«Poca observación y mucho razonamiento puede inducir al error; muchas observaciones y poco razonamiento, a la verdad». Alexis Carrell. Nobel en fisiología médica en 1912.
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Con este aforismo podemos ir constatando cómo las ideologías, los prejuicios, las pasiones o los instintos, en parte o todos juntos, al formar parte de nuestros criterios para leer la realidad, por inclinación, nos llevan a errores bastante evidentes o, bien, a la incapacidad de ver los hechos en sí mismos. Por el contrario, si somos atentos y observadores, leales a la realidad, aunque sea de manera incompleta, nos acercamos de mejor manera a una lectura sensata, sin prejuicios y verdadera, como verdaderos son los hechos.
Lo anterior viene a colación porque muchos simpatizantes de quienes obtienen el poder están convencidos de que la historia, sus fuerzas y elementos, señalan lo que es bueno, rescatable y, a final de cuentas, lo que genera y crea civilización y humanidad. Pero definir así el lado correcto de la historia, sería darle al poder esa capacidad ética y estética de construcción de lo humano. El poder, incluso el de aquellos que han sacrificado miles o millones de vidas humanas, estaría justificado en cuanto la historia les ha otorgado esa capacidad –a quienes acceden a él- para hacer lo que, según ellos, es el plan de las leyes históricas. La historia sería, en el fondo, el origen, desarrollo y fin de los imperios. La historia sería la lucha por el poder.
Sin embargo, no es la única forma de entender la historia. La historia también puede verse, y vaya que en muchos sentidos así lo es, como la lucha de la razón para intentar salir de la barbarie. Basta mirar en los hechos mismos de la historia hasta nuestros días, cómo hemos pasado de la ley del garrote, o mejor dicho, de esos tiempos donde no había leyes y todo lo definía el garrote, la ley del más fuerte, hasta los tiempos contemporáneos en donde, en general, la pretensión, al menos en sociedades democráticas y plurales, es de someterse al estado de Derecho. Esta lucha de la razón por alcanzar un estado libre, plural y democrático lo vamos viendo en el transcurrir de los siglos desde Aristóteles hasta Hegel, y de todos esos ideales de libertad, igualdad, fraternidad, pluralidad, convivencia pacífica, bienestar, etcétera. Ello es la evolución y la maduración de una conciencia de humanidad, de desarrollo y crecimiento del bien y de lo mejor para el desarrollo de los derechos fundamentales de los seres humanos. Es la lucha no del poder por el poder sino de lo humano por la dignidad de todos los que compartimos la humanidad.
Si miramos la historia con objetividad, incluso podemos ver, como Jacques Maritain, o Jean Guitton, algunas «leyes» o algunos fenómenos que no tienen que ver para nada con el poder, el poder político, desde luego, como es el caso de personas pacíficas que, sin tener relevancia histórica de momento, o en el momento de vivir y de realizar su acción, tienen mayor incidencia en la historia que incluso los poderosos. Ejemplo: en el imperio romano, fueron más importantes los emperadores Augusto y Tiberio que un joven galileo que se dedicaba a predicar en la región de Judea y Palestina. A la larga, empero, la influencia histórica más honda fue la de ese predicador, el fundador de una de las religiones más relevantes de la historia. Lo mismo podemos decir de Mahatma Gandhi, en su tiempo, frente al poder no era más que un indio que buscaba la pacificación de su país por medios no violentos, incluso con su silencio y su desobediencia civil. A la larga, eso tuvo consecuencias políticas de mayor envergadura que si hubiese formado movimientos políticos o partidos e ideologías políticas.
En suma, el lado correcto de la historia no es la lucha por el poder ni de quienes acceden a él y a partir de ahí toman decisiones de grupo y de partido, sino la de aquellos hombres y mujeres pacíficos que, a veces con su silencio, sus enseñanzas y su testimonio logran realizar cambios más profundos y hondos de envergadura ética, estética, moral y cultural, que trascienden el tiempo y el espacio y, por qué no, a la historia misma.