“No profesor, usted no puede sacar de un salón a un estudiante. Está violentando su derecho a la educación.” “No, no podemos expulsar a los alumnos, ellos tienen derecho a la educación.” “Mi hijo llegó tarde a la escuela pero usted debe permitirle la entrada porque tiene derecho a la educación.” “Usted no puede impedirme que entre a la escuela aunque no traiga uniforme, va en contra de mi derecho a la educación.” “La educación se recibe en casa, en la escuela sólo les damos contenidos.” Aquí reproduzco sólo algunas frases que he escuchado acerca del derecho a la educación pero me pregunto qué significan. Quise explorar el término, principalmente yendo a la etimología y encontré que, según Castello y Mársico (1995), Educar proviene del latín educare, “criar”, “alimentar” y en un sentido abstracto, “formar”, “instruir”; y de educere, “hacer salir, “tirar hacia afuera”, “poner en el mundo”.
Contrario a su origen, los estudiantes de hoy no piden alimento, ni instrucción, ni que alguien los ayude a poner en el mundo, lo que quieren son concesiones, falta de ley, no al cumplimiento de reglas. Bueno, no sólo los estudiantes, también las madres y los padres de familia. Tal parece que rechazan la educación, la vomitan. ¿Será que les damos algo de muy baja calidad? No me extrañaría. Recién leía el resumen de un trabajo de investigación acerca de la inconsistencia entre los resultados de los exámenes de ingreso y permanencia del INEE y el desempeño en el aula. Los docentes tampoco se alimentan. Definitivamente existen docentes que sí tratan de alimentar las mentes de los jóvenes estudiantes, sin embargo, lo que más exigen es menos trabajo, menos conocimientos, menos contenidos, menor dificultad, menos tareas, menos proyectos, menos de todo. Se trata de una anorexia y bulimia del conocimiento y de la educación, y como tal, es una enfermedad psíquica, que pone de manifiesto problemas aún mayores, como lo vemos en la clínica, pacientes que encubren con los trastornos alimenticios severos problemas emocionales.
Más artículos del autor
¿Y qué problemas encubriría esta anorexia y bulimia de los estudiantes? Todos piden algo útil, ya nadie quiere aprender por aprender, quieren aprender para hacer, para usar, un fin totalmente utilitarista, y por lo tanto, al servicio de la producción y del sistema macroeconómico. Se preguntan para qué sirve saber sobre ecuaciones, historia mundial o filosofía. No hay pasión por aprender, no hay amor al conocimiento. Mucho menos un proceso reflexivo que los lleve, tal vez, a pensar que el conocimiento viene acompañado de libertad, de apertura de mente, de la posibilidad de mirar con otros ojos. Esta anorexia llega a niveles bárbaros cuando encontramos que los jóvenes quieren descansar de la escuela cuando apenas están en secundaria o en preparatoria. ¿Descansar de la escuela? ¿Qué les da que los cansa? ¿Es demasiado trabajo aprender?
En otros tiempos, mucha gente quería tener acceso a la educación para poder aprender, disminuir su ignorancia. Ahora nos dicen que hay un Derecho a la Educación, y por lo tanto, una obligación del Estado de proporcionarla establecida claramente en la Carta Magna de nuestro país. ¿Pero los jóvenes aprovechan este derecho? Claro, algunos, sin embargo, la mayoría ya no cree que la educación sea la vía a una vida mejor, a un desarrollo personal y profesional, a un reconocimiento de la sociedad. Ni siquiera da grandes ganancias. Y en un lugar donde todo se mueve con el dinero, principalmente con dinero fácil, a simple vista, sin pensar en consecuencias, todo superficial, favorecido por la corrupción y la impunidad imperantes, con la complicidad indolente de autoridades y gobernantes, los jóvenes tienen a su alcance otras vías para ganarlo: robo, extorsión, narcomenudeo, etcétera. Así, sin más, sin estudiar, sin aprender. Y sólo poniendo de por medio un pequeño precio: su vida, una vida no valorada por sí mismos, y mucho menos por los reclutadores para quien son sólo objetos o máquinas productoras de dinero.
¿Pero de dónde sacaron nuestros jóvenes que todo es fácil? ¿Cómo aprendieron que la educación debe ser divertida todo el tiempo? ¿Qué hicimos mal los adultos para que ellos prefieran alejarse de las escuelas y refugiarse en esas vías de conseguir dinero u otras formas de evasión del futuro como matrimonio, embarazo, nini, adicciones, vagancia…
Y si realmente detrás de esta anorexia hay un problema emocional, ¿cuál sería? Hay muchas posibilidades, entre ellas la falta de confianza en el futuro, la realidad que nos dice que a gente sin preparación le puede ir bien, que los profesionistas ganan poco o no encuentran trabajo y terminan trabajando un taxi, que el que no tranza, no avanza, la muerte rondando por todos lados y a todas las edades… Por eso, ¿para qué entrar a clase? ¿Para qué portar el uniforme? ¿Para qué cumplir las reglas? En un país donde cualquiera puede romper las reglas y salirse con la suya, ¿para qué sirve el derecho a la educación? Es pregunta.
Nota bibliográfica:
Castello A. Luis, Mársico Claudia. 1995. Diccionario etimológico de términos usuales en la praxis docente. Bs.As. Editorial Altamira. 1ª edición. Pp. 4. Consultado el 05 de diciembre de 2017 en http://www.terras.edu.ar/biblioteca/35/35CASTELLO-Luis-MARSICO-Claudia-Que-es-educar.pdf