Las generaciones que veníamos detrás de los compañeros estudiantes de las facultades, prepas, vocacionales, de la UNAM, del IPN, de CHAPINGO, etc. que se enfrentaron a un gobierno que sólo vio comunistas y desestabilizadores del sistema, tuvimos la oportunidad de vivir en un México con mayores libertades. De expresión escrita y oral; de reunión y conformación de movimientos autogestionarios; de apertura en la matrícula; de movilidad social; de surgimiento de partidos y sindicatos “no oficialistas”.
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Ante la caída de un sistema retrógrada (apresurada por los movimientos previos, y el estudiantil y popular del 68), pudimos tener una apertura que inició con Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) y culminó en lo que se llamó reforma política con José López Portillo (1976-1982).
En 1976 el Partido Comunista Mexicano (PCM), sin registro, postuló como candidato presidencial al líder ferrocarrilero Valentín Campa, quien fuera liberado con Demetrio Vallejo en 1970 ante la proclama del 68: libertad presos políticos.
Como consecuencia de un nuevo escenario en nuestro país y como un paso necesario ante los conflictos políticos, el nuevo presidente José López Portillo y su Secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, emprendieron negociaciones con las organizaciones de izquierda que desembocaron en la reforma –que algunos llamaron sólo electoral- de 1977. Reforma que permitió el registro al PCM y a otros partidos políticos de izquierda, lo que les permitió participar en las elecciones legislativas de 1979.
En 1977 el Partido Comunista Mexicano (PCM) propondría ante la VI sesión de la Comisión Federal Electoral la reforma para que, entre otras cosas, los ministros de los diferentes cultos “identificados con el pueblo” gozaran, en su calidad de ciudadanos, del derecho a formar parte de cualquier partido político. Aclarando que esta participación no incluiría a la Iglesia como Institución, ni mucho menos para que esta actuara como partido político (esta prerrogativa la obtendrían los sacerdotes hasta la reforma constitucional con Carlos Salinas de Gortari).
Gente como Jesús Reyes Heroles, Manuel Camacho Solís se manifestaban preocupados por la falta de legitimidad de las instituciones políticas, agravada por la crisis económica que se vivía. En las boletas de la elección presidencial de 1976 sólo hubo un candidato, José López Portillo, postulado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Popular Socialista (PPS) y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM); estos últimos, comparsas del PRI. El Partido Acción Nacional (PAN), no lanzó ningún candidato y Valentín Campa por el PCM, no figuraría en la boleta electoral al no tener registro.
Para 1982 compitieron Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988) por el PRI, PPS y PARM; por el PAN Pablo Emilio Pacheco; por el recién fundado Partido Socialista Unificado de México (PSUM) participaría como candidato Arnoldo Martínez Verdugo; por el Partido Revolucionario de los trabajadores –de corte trotskista- (PRT) doña Rosario Ibarra de Piedra; por el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) Cándido Díaz. Cabe hacer notar que hubo otros partidos como el Demócrata Mexicano y el Socialista Mexicano.
Para el PSUM fueron las únicas elecciones presidenciales en que participó como tal, además de las elecciones intermedias de 1985. Ya que en 1987, promoviendo nuevamente la unidad de la izquierda mexicana, resolvió fusionarse con el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) del ingeniero Heberto Castillo y constituir el Partido Mexicano Socialista (PMS), antesala del Partido de la Revolución Democrática (PRD) fundado en 1989.
Lo anteriormente señalado no es cosa menor. El Instituto Federal Electoral (IFE), llegó a constituirse en un organismo autónomo que garantizaría estas nuevas libertades políticas. En 1990, después de la polémica victoria de Carlos Salinas de Gortari en las elecciones presidenciales de 1988 tras la “caída del sistema”, el Congreso de la Unión expidió el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COFIPE) que previas las reformas a la constitución, quedaría como marco reglamentario de la contienda electoral.
Las puertas para construir el camino a la democracia habían quedando marcadas gracias a las vidas y penurias de quienes, con su sacrificio, nos antecedieron en la lucha. Los cambios en México a partir de los setenta, no se pueden entender sin poner en el centro el movimiento del 68.
De la última década del siglo XX y de lo que va en el XXI, mucho aún nos tendrá que decir de su actuación como gobierno, la llamada izquierda agrupada en el PRD y en MORENA. Sobre todo, en dos entidades paradigmáticas: el Distrito Federal (hoy Ciudad de México) y Zacatecas.