Ahora, los temblores del 19 y el 20 de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras elites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio. La sabiduría popular no es libresca ni moderna, sino antigua y tradicional. Es una mezcla de estoicismo, silenciosa energía, humor, resignación, realismo, valor, fe religiosa y sentido común. Ese sentido que, precisamente por ser común, es comunal, comunitario. En suma, la sempiterna combinación humana que Santayana definió en uno de sus libros como “escepticismo y fe animal”.
Octavio Paz a propósito del sismo de 1985, en el texto: Escombros y semillas
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El miedo, el terror por lo acontecido a los seres queridos y las propiedades, la pérdida de familias y amigos, los rumores, la desinformación y los sentimientos de impotencia, todo –al parecer de manera súbita– da paso a la mentalidad que hace creíble (compartible) una idea hasta ese momento distante o desconocida: la sociedad civil, que encabeza, convoca, distribuye la solidaridad […] que al concretarse desemboca en el rechazo del régimen, sus corrupciones, su falta de voluntad y de competencia al hacerse cargo de las víctimas, los damnificados y deudos que los acompañan. […] Sin debates previos, sin precisiones conceptuales, en cuatro o cinco días se impone el término sociedad civil, lo que, por el tiempo que dure, le garantiza a sus usuarios un espacio de independencia política y mental […] el fundamento de la toma de poderes […] allana el camino para el “gobierno” de la crítica […] Invocados, los cientos de miles de voluntarios integran simultáneamente una visión premonitoria de la sociedad equitativa y su primera configuración práctica. Sin andamiaje teórico, lo que surge en los días del terremoto desprende su concepción ideológica de lo ya conocido, de lo que no sabía que sabía, de las intuiciones como formas de resistencia, del agotamiento de las asambleas, de las vivencias del dolor y, muy especialmente, de lo inconfiable que resulta el depender de las autoridades […] Su credo es sencillo: la vanguardia del cambio no es ya el proletariado, el fantasma que en vano recorre los manuales marxistas, sino los movimientos.
Carlos Monsiváis, también sobre el sismo del 85 en el texto: No sin nosotros
Para conocer el alma de un hombre hay que darle un poco de poder… o privarlo rigurosamente de él. Para conocer un pueblo hay que ver cómo se ejercita políticamente y cómo reacciona ante las catástrofes.
Tras el sismo de 1985 en México, sorprendieron la solidaridad y la capacidad de organización y respuesta de la sociedad, que irrumpían sobre el fondo de un terreno político descompuesto y sin esperanza. Finalizada la guerra sucia y con el neoliberalismo en ciernes, los 80´s forjaron una sociedad que se movería a contrapelo del régimen autoritario sin apelar al oropel del libre mercado. El gobierno, entonces como ahora, lento e incompetente, quedó en segundo plano frente al arrojo de esta joven sociedad. Unos años después, en 1988, surgiría el primer gran movimiento político de la historia reciente mexicana, organizado contra el partido que gobernaba desde la Revolución, convirtiéndose en la verdadera vanguardia de la democratización del régimen político. Mucho se escribió sobre esa extraña relación entre ruina natural y ruina política, como si en el fondo se hubiese comprendido que frente a una y otra podían y debían ponerse en juego recursos muy similares. Hoy el clima político es quizá más amargo, porque se hunde en la bruma nacida de la conciencia de un fracaso. Fracaso del comunismo como promesa de una sociedad que no se edificara sobre la explotación; interrupción del proceso de democratización, entregado a una cúpula de partidos; fracaso de las promesas del libre mercado, que concentró la riqueza, produjo monopolios antes inconcebibles y privatizó los servicios que debía proveer el Estado, mostrando la misma ineficiencia y corrupción que este último. Pero como hace 32 años, una comunidad-acontecimiento surge del escombro, renovada por el sentimiento de su propia agencia y la evidencia sonante de su capacidad de organización.
