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OPINIÓN

El Recuento cultural (I)

Porque toda cultura tiene su poder, y todo poder puede derivar en cultura.

Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.

Domingo, Noviembre 11, 2018

En las pasadas 15 semanas he abordado los apartados y componentes del proyecto El Poder de la Cultura, único documento que muestra un posible plan de acción en materia cultural por parte del gobierno que encabezará Andrés Manuel López Obrador. Lo dilatado y variopinto de lo tratado en estos meses, demanda un breve recuento para, de ahí, continuar con el análisis de las Mesas de Diálogo convocadas por Alejandra Frausto, iniciadas en octubre y aún en desahogo de su programación.

En marzo de este año, Tatiana Clouthier, en esos días coordinadora de la campaña política del Andrés Manuel López Obrador, externó en una frase antitética su sentir sobre la cultura: “¿Qué pasaría si la cultura del poder se cambiara por el poder de la cultura?”. La jiribilla del concepto es manifiesta: ¿Qué tal si cambiamos radicalmente la manera de entender “al poder”? Para cualquiera que haya seguido la dilatada campaña de AMLO, coincidirá en que el trasfondo de su planteamiento siempre fue ese; sin embargo, el rejuego de los conceptos “poder” y “cultura” están mal comprendidos –quizás deliberada, quizás involuntariamente- porque en la primera parte “cultura” es adjetivo y, en la segunda, sustantivo. Este entender –mal entender, diría yo- a la cultura es uno de los mayores problemas del sector. La “cultura del poder” incluye a todos los niveles y modalidades del poder público y privado, aún, incluso, al ilícito y al delincuencial; y, en contraste, el “poder de la cultura” refiere a la fuerza catalizadora, trascendental e identitaria que contiene la cultura en todas sus manifestaciones y presencias, tanto en el ámbito nacional como en el internacional y, sobre todo, en el transfronterizo y transgeneracional. Pero, ¡vale!, era una frase de campaña y así debe tomarse, pero nada más. De ahí que no debe pretenderse, al menos en el ámbito cultural-cultural, que lo planteado será una política pública o programa de gobierno, sino lo que fue, un retruécano lingüístico; “agua de borrajas”; golondrina que no hace verano; porque toda cultura tiene su poder, y todo poder –desafortunadamente-, puede derivar en cultura.

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Dicho lo cual, vamos al Recuento.

1. La Secretaría de Cultura a Tlaxcala. El proyecto de descentralización del gobierno de AMLO, tiene como fundamento: “…reactivar la economía de los estados y será por convencimiento. Los trabajadores mejorarán sus condiciones de vida, tendrán crédito para vivienda, jubilaciones anticipadas, aumento salarial, permuta de plazas y otras garantías”. Es decir, lo primero, en el caso de Tlaxcala, no es la cultura, sino la economía. Esto debe tenerse en mente siempre, porque ninguna región modifica sus variables económicas de un día para otro. La llegada, únicamente, de mayor cantidad de personas no provoca la bonanza, sobre todo si no se esperaba programáticamente ese arribo multitudinario. Por ello, la planeación del asentamiento de nuevos (y permanentes, esperamos) habitantes no debe ser a la par (como ahora se pretende), sino previo a la movilización de las personas. Para decirlo con la intención parafrásica de Tatiana: Primero implementar y arraigar la cultura descentralizadora en las mujeres y hombres de la cultura, antes de afirmar que este cambio será proliferante de la Cultura misma.

2. La “gran y variada” riqueza cultural. ¿Cuánta Cultura cabe, o debe caber, en un proyecto de Política pública federal? La pregunta viene a cuento porque Alejandra Frausto está convencida que: “México es reconocido en el mundo por su riqueza cultural. Esta diversidad tiene base en las culturas indígenas y proviene de cada rincón del país”. Y sí, hay mucho de las culturas indígenas en nuestra cotidianeidad –las tortillas, por ejemplo-, pero también de otras –los panes, como prístina muestra. Y las variantes y sincretismos de tan solo estos dos granos, maíz y trigo, abarcan lo mismo el rito y la veneración, que el goce y la trascendencia. En distintas épocas de nuestra historia, maíz y trigo, han conformado al alimento humano y divino. Pero, ¿solo somos eso culturalmente? Desde luego que no, por ello un proyecto cultural para una nueva propuesta de Nación, no debe circunscribirse, culturalmente hablando, al pasado remoto como lo insinúa la afirmación Alejandrina. Quedarnos únicamente en la cosmovisión indígena, es despreciar todo lo demás y, eso, es un absurdo cultural y acultural al mismo tiempo.

