Una está enferma, la otra es mala; la primera no tiene consciencia del daño que hace; la segunda sí se da cuenta y lo hace dirigido y a propósito. La inconsciente tiene un problema en su cerebro que no le permite darse cuenta que “los otros” existen; ella sola puebla su mundo y su percepción es rígida porque no registra más que lo que su fragmentada capacidad le permite; ni una hoja de árbol pude moverse sin ella; ni un objeto puede cambiar de lugar o posición sin que ella lo asigne… todo cambio le angustia… y para ella las personas son objetos. No puede distinguir entre el “bien” y el “mal”, su maldad es indistinta, es pareja para todos. Su situación es una gran e irremediable desgracia para ella y quienes la rodean; no tiene manera de decidir ser diferente de lo que es. Esta enfermedad no se elige.
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La otra, la segunda, la mala no tiene una irremediable situación de percepción fragmentada o insalvable rigidez de pensamiento. No, por el contrario, la maldad es creativa, siempre busca maneras nuevas de provocar sufrimiento en los demás. La maldad sí se elige: para ella, “los otros” sí existen y su vida afectiva se satisface al causar el mayor daño posible a quien es objeto de su maligna devoción. Ella sí dirige su maldad y elige la manera de hacer el perjuicio.
Las dos hacen daño, irremediablemente; sólo que a la primera se le puede llegar a perdonar más fácilmente al comprender que su enfermedad le llegó sin elección ni merecimiento y, hasta hoy, sin cura. Así nació y así morirá, y el trayecto de su vida, algunos especialistas la definen, como una absoluta “existencia frustrada”.
La segunda es otra cosa: en algún momento de su vida, algún motivo le provocó un dolor que la sobrepasó; no lo pudo manejar ni entender, mucho menos aceptar o controlar y se le fueron acumulando e intensificando emociones de tristeza que le provocaron enojo, celos, envidia, ansiedad, rencor, desprecio, rivalidad, resentimiento y, sin poder evitarlo, odió, y ese odio se deleita al elegir darle salida con nuevas formas de hacer daño a su objeto de devoción.
Tenerlas juntas a las dos, al mismo tiempo, bajo el mismo techo, con afectos y emociones compartidas y confundidas hacia las mismas personas en el círculo familiar íntimo –la primera, su madre; la segunda, su hermana-- y crecer en ese ambiente donde la maldad y la enfermedad eran juntas y una sola, dirigidas hacia la pequeña de la familia, sin poderlas evitar, evadir o salirse del núcleo familiar, puede causar mucha confusión y llevarse toda la vida, entender.
Esto que especialistas dirimen en un tiempo breve con empeño profesional, le llevó a esta mujer de campo, Mariana, con apenas primaria terminada, gran parte de su vida con profunda dedicación intelectual y enorme sensibilidad afectiva para lograr su tan deseada claridad mental y emocional y su infinita paz interior.
¡Quién como tú, Mariana!
alefonse@hotmail.com