Al recibir una invitación por demás amistosa para escribir las presentes notas sobre un tema de profundidad inabarcable como es la “música”, llegaron de inmediato a mi imaginación a manera de reto infranqueable, los célebres versos de Lope de Vega:
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“Un soneto me manda hacer Violante que en mi vida me he visto en tal aprieto”; y sin mediar ni por asomo de mi parte, “burla burlando”, llegaron a mi memoria incidentes de la tierna infancia de diversos episodios con los que mi madre y mis abuelos, acaso sin pretenderlo de manera deliberada, me introdujeron en el gusto por el majestuoso arte de la musa Euterpe.
Uno de ellos consiste en mi carácter de asistente por primera ocasión, a un concierto en el Palacio de las Bellas Artes y que ofreciera al efecto la Orquesta Sinfónica Nacional, mismo que, la verdad sea dicha, me fastidió sobremanera, a grado tal, que las asistentes a Bellas Artes se desgañitaron callándome ante los bostezos por demás estruendosos que me fueran provocados por el programa interpretado en la ocasión, por los mejores intérpretes del país; por aquellas fechas, imbuido de la insolencia que imprime el desconocimiento y la falta de humildad para afrontarlo, bien me hubiera podido equiparar a alguno de los hermanos Marx en la trama de “Un Día en la Ópera”, ello, claro está, de haber conocido tan magistral cinta en los ya lejanos días de mi infancia; hoy, por el contrario, trato de disfrazar de gracia y encanto al referido suceso, aun cuando en realidad, en mi fuero interno, se erige en un recuerdo que concita en mí un bochorno, casi tan agudo como en que en la ocasión experimentarían mi madre y mis abuelos.
La segunda de las remembranzas que se agolparon en mi memoria al momento de aprestarse a escribir las presentes notas, consistió en una cena de gala en el extinto restaurante de la Ciudad de México: “Cardini Internacional”, al que asistí con un elegante esmoquin de terciopelo verde, a escuchar al recientemente extinto “Marianito Mores”, con quién, por lo demás, me topé en el baño del establecimiento, distrajo su charla ante el espejo de las lavabos con algún acompañante, para sonreírle y darle una leve palmada en la mejilla a un mocoso que se acercaba para lavarse las manos antes de retornar a su mesa, y antes de que concluyera el intermedio del espectáculo que, en la ocasión, lo ofrecía la orquesta más celebre del tango proveniente de Buenos Aires a un plazo por demás breve de que falleciera trágicamente Suzi Leyva, la interprete favorita del maestro Mores.
Nadie recordará ya que las grandes estrellas del Bolshoí se presentaron, nada más y nada menos que en “La Arena México” en donde tuve el gusto de apreciar a la formidable Maya Plisetskaya, también recientemente desaparecida; en aquella ocasión nos acompañó el actor cubano Alberto Inzúa, quién, tras separase de su primera esposa, la cantante Olga Guillot, había emparentado con un tío mío, y quien hizo en la ocasión observaciones sobre el desplazamiento de los bailarines en escena y sobre la iluminación que, definitivamente, un lego en artes escénicas jamás habría podido reparar en ellos, claro que lo malo de hacer tales referencias, es que cualquiera puede darse el lujo de aplicar una muestra de “carbono 14” para calcular la edad de quien las hace, pero finalmente al hacerlas, puede decirse parafraseando a Lope que de los “catorce versos ya van los tres delante”.
El acervo sinfónico del continente resulta digno de destacarse y asimismo el que concierne a la producción operística, con obras en el extremo sur como las que corresponden a la autoría del compositor Alberto Ginastera, en tanto que en nuestras latitudes tales producciones cuentan con prosapia antigua, don Pedro Herníquez Ureña hace una crónica entremezclara con crítica artística y reflexión filosófica respecto a la Opera de don Ricardo Castro sobre los trovadores provenzales de la Edad Media llamada “La Leyenda de Braudel” y que, dicho sea de paso, sin jamás haberla escuchado, y mucho menos vista puesta en escena, desde que fui sabedor de su existencia despierta de manera virulenta mi curiosidad más impetuosa
El género que, en contrapartida, ha sido poco explorado por los compositores americanos es el coral, lo anterior, claro está, sin tomar en cuenta a los formidables compositores de capilla de las catedrales de México, Puebla y Oaxaca durante el siglo XVII como Juan Gutiérrez de Padilla, dado el parentesco de mi padre con el compositor venezolano Antonio Estévez suelo, por mera petulancia, decir que es la obra coral más importante del continente, lo cual, aquí entre nos, sería del todo falso, ya que la obra más importante en ese tenor seguramente sería asignada a la “Misa” de Leonard Berstein, aun cuando, seguramente bien podría ser considerada la máxima composición del género en Latinoamérica, lo cual tampoco es menor; por lo demás, la petulancia de todos modos caería por su peso, ya que yo jamás traté en mi infancia ante y en presencia mía con el compositor; con quién se trató en casa en alguna ocasión fue con su medio hermano, un individuo que era la encarnación misma de la vulgaridad y a quien mi madre bautizó con el ingenioso apodo de “Micha Calfuccia” en alusión al personaje de la “Mandrágora” de Maquiavelo y dado su matrimonio con una jovencita a la que triplicaba en edad; bueno, a fin de cuentas, cada quien trata a quien puede.
