Ser simple o hacer las cosas simples no le resta valor o importancia a aquello que se realiza, al contrario, muchas veces favorece para tomar acciones o decisiones inmediatas cuando así se requiere.
La simplicidad permite hacer de lado todo lo complejo, que a su vez es esta la complejidad que nos impide concretar lo que se pretende, nos aleja, o nos hace inalcanzables nuestros propósitos; pensar simple, es pensar fácil, sin complicaciones, sin angustias, con sencillez y efectivamente.
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Lo simple se ha mal entendido como algo a lo que no se le dedica el tiempo o el esmero necesario, pero no siempre es así, incluso permite tener rutas rápidas y precisas para dar una solución.
La sencillez da resultados inmediatos, dando solución a lo que se necesita y creando nuevas maneras de transformar, a través de la decisión inmediata y práctica.
Soñar y alcanzar cada una de nuestras metas (cualquiera que sea) es posible, solo hay que buscar la manera simple de llegar a ella, pero en ocasiones cuando todo resulta a nuestro favor y es sencillo se antepone la idea de que no está bien pues se cree que entre más complicado sea llegar a la meta su valor aumentará.
Un ejemplo práctico y al alcance de todas las personas es:
“¿Cómo cambiar el país?”
Algo que todos deseamos, pero que solo algunas personas se involucran y en lo que nadie cree…
Lo complejo: No se puede, es mucho el alcance que se tiene.
Lo ideal: que todos colaboraran con lo que les corresponde.
Lo fácil: no enfocarte en la vida de los demás sino en lo que personalmente te corresponde.
Lo práctico: cualquier momento es bueno para tomar la iniciativa.
Lo simple: depende de la voluntad y disposición que se tenga.
Es más complejo pensar en el procedimiento para lograr algo que se pretende que las propias acciones que deben llevarse a cabo, es más difícil iniciar que concluir, cuesta más planear que permanecer.