La semana pasada la activista Malala Yousafzai visitó México invitada por el Tecnológico de Monterrey. Pakistaní de nacimiento, Malala fue reconocida en 2014 con el Premio Nobel de la Paz por su trabajo en favor de los derechos de las mujeres que habitan la región noroeste de su país. Dos años antes la joven fue víctima de un atentado perpetrado por un integrante del TTP, grupo terrorista vinculado a los Talibanes, cuando se dirigía en autobús a su casa después de la escuela. Este hecho y las reacciones que siguieron al mismo la colocaron en la mira mundial al ser apoyada por personajes como Barack Obama, Ban Ki-moon, Hillary Clinton y Madonna, quienes a través de diversos medios condenaron la agresión.
Durante su encuentro con estudiantes del Tec en el Campus Santa Fe de la Ciudad de México, Malala habló sobre los beneficios de la educación para el mundo, de la belleza de la diversidad, y de su fundación que promueve el derecho de las niñas de países como India, Pakistán y Afganistán a recibir doce años de educación gratuita. Fue inevitable tocar el tema Trump, mencionando que “todos somos seres humanos, ¿por qué dividir nuestros territorios o separarnos con base en nuestro color de piel, religión o tradiciones? Ese odio es inaceptable, es dañino para todos.”
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Mientras la activista continuaba su discurso, las redes sociales se llenaban de citas, transmisiones en vivo, y fotografías que los asistentes al evento colgaban en sus perfiles. Un breve buceo en el mar de imágenes compartidas con el hashtag #MalalaenelTec en Instagram nos hacía testigos de las poses frente a los pendones publicitarios, gente presumiendo su gafete de acceso total, letreros con frases prediseñadas, y decenas de selfies cuya composición parecía gritar “yo estuve aquí”. El contraste de las fotografías saturadas de filtros con la sencilla contundencia del mensaje de Malala me orilló a cuestionarme sobre los motivos de esas personas para acudir a su charla, más allá de obtener la playera con el dorsal “Malala” elaborada ex profeso, o el autógrafo de la joven en una de las cientos de copias de su libro que se pusieron a la venta durante la ocasión.
El tema educativo es una constante en el discurso de la activista, en particular lo que se refiere a las niñas en condiciones de pobreza y marginación. Durante su visita al país, Malala convivió con dos becarias del Fondo Guadalupe Musalem que busca ayudar a que jóvenes originarias de comunidades rurales e indígenas de Oaxaca sigan estudiando. Una de ellas, Alma Delia Ramírez Hernández, originaria de Santa Cruz Zenzontepec, imparte talleres sobre derechos sexuales y reproductivos en su comunidad debido a que muchas de las mujeres que la habitan aún se enfrentan a prácticas tradicionalistas en el aspecto marital, como la elección de su pareja por parte de los padres.
Los asistentes al evento organizado por el Tec de Monterrey, ¿sabrán en qué consiste la labor de un activista? ¿Estarán conscientes de la realidad educativa para las mujeres en su propio país? O al menos, ¿leerán el libro que les fue autografiado por Malala? Tal vez el que alguien presuma su asistencia al evento con fotos en sus redes sociales no sea un parámetro válido para juzgar el valor que pudo darle a la plática. Sin embargo, sí es un ejemplo de lo que Gilles Lipovetsky, uno de los grandes referentes del campo de la Filosofía contemporánea aborda como la paradoja de la sociedad hiperindividualista, donde “mientras más personas afirman su autonomía, más necesidad tienen de reafirmarla a través de los otros. Su autoestima empieza a depender de un me gusta…”
Tal vez debemos replantear nuestra idea sobre quienes necesitan un mayor acceso a la educación.