Lo vi desde lejos. Inclinaba su cuerpo hacia adelante y desde afuera, en dirección a la ventana del copiloto de un auto estacionado en la acera. No se veía nadie dentro del coche. Era un jovencito y pensé que estaría metiendo algo en el vehículo, pero no se veía la puerta abierta tampoco ni otros movimientos que lo delataran. Imaginé, entonces que el chamaco espiaba en los asientos del auto, pero de lejos no tuve certeza.
En pleno día, sobre el camellón de la calle 3 oriente en la colonia Analco de Puebla, caminaba cuando me percaté del asunto. Llamó mucho mi atención y prendió mi alerta porque mi auto estaba estacionado ahí mismo y, desde lejos, no identificaba con claridad cuál automóvil era al que el joven se inclinaba ni lo que hacía.
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Venía yo a cuadra y media por lo que apuré el paso y me acerqué, poco a poco, y con cautela. Pero mi curiosidad se incrementó al ver al muchacho profundamente embebido en lo suyo, por lo que decidí no distraerlo de lo que hacía, ni exhibirlo para que dejara de hacerlo.
Me aproximé y al caminar más lento, advertí con mayor convicción que el chico estaba totalmente absorto y mi curiosidad fue mayor. Un poco más de cerca me di cuenta que después de inclinarse, se observaba en el vidrio del auto para pasar los dedos de sus manos por el cabello que se veía húmedo: ¡se peinaba! Supuse que en la banqueta habría un recipiente con agua donde mojaba sus manos.
Al mirar que el mancebo se acicalaba, me acerqué con más sigilo y me di cuenta que el chamaco ¡se veía en el espejo lateral del coche y no en el vidrio como lo supuse! Me detuve cuando el joven sacudió sus manos para deshacerse del agua restante. Acto seguido, se metió la camisa dentro del pantalón, se arregló el suéter de la secundaria y se agachó para recoger algo.
Embelesado y satisfecho, engalanado, bien peinado y henchido de orgullo, el efebo emprendió su camino y, al verlo a lo lejos sin que lo taparan los autos, cargó su mochila en el hombro izquierdo y, al levantar la mano derecha, vi un gran ramo de flores de colores adornado con papel y moño, al que abrazó con cuidado.
Me estremecí. Me sentí dichosa por no haber interrumpido ni perturbado el ritual de un doncel en sus primeras conquistas.
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