3. El “Plan” que vendrá algún día. La Cultura –como siempre sucede con los intereses nacionales-, fue tomada en cuenta cuando no hubo más remedio y debía hacerse algo con esta “Loca de la Casa”, porque atenderla viste políticamente y no hacerlo, desviste; y a ningún político le sienta bien la desnudez cultural, menos aún, si la existencia y persistencia de su ser nacional se cuenta en varios milenios, como es el caso. Pero existe una diferencia abismal entre tomarla en cuenta y saber qué hacer con ella. Para usar un símil burocrático diría que, tomarla en cuenta es colocarla como parte del elenco del Balcón principal del Palacio Nacional el Día del Grito de Independencia; mientras que, saber qué hacer con ella, sería como invitarla al banquete que se ofrece después de dicha ceremonia y permitir que se sirva, sin tiento ni medida, de las viandas presupuestales que en él se ofrecen. Pues bien, en México, la Cultura jamás ha participado del banquete independentista nacional. Y, hoy por hoy, no parece que vaya a cambiar esa condición puesto que, a la fecha, no cuenta con una invitación formal al agasajo septembrino, ya que ni siquiera existe un Plan o Proyecto a desarrollar en el sexenio de la 4ª Transformación, pues aún está en construcción a través de las Mesas de Diálogo convocadas por Alejandra y compañía; las cuales, al igual que aquellos Foros de Pacificación y Reconciliación, han ido subiendo de tono en los reclamos sobre la claridad y precisión del devenir cultural Amloista, por lo que presagian su terminación anticipada.

4. Un Patrimonio para todos. La vastedad de nuestro territorio, lo ancestral de su poblamiento y la desbordada riqueza natural y humana que nos conforma, son como todas abundancias, orgullo y estigma. La Segunda Carta de Relación de Cortés, es el ejemplo más sorprendente sobre nuestra orgullosa abundancia, referido en el asombro creciente y anonadado del capitán. Las crónicas posteriores de frailes y viajeros dan cuenta sobre la inagotable de nuestro patrimonio cultural, lo mismo edificado, que natural, que inmaterial. Pero esta grandilocuencia cultural mexicana es, asimismo, su propio estigma: no hay capacidad humana, material o financiera capaz de descubrir, preservar, estudiar y difundir todo lo que hemos sido y somos. Visto así, ¿debemos dejar de cuidar y preservar algo de todo esto o es necesario que modifiquemos nuestros esquemas de posesión, cuidado y trascendencia de nuestro inconmensurable patrimonio? Dicho en otras palabras: ¿para conservarlas, debemos concesionar a particulares una pirámide o un templo?; ¿un Juego de Pelota?; ¿un festival o mitote?; ¿una fiesta patronal? O no, y constatar impotentes su desaparición, parcial en algunos casos, total en otros.

5. Paz y convivencia cultural. El Paraíso católico es un sitio donde existe, per secula seculorum, la armonía, el amor y la paz. Es un “ideal”, o sea, una idea perfecta. En este tenor y de acuerdo a la esperanza que los Amloistas tienen en la Cultura como generadora, per se, de paz y convivencia armónica, debo señalar que se engañan. La Cultura no es un antídoto para la guerra, por ello, sustentar la pacífica armonía de los humanos solo en la ella, es una temeridad absurda y desmedida. De tal suerte, el Plan Cultural de su sexenio debe matizar esta aseveración, por otra, u otras, que ubiquen a cada una de estas circunstancias en la realidad real. Ninguna manifestación cultural mitiga el hambre, orgánica y espiritual, que hoy padecemos. Ningún concierto, exposición pictórica o puesta en escena desalienta al narcotráfico o la corrupción. Ningún programa educativo artístico, así sin más, diluye rencores, desvanece intrigas o revive muertos. Y, por supuesto, que la inmensa mayoría de mexicanos deseamos la paz y la armonía patrias, pero asentada en cimientos firmes y duraderos, no en sueños idílicos y demagógicos. Realidad, no idealidad.

Como vemos, hasta el momento la realidad desdora los buenos deseos.

Continuaremos el Recuento, en la próxima entrega.

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