Abordando el tema con la debida seriedad que amerita, el reto de escribir sobre la “música” me llevó a buscar luces para la reflexión en dos obras fundamentales, “La Decadencia de Occidente” de Oswald Spengler, y el formidable ensayo escrito por don Antonio Caso en relación a una de las composiciones cumbres de Beethoven: la “Sonta Kreutzer”.
Spengler dilucida como las matemáticas, el espacio y la música en la antigüedad ática representaron conceptos muy distintos a los que por tales términos se entendería en los días de la civilización helenística y ya no digamos con lo que él denomina el “mundo fáustico” del occidente cuya decadencia aborda en su célebre obra, seguramente las sensaciones de Polifemo ante el tañer de la flauta acompañando la ingestión de vino que se describe en la “Odisea”, no guarda relación alguna con lo que conocemos como “música” a partir de que la consabida escala tonal comprendida por las notas do, re mi, fa , sol, la si, fuese compuesta por Adso D’arezzo en la mística Edad Media.
La monofonía de los cantos gregorianos en los claustros e incluso de los cantos profanos de juglaría o clerecía que amenizaba la vida de los incipientes centros urbanos, se troncaría con la entronización de la polifonía aportada por Palestrina y posteriormente con la composición del “Orfeo” la primera Ópera de la historia compuesta por Claudio Monteverdi
El piano-forte, inventado por Bartolomé Crisóforo a partir de sus ancestros inmediatos: el clavicordio y el clavicémbalo a saber, revolucionaría por su parte la noción misma de la música a partir del siglo XIX, abriendo cauce al portentoso período romántico;en el cual, según dicen los que saben, la composición para piano alcanzaría magnitudes de esplendor en las mazurcas, valses y polonesas de Chopin; y ni qué decir de la obra considerada como la máxima composición para tal instrumento que sería, a no dudarse, “El Concierto para Piano y Orquesta de Rachmaninoff”; habiendo sido la “Sonata Kreutzer”, una pieza compuesta para el dueto que conforman, precisamente el piano y el violín, en la que, como dijera en sus reflexiones don Antonio Caso, el tema inspirado en pasión y deseo perseguido anhelantemente por el amante y que se repite constantemente en diversas variaciones, las variaciones que nos representan las diversas etapas y experiencias de la vida.
Música que acaso pudieran desvanecer cualquier maldición, permitiéndole incluso al navegante holandés, atracar en puerto seguro donde encontrar por fin el Amor, dejando atrás para siempre la maldición que le constriñe a su infatigable navegar por las aguas procelosas del océano sobre la triste cubierta de su “Buque Fantasma”, ese es, acaso, pese a los muy variados significados que la noción de “música” pudiera tener conforme a nuestros respectivos estadíos de civilización y de cultura, la posibilidad de repetir en diversas tonalidades, como al efecto lo reseña Antonio Caso el tema central que justifica y alienta nuestro paso por la tierra.
Finalizando con los consabidos versos de Lope de Vega y tratando de alcanzar la gloria del reto cumplido de escribir los catorce alejandrinos son la “música”, quisiera aventurarme a señalar alguna eventual conexión entre el gigante de la composición que fue Mozart con don Miguel de Cervantes.
En la venta en donde don Quijote departía con los enamorados que habían logrado poner fin a sus enredos, el “Cautivo de Argel” da inicio a su relato rememorando su participación en la escuadra naval conformada por la Orden de los Caballeros de Malta.
Cervantes abordaría de manera literaria el episodio de su cautiverio en, al menos, dos de sus obras teatrales: “Los Baños de Árgel” y “El Trato de Árgel”; en esta última, vuelve a realizar una alusión entrelineada a su vocación templaria; al plasmar una oración que los cautivos dirigen devotamente a la “virgen negra” de Montserrat.
El conjunto de narraciones de Cervantes sobre el Norte de África, y al que acaso habría que sumar la pieza titulada: “La Gran Sultana Doña Catalina de Oviedo”, en la que se alude a la historia de la mujer cristiana que conquista el corazón del sultán de Turquía; crean una ambientación que recuerda de inmediato la trama de “El Rapto en el Serrallo”.
Don Ángel Valbuena Prat quién fuera catedrático de literatura española de la Universidad Complutense durante los días más aciagos de la “Guerra Civil española”, habría destacado desde el año de 1943 la relación existente entre los relatos cervantinos con la trama de la Ópera de Mozart, relación sobre la que, sorprendentemente, en los días que corren, no existe referencia alguna por parte de los críticos, ni media tampoco ninguna reflexión profunda por parte de los pensadores actuales.
En la trama de Mozart, se exalta una eventual supremacía moral del Islam sobre el cuadro de valores imperantes en occidente, al extender el Sultán de Turquía el perdón a Belmont, personaje central de la trama, quien libera a su amada del harem real al que llegaría en virtud de diversos artíficos fraudulentos esgrimidos por tratantes europeos, mucho tendría que explorarse en torno a la relación de los relatos argelinos de Cervantes con la trama operística de Mozart, misma que, acaso, podría tener no pocas conexiones con las referencias templaristas del “Quijote” y de los demás episodios argelinos de la obra del “manco de Lepanto”; y que, por lo demás, podrían bien acreditar el cumplimiento del reto de escribir sobre tan inconmensurable tópico, reto digno del “Fénix de los ingenios” y rival por excelencia de Cervantes.