En el 85 la catástrofe natural, un hecho sin sentido por sí mismo, se convertía en un acontecimiento político. Por su parte, la catástrofe política ya normalizada, vista ya como un fenómeno casi natural, necesitaba de la prueba de la capacidad de agencia de la sociedad para volverse finalmente cuestionable y adquirir así el cariz de una institución caduca, cuya fecha de muerte se anunciaba. Por primera vez se hizo pensable la derrota del PRI y la posibilidad de otro régimen político. El sismo del 85 no explica la transición democrática del país, pero sin él, ésta resulta incomprensible. Bien vale la pena preguntarse por qué, sobre todo ahora que los sismos de 2017 volvieron a convocar a esta sociedad solidaria, organizada, independiente e implacable contra los partidos políticos y también ahora contra el mercado. Pues si vemos a los partidos discutiendo la posibilidad de utilizar el dinero de sus campañas electorales para ayudar a los damnificados y a grandes empresas ofreciendo servicios gratuitos y donaciones, recordemos que éstas no fueron respuestas inmediatas y espontáneas, sino demandas explícitas de la sociedad civil. Éste es el triunfo, antes impensable, de la gente sobre el sistema de partidos y sobre el mercado, victoria que no deberá olvidarse porque hoy, como hace 32 años, tuvimos el atisbo de cómo se vería un cierto comunismo en tiempos de emergencia. Conservemos este nombre. Conservémoslo tan sólo porque en su etimología está anidado el nombre sagrado de comunidad. Conservémoslo porque la comunidad que ha salido a la calle sin ayuda de partidos, ni de empresas, ha demostrado lo que significa la soberanía: solidaridad organizada. Conservémoslo porque la comunidad callejera no ha hecho distingos de ninguna clase y, gracias al apoyo de otros países, se ha vuelto internacionalista. Conservemos el nombre contra quienes lo toman como cosa del pasado y contra los que lo utilizan con ligereza ideológica. Conservemos del nombre la invocación, profunda e irrenunciable, a una comunidad que no vive de la explotación recíproca; que es capaz de suspender todas las diferencias de raza, clase, sangre y nacionalidad; y que hace del Estado y del mercado sus instrumentos y no sus amos. Y si no se quiere conservar, que no se olvide lo que el nombre significó alguna vez y que hoy se hace patente entre los escombros y que en el 85 se llamó sociedad civil.
Se suele creer que la cultura y la naturaleza están separadas por un hiato, pero como se prueba una y otra vez, todo fenómeno posee una doble dimensión. Como escribiera Antonin Artaud en El teatro y su doble a propósito de la peste y el final de la Edad Media: todo sucedía como si las ámpulas de los enfermos se hubiesen convertido en un elemento político revolucionario que hacía patente lo caduco de las instituciones y en su figura apocalíptica y grotesca se anunciara la aurora del Renacimiento. A medio camino entre el fenómeno físico (como sucede en un sismo) y la somatización de la histérica escuchada por Freud, que hablaba con su cuerpo lo que se le negaba a la palabra, la peste negra desgarraba definitivamente el orden de un mundo desvencijado.
En su Fenomenología del Espíritu, Hegel interpreta a la familia como una institución cultural pero que hunde sus raíces en los vínculos naturales. La procreación y el cuidado de los hijos mantienen a los hombres gobernados bajo cierto vínculo social del cual sólo se liberan en la sociedad civil, donde cada quien juega sus intereses particulares. Aquí la naturaleza tiene que ver sus vínculos sustanciales comunitarios disolverse para dar lugar al libre encuentro social. Pero el problema que encuentra Hegel es: ¿cómo restituir el carácter común de la sociedad, una vez que se ha destruido el lazo familiar (cuya solidaridad opera sólo para con los suyos) y que se ha instaurado la sociedad capitalista individualista (que sólo conoce el nombre de competencia)?
Nos preguntamos entonces: ¿de dónde viene este lazo solidario que hemos atestiguado como respuesta a los sismos más recientes? No de la naturaleza, si por ella se entiende una ley eterna y al servicio de la conservación ciega de la especie. No de la “cultura” en general, que en nuestra época se caracteriza por el descrédito profundo de sus instituciones, la falta de un horizonte histórico que prometa otro mundo y la esclavitud de la cotidianeidad a la severa ley del capital, cuyo funcionamiento constituye hoy lo más parecido a una naturaleza ciega, implacable y eterna.
¿De dónde entonces esta fuerza originalmente no-política, pero tampoco natural, que se transforma en política porque toca el núcleo del vínculo social?
