Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Marychuy: la mujer rebelde

Arendt, Heidegger y Benjamin, bien pueden ser sus fuentes para rebelarse contra la voluntad de poder

Miguel Ángel Rodríguez

Doctor en Ciencia Política y fundador de la Maestría en Ciencias Políticas de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Investigador y filósofo político. Organizador del Foro Latinoamericano de Educación Intercultural, Migración y Vida Escolar, espacio de intercambio y revisión del fenómeno migratorio.

Lunes, Marzo 19, 2018

Para Sandy, Meztli y Sandrita, por develarme otras maneras de habitar el mundo.

 

Más artículos del autor

Pienso que una parte sustancial del pensamiento crítico occidental está encarnado en la figura de Marychuy, la vocera de los pueblos originarios de México, que nos muestra, de paso, que ser es poder dejar de ser. Ella es la protagonista de la historia de liberación contada por los filósofos y sociólogos del siglo XX, pues representa, de manera paradójica, la modernidad weberiana, la crítica benjaminiana a la violencia del derecho y a la barbarie del progreso, el Dasein de Heidegger que supera la metafísica de la subjetividad del sujeto y propone el cuidado del ser contra la ciega voluntad de poder, contra el dominio absoluto de la técnica que amenaza la vida de los humanos sobre el planeta.

Se podría pensar en El hombre rebelde de Camus, en el momento que reflexiona sobre la libertad y escribe que la primera prueba de vuelo para quienes aspiran a verla cara a cara es decir No al poder. El de Marychuy es un No que adquiere sentido porque va seguido de un Sí rotundo que afirma la superación del estado de desamparo; es decir, que promueve el tránsito de una posición de vida desnuda (Zoe) hacia una vida comprendida como existencia libre, políticamente organizada (Bios).

Y eso es justo lo que me seduce de la candidatura de Marychuy, porque la miro como la preparación para la superación del pasado, donde el pasado se representa por la barbarie del progreso. Un tiempo curvilineal.

Ahora que el Instituto Nacional Electoral (INE) finalmente concluyó que Margarita Zavala, la familiar y protectora de la dueña de la guardería ABC, donde fallecieron cuarenta y nueve infantes por el pésimo estado de las instalaciones subrogadas por el IMSS, será la única candidata “independiente” a la presidencia de México, es momento de retratar el estado de la cuestión ética de la clase política de México.

¿Cómo alcanzó la candidatura Margarita? ¿Cómo la perdieron Jaime “el bronco” Rodríguez y Armando Ríos Piter? ¿Cuáles son los criterios del INE para decidir cuánta corrupción es tolerable en las candidaturas independientes a la presidencia de la república? Veamos.

Margarita alcanzó la candidatura presidencial porque solamente el 45 por ciento de las firmas recolectadas resultaron sospechosas e inválidas por la institución electoral del país. Supongo que las autoridades del INE, aristotélicas al fin, decidieron un salomónico punto medio; esto es, que del cincuenta por ciento para arriba de las firmas que resulten anómalas las candidaturas no tienen méritos suficientes para ser legitimadas como oficiales y del cincuenta por ciento para abajo de falsificaciones podrían ser toleradas como peccata minuta, mentirijillas sin trascendencia.

Como si en la política no estuviera en juego el presente y el futuro del ser.

A Jaime "el bronco" Rodríguez, gobernador con licencia de Nuevo León, las autoridades electorales le anularon el 59 por ciento de las firmas registradas, bajo la sospecha de ser falsas: fue expulsado de la campaña, pues superaba por nueve puntos la hipotética línea de tolerancia del INE.

Al Senador por el estado de Guerrero, Armando Ríos Piter, por la misma razón, le anularon el 87 por ciento de las firmas recabadas y quedó fuera de la contienda. Apenas un 13 por ciento de las firmas, que representan la voluntad popular, era pertinente, las demás, las alteradas, es la forma natural de las elecciones mexicanas.

Ambos representantes de la voluntad popular, uno de "izquierda" y otro de "derecha", regresarán a sus encargos y jugosas recompensas como si nada hubiera pasado, como si el intento de violentar la propia voluntad popular, oficialmente documentado, estuviese legitimado por las instituciones electorales que debieran sancionarlos.  

Como si sus acciones gangsteriles no revelaran las estrategias y procedimientos con los que alcanzaron los puestos de elección popular de los que hoy disfrutan, en la total impunidad.  

A María de Jesús Patricio, Marychuy, por su parte, con todas las adversidades materiales y técnicas que representa ser la vocera de los pueblos indígenas, los observadores del INE le validaron el 94.5 por ciento de los votantes que la respaldan; es decir, le invalidaron solamente un 5.5 por ciento del total de las firmas presentadas. Está fuera de la escena electoral porque, según las parámetros de verdad política del INE, le faltaron 600 mil firmas.

¿Y qué si cambiamos los fundamentos de verdad del INE?, ¿y qué si consideramos que la candidata o candidato independiente sea, con el complemento de la cantidad de firmas, quien mejor represente, en su liderazgo, la forma de dominación racional-legal, moderna, de respeto irrestricto a la libre voluntad de los seres humanos?, ¿y qué si valoramos en lo que vale la propuesta política de transformar a los votantes en fines en sí mismos y no, como ahora ocurre, que son medios, entes, útiles, mercancías, deshechos para los fines domesticadores del gran capital?

