Se cumple una semana del nuevo gobierno y a la euforia, creo, debiera seguir la tarea; pero en materia cultural la labor ha sido más bien parca pues solo se han presentado tres hechos; más bien, un hecho, una acción que tiene más de farsa –en el sentido teatral- que de hecho cultural y una mención. El hecho indiscutible es la presentación del proyecto que encabezará la esposa del presidente López Obrador, que no quiere ser Primera Dama, sino Primera Historiadora; el segundo, la apertura al público de “Los Pinos”, ex Residencia presidencial, hoy ninguneada por el Morenismo y, tercero, la mención, entre los 100 Compromisos de Gobierno de AMLO, de asuntos relacionados con el Patrimonio Cultural.
Curiosamente –sospechosamente, incluso-, así como en los ámbitos de la Política burocrática ha habido sismas y terremotos, en los cuales los argumentos de la corrupción y la impunidad aún son los principales esgrimidos por el presidente y sus Secretarios de despacho, en el mundo Cultural e Intelectual, por el contario, nadie parece acusar que esté corrompido y sometido por la mafia del poder y, por lo tanto, consideran que se desliza plácidamente entre las límpidas aguas de la creación cultural subvencionada. Y por supuesto que esta culta placidez y beatitud resulta poco creíble en un país que, a decir del ahora presidente, vivió durante 18 años la más sórdida y despiadada embestida de los neoliberales y tecnócratas casi satánicos, mismos que hoy deambulan con el rabo mefistofélico entre las piernas, pero sin mayores sobresaltos verdaderos pues saben que serán indultados como los toros bravos excepcionales en su desempeño.
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Por el contrario, es verdad que, tanto Andrés Manuel como Alejandra Frausto, han señalado el estancamiento cultural y económico de los pueblos originales, pero más bien como consecuencia del desprecio neolibreal a esa forma de cultura y no como consecuencia de la rapacidad, cual sí ha sido su pronunciamiento argumental respecto a la riqueza material del país.
Por ello es que, aprovechando ese gran escaparate cultural e intelectual que todos los noviembres desde hace más de tres décadas sucede en la capital de Jalisco, le pregunté sobre este asunto de la mafia cultural a una de las intelectuales antiorgánicas –si se me permite el término neogramsciano-, más conocidas en la actualidad: Denise Dresser.
Basado en lo dicho por Denise, analizaré la minimalista, hasta hoy, oferta cultural orgánica del nuevo gobierno federal.
En la pasada edición de la FIL de Guadalajara, la Dra. Denise Dresser Guerra presentó su más reciente libro titulado: Manifiesto mexicano. David García, director de Editorial Aguilar, sello que sustentó la edición del libro, dijo en su breve alocución inicial: Denise (con este libro) ha seguido con el dedo en la llaga, incomodando a quién tenga que incomodar y ha entregado una lectura que resulta de una profunda investigación y, también, de un profundo amor por México. Aplica aquí, lo que Vargas Llosa dijo de (Carlos) Fuentes: “su obra es testimonio elocuente de los grandes problemas políticos y realidades de nuestro tiempo”.
Creo que el funcionario de Editorial Aguilar exageró en su comparación que, fuera de alguna similitud en los títulos con los libros de Fuentes: Tiempo mexicano y Nuevo tiempo mexicano, la distancia es considerable entre estos autores.
La conducción y relatoría del evento corrió por parte de Consuelo Sáizar Guerrero –a quien David definió: “más que amiga, cómplice” literaria de Denise. Del libro en cuestión apuntó Consuelo:
“Manifiesto mexicano” nos da a conocer una crónica del sexenio (de Enrique Peña Nieto) y cuyas señas de identidad han sido el oropel y la estulticia. (…) En una conversación reciente, Denise ratificó su empeño (…) por formarse para encontrar las fisuras de los sistemas políticos que analiza, de diagnosticar con precisión las disfunciones en el desempeño de gobiernos y gobernantes, de su compromiso diario indeclinable por denunciar todo aquello que, en su opinión, obstaculiza la justicia, empañe la honestidad o sea causa de desigualdad.
Al tomar la palabra Denise dijo:
Este libro, producto de 6 años de trabajo y reflexión. (…) Es un libro lleno de rabia y amor perro por el México maltrecho que hemos de rescatar. Es una crónica del hartazgo, del enojo con la cleptocracia que se ha rotado impunemente en el poder. Un libro lleno de enojo con los cómodamente apoltronados en la punta de la pirámide. Un país sofocado por la corrupción. Amenazado por la violencia. Sin soluciones fáciles. (…) El peor legado de nos deja este presidente (Enrique Peña Nieto), es lo que describo en el libro como la antropofagia institucional. (La manera) Cómo el priísmo fue comiendo a las instituciones, desacreditándolas, cuando las ponía al servicio del partido, del presidente. (…) institución tras institución, carcomida, desacreditada. (…) Yo insisto en (que debemos emprender) la labor de reconstrucción de todo lo que destruyó Peña Nieto; y, no sólo él, fueron 12 años de panismo, fueron 200 años del capitalismo de cuates, años de rentismo, de extracción (…) pero lo que (hoy) corresponde no es destruir, lo que corresponde es reconstruir.
Después de ello y ante la toxicidad gubernamental enunciada por Denise –y en la que coincide puntualmente con AMLO-, misma que aseguró ha sido “la marca política de la casa los pasados 18 años”, pregunté si el mundo cultural e intelectual del país también está plagado de “cuatitud”, de corrupción y, por ende, si consideraba que la hoy Secretaría de Cultura (y su heterónimo anterior CONACULTA, presidido en el sexenio de Vicente Fox por su amiga y presentadora en esos momentos: Consuelo Sáizar) había sido una vergüenza nacional. Esto respondió:
No sé si usaría la palabra vergüenza, pero sí creo que usaría la palabra “cuatitud” para describir también el mundo intelectual. Porque en el libro hablo del país de privilegios y los privilegios no solo se dan en la alta burocracia, no solo en el gobierno, no solo en las secretarías de estado, también se han dado en la cultura. Somos un país cupular, poli oligárquico en muchos sentidos. (…) el país de privilegios está presente en muchos ámbitos, no solo en el ámbito político. Hemos presenciado los últimos sexenios una acumulación desbordada de la riqueza, la acentuación de la desigualdad. (…) Somos un país de mirreyes. (…) Mirreynato que se da también en las letras, en las revistas, en los premios. (…) El país tiene forma de pirámide, con los beneficios concentrados en la punta: intelectuales, culturales y materiales, y en la base de esa pirámide hay 52 millones de mexicanos que viven bajo la línea de pobreza, solo 1 de cada 5, puede ser considerado no pobre, no vulnerable.
Hasta aquí las referencias a la privilegiada y confortable zona cultural e intelectual mexicana que, como vemos, una de sus sacerdotisas actuales también la considera corrupta y plagada de “cuates” y “mirreyes” privilegiados
Sin duda, muchos más, insertos en el mundo cultural mexicano, consideramos que este diagnóstico es veraz –incluidos los artífices de la 4ª Transformación, según se desprende del manifiesto El Poder de la Cultura (ya analizado en este espacio), las Mesas de Diálogo emprendidas por la Secretaría de Cultura en Transición, mismas de las que nada se ha concluido formalmente y publicado (como supuse sería y apunté en su momento) y los 100 Compromisos de Gobierno, que en su numeral 8 menciona algo sobre el Patrimonio Cultural- pero que, no obstante la realidad cultural mexicana enunciada, a la fecha las mujeres y hombres del nuevo gobierno solo han concretado, como dije líneas arriba, un hecho y una farsa. Y eso que hace cinco meses que ganaron, por lo que no pueden argüir falta de tiempo para la reflexión y el análisis del estado real de la cultura nacional, sus carencias, sus chipotes y sus mirreyes.
Por ello, considero urgente la inmediata existencia, difusión y aplicación de un Plan Nacional Cultural que nos permita conocer claramente cuáles serán las metas, derroteros, caminos, recursos y alcances de dicho plan, para una vez entendido y asimilado, podamos interactuar con él en sus propósitos.
Pero la realidad amarga es que no lo hay. Lo que mueve a la duda y la sospecha sobre la capacidad de planeación, integración, sustentación y desarrollo de la prospectiva cultural del ya nuevo gobierno. De ahí que, lo único evidente en estos momentos, es que el arranque cultural Amloista está tan lejano de ocurrir, como la efectiva instalación de la paz y la concordia entre los empistolados mexicanos, mediante la cultura y la convivencia, como lo han asegurado Andrés Manuel y Alejandra en mítines y entrevistas periodísticas.
Y ni qué decir sobre los problemas administrativos, estructurales y logísticos que se avizoran ante la inminente mudanza de la Secretaría de Cultura a Tlaxcala… Y las demandas judiciales emprendidas por aquellos que obtuvieron su plaza laboral en la Secretaría de Cultura mediante el concurso en el Sistema Profesional de Carrera, los cuales no están dispuestos a dejarla sin dar la batalla legal correspondiente… Y que ya están aquí las fiestas decembrinas con la consecuente paralización de la vida burocrática en el país…Y los frentes fríos… Y…