Según recogimos en la cita de Paz, el pueblo reaccionando en el 85 abrevaba de un pozo antiguo y tradicional, no libresco, ni moderno; y sin embargo, era también radicalmente moderna: en su peculiar mezcla de escepticismo (un valor moderno por excelencia) y fe animal (un oxímoron que hace combinar lo más natural: la animalidad, con lo sobrenatural: la fe). También Mosiváis supo ver la improbable combinación entre un acontecimiento político moderno: la emergencia de una sociedad civil organizada y una actitud espontánea sin retórica politiquera. Lo que no podía escapar ni a uno, ni a otro, es aquel oscuro tradicionalismo puesto al servicio de una política innovadora y progresista. Esto no es nuevo. Durante la Guerra de Independencia mexicana, fue posible movilizar al marginado sector indígena utilizando a la vez las estructuras religiosas e indígenas ya existentes. Por ello puede verse ahí la lucha entre iglesias y no entre Iglesia y Estado, que daría una Virgen realista y una Virgen independentista. No porque no debieran enfrentarse la una y el otro, como en la Reforma, sino porque el dualismo no alcanza a captar las sutilezas de las múltiples iglesias y los múltiples estados que se jugaban entonces. Esta división pudo verse hasta el siglo XX en el Concilio Vaticano II, que opondría la teología de la liberación con el podrido catolicismo. Y también habría que reconocer en el Estado una multiplicidad de fuerzas y no solamente un instrumento homogéneo de poder, como en la visiones trivializantes del marxismo estándar (donde el Estado se reducía a un mero instrumento de clase) o de los foucaultianos (que no pueden ver en cada institución sino un dispositivo más de dominación). Siguiendo este sendero de pensamiento, habría que leer, hoy más que nunca a Poulantzas de manera acuciosa, quien precisamente insistió en ver al Estado como una arena de disputa en sí misma y no un espacio colonizado por una única fuerza política.
El arrojo y la unión vistos en la lucha de Independencia no podrían haber nacido únicamente de los criollos, muchos de ellos movidos por la única esperanza de hacerse del control político de la Nueva España, sino de indígenas y otras castas duramente castigadas durante la Colonia. En la Revolución Mexicana la organización social armada se montó también sobre otras estructuras sociales e incluso familiares, sin las cuales no se podría haber hecho frente al ejército profesional y organizado de Porfirio Díaz. Durante los años de la guerra sucia, la guerrilla, de inspiración marxista-leninista, se entendió sorpresivamente con la teología católica. Si se quiere entender por qué hoy en día resulta tan difícil la organización social a gran escala con fines de transformación social y política, además de las derrotas históricas que todos conocemos, hay que poner atención al hecho de que los lazos no-políticos se han destruido como nunca. ¿Qué es la organización social que no se apoya en lazos de amistad y solidaridad familiar? No porque ahí alguien luche por su familia y amigos, los cuales, sabe, puede ver morir, sino porque de algún modo generaliza esos lazos y los pone a disposición de todos. Quien no ha probado algo del vínculo social que anhela, como en una breve anticipación del futuro, no puede luchar en el presente sin caer víctima de las imágenes que produce un espíritu inflamado sólo por el resentimiento y el dolor. Parafraseando a Chesterton, parece que sólo así es posible que el revolucionario tenga la paz necesaria para estar en guerra contra el mundo. Hoy la figura del precariado, arrancada de todo lazo familiar y amistad, desplazado de su lugar de origen y obligado a errar en busca de trabajo, no posee ya redes sociales que pueda activar para lograr una organización de mayor envergadura. Es así que las verdades que se asomaban en la guerra de Independencia y Revolución Mexicana, miraban al futuro y al pasado a la vez. Las verdades que irrumpían en el presente se nutrían a la vez de un denso e incluso desconocido pasado y quién sabe si incluso alcanzaran a apoyarse en algún recurso legado por la evolución de la especie.
Con toda justicia podemos decir que ese evento natural, un sismo, se transformó en un acontecimiento político y que la agitación de la tierra trajo consigo la agitación de la sociedad. Lo decididamente natural se vuelve político y lo pretendidamente natural, una cierta organización política y económica, revela su condición histórica. Pero la emergencia pasará y tendrá que dejar paso a los trabajos de construcción-reconstrucción. La pregunta que se nos impone entonces resulta ésta: ¿qué hacer con esta sociedad que (ha) tomado el poder en la emergencia? ¿Qué procesos se podrán desencadenar ahora? ¿Cómo se da el paso del acontecimiento a la institución justa? Intentaremos proseguir con estas preguntas en la próxima entrega.
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