benévola del gobernante en turno, implica mendigar el favor de alguien que se encuentra en una posición superior a la propia por tener poder.
Continúa diciendo este autor que el concepto de ciudadanía como distinta y más acorde con la democracia madura al de pueblo, tiene un requisito básico que es el de entender al gobernante como servidor público, es decir, como alguien electo para servir a la sociedad y no como quien dependiendo de su generosidad y su buen corazón otorga beneficios y concesiones a la colectividad.
Recientemente circuló por las redes sociales un “meme” en el que se decía algo parecido a esto: “Imagina a una persona que se la pasa criticando a AMLO y luego acepta la reducción de su crédito de INFONAVIT” (decretada por el nuevo gobierno). Este es un ejemplo muy claro de la mentalidad de pueblo que sigue predominando en nuestra cultura colectiva y en la mente y el discurso de los gobernantes actuales.
Porque decir que una persona que critica al presidente no debería aceptar un beneficio social de parte del gobierno es concebir estos beneficios como generosas dádivas del presidente y del gobierno, que deben entonces ser agradecidas con una actitud de apoyo incondicional. En esta concepción cualquier crítica al gobierno es una muestra de que el pueblo es “mal agradecido”.
La concepción de pueblo implica homogeneidad, la de ciudadanía por el contrario significa diversidad. La idea de pueblo significa anonimato, la de ciudadanía tiene como base la identidad propia e irrepetible de cada persona que es sujeto de derechos y deberes.
Como plantea Delgado en otra parte del texto de su blog, la dignidad de las personas necesita deshacerse de esa “pesada herencia que nos hace pensar que el gobernante es un privilegiado” y nos lleva a no exigir nuestros derechos, continuando con la larga tradición de nuestros países latinoamericanos en la que la relación entre el gobierno y la sociedad no funciona a partir de la relación entre derechos y deberes sino desde la lógica distorsionada de caprichos y dádivas.
En su artículo de hoy en el diario Reforma, Eduardo Caccia señala que el sociólogo francés, Rapaille plantea que existe un verbo que define la cultura de cada país. En el caso de México, el verbo que nos define es aguantar. Esta visión tiene que ver con la idea de pueblo que sigue predominando sobre el de ciudadanía y que está siendo muy astutamente aprovechado por el presidente y su movimiento. La idea de un pueblo sufrido que aguanta y espera lo que el gobierno generosamente decida darle.
Para aspirar a la consolidación de nuestra democracia resulta indispensable un cambio en esta concepción básica que define nuestra cultura y por lo que puede verse por la fuerza enorme del discurso presidencial y su muy eficiente manejo simbólico sustentado en el concepto de pueblo bueno y sabio, se trata de un cambio que tiene que hacerse a contracorriente.
A pesar de esta dificultad estructural y de la complejidad de este cambio que tiene que penetrar hasta el nivel de la cultura –los significados y valores que determinan nuestra manera de vivir como sociedad-, los educadores debemos reforzar nuestro trabajo de formación ciudadana en todos los niveles del sistema educativo y en los ámbitos no formales –la familia, los medios de comunicación, la comunidad- para construir una sociedad que pueda transitar de la idea de pueblo bueno a la de ciudadanía crítica y responsable.