Desde una mirada weberiana Marychuy es, a juzgar por la podrida imagen de la clase política mexicana que nos ofrece el INE, una expresión de la vida democrática moderna, pues es la única que mostró sobre la historia una posición de respeto a la voluntad popular y a la legalidad formal. No sólo eso, sino que, además, su acción política se inscribe en el ámbito de la esfera moral, porque no es el poder político lo que persiguen sino una forma de organización autogestionaria horizontal, comunal y autónoma, en la que preparar y consumar otra dimensión humana, la posibilidad del ser libremente lo que elijan, lo que quieran y puedan ser. 

Hanna Arendt siempre insistió en la similitud de pensamiento que encontraba en las obras de Martin Heidegger y Walter Benjamin. Las advertencias sobre el poder inesencial de las máquinas, sobre la ciega voluntad de poder de la  técnica, sobre la historia en ruinas, destruida por la idea del progreso, comparten el mismo sabor a derrota de la Ilustración.

Walter Benjamin, sin embargo, siempre negó cualquier nexo filosófico o ideológico con Heidegger.

Yo creo, por mi parte, que ambos abrevaron de la misma misteriosa fuente: el romanticismo alemán. Un movimiento estético, filosófico, moral y político contrario a la historia monocultural y logócrata que se teje con los hilos de la razón kantiana en el mundo occidental. Gottfried Herder hablaba de la otra filosofía de la historia, de la errática y barroca dirección de la humanidad.

El anillo del Nibelungo es la tetralogía dramática de Richard Wagner, el romántico más  dionisiaco de la primera generación, y representa la primera y más profunda crítica a la amenaza de destrucción planetaria que encierra la civilización burguesa, pues resulta que hasta los dioses enferman y mueren infectados por la infinita voluntad de poder. Wotan, el dios principal de la mitología nórdica, se olvida de lo más sagrado y traiciona a Freia, la diosa del amor, la belleza y la fertilidad, la que mantiene el jardín de la eterna juventud, con cuyos frutos, ambrosía, los dioses se rejuvenecen.

La fuente de inmortalidad de los dioses fue cegada por Wotan, por la ambición de un castillo, una fortaleza que fuera digna de su poderío. Y para alcanzar su propósito prometió a los titanes que les entregaría a Freia, para que fuera su compañera de vida, si le levantaban una mansión más resplandeciente que la mismísima casa blanca. Los gigantes trabajaron día y noche, sin descanso, para cumplir con su ardua tarea antes de lo estipulado, pues la estimulante recompensa era una vida junto a la sublime belleza de la diosa: se firma así el crepúsculo de los dioses, pues nadie más que Freia sabe cultivar los frutos de la eterna juventud.

Luego Nietzsche expediría el certificado de la muerte de Dios.

Marychuy es la mujer, la curandera nahua, la caminante que pregona que la técnica está destruyendo lo mejor de nosotros y lleva en su palabra el ungüento contra la ceguera, hace visibles el pantano y la lepra que siembran los proyectos de muerte, las mineras y las hidroeléctricas de los capitales nacionales y extranjeros.

Marychuy le tuerce el cuello al blanco cisne de las teorías lineales de la historia, para develar que el futuro proviene necesariamente del pasado, por eso es una revuelta zapatista a los fundamentos del ser, una política que revalora el olvidado sentido sagrado de la existencia. La verdad de Marychuy, por si alguien piensa que es el exclusivo resultado de mis querencias, es reconocida y sancionada por la ONU, pues hasta ese polémico organismo apunta que “Los indígenas son los mejores guardianes de la biodiversidad mundial”.

Encuentro en la menuda silueta de la doctora indígena la expresión weberiana de la legitimidad racional-legal, la única política nacional que contempla a las mineras como las responsables de las políticas de destrucción de los seres vivientes, como lo pensaron, con sus matices, Heidegger, Arendt y Benjamin. 

Así pues, como suponía Ernst Jünger, es muy probable que de las regiones y las poblaciones donde con rabia más profunda hinca su diente la nada, el nihilismo, donde la miseria del ser, donde la nuda vida, donde la vida útil, donde el homo laborans, donde la explotación y domesticación de los humanos, justo ahí, florezca, en la oscuridad casi absoluta, una lejana luz que nos permita preparar, fundar apenas, la resistencia para superar la voluntad de poder que es, al mismo tiempo, la lucha por una política de la vida contra la muerte.

Hace unos dos años escuché a Alain Touraine decir en las actividades de la cátedra que lleva su nombre, en la Universidad Iberoamericana de Puebla, que el siglo XXI vería surgir el feminismo como el principal movimiento político de la centuria.

Yo pienso que ninguno de los pensadores y filósofos del mundo occidental sospecharon siquiera por qué nuevos y enigmáticos caminos la historia de la humanidad transitaría, pero seguro que se les abrirían los ojos desmesuradamente, como los del Angelus Novus de Paul Klee ante las ruinas del progreso, por el azoro de encontrar en la vanguardia de la historia no a un hombre sino a Marychuy.

Una osada mujer indígena rebelde que, sin proponérselo, es la figura de la emancipación de todas las formas de la dominación capitalista. Es la voz de la emancipación de las mujeres, la de las indígenas, la de los auténticos defensores de los ecosistemas, la voz contra la miseria y olvido del ser: una suave voz que a lo lejos, como luz apenas perceptible, nos permite darnos cuenta de la violenta obscuridad en la que tristemente morimos.

Vistas: 1091
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs