Diversos sectores de la opinión pública creían que la tendencia de alternancia en los gobiernos estatales se acentuaría. Optimistas, esperaban la caída de los dos viejos santuarios del priismo (estado de México y Coahuila).
No fue así. Un segmento, el tercio, decidió seguir al tricolor, el resto, más del 60% prefirió distintas opciones electorales, ganó la primera minoría por sobre una mayoría adversa repartida entre partidos y candidatos ciudadanos. En ambos estados fue similar el porcentaje: en la misma proporción eligieron una opción distinta a la del Revolucionario Institucional. Al tricolor le bastó un hipotético 33-35% de votantes para hacerse de las gubernaturas. Hipotético por lo escandaloso del conteo.
Más artículos del autor
Con todo y el crecimiento de la oposición, volvió a flotar en el ambiente el mito de la invencibilidad priista, replicado “ad infinitum” para generar la percepción de ser el gran ganador. En dos estados, uno destruido por la omisión gubernamental del partido que repite, el otro igual o peor, se quedan seis años más como dueños absolutos. Quien gana el ejecutivo gana todo, incluso la posibilidad de controlar los otros dos poderes y las demás instancias gubernamentales, hasta las denominadas “autónomas”, “descentralizadas”, “de patrimonio propio”. Y lo hacen sin el menor rubor, escandalosamente, incluso.
¿El PRI regresa por sus fueros e incluso se encuentra cerca de repetir en la casa presidencial? Desde luego que no. Ya no es el PRI. Las últimas elecciones se convirtieron en razón de Estado. Las instituciones estatales se enrolaron en la contienda bajo el argumento de detener al enemigo. Y extendieron dicho calificativo incluso a su antiguo aliado, el Partido Acción Nacional. No había otra manera de aparecer como ganador. Fueron candidatos bajo la razón de Estado. Sin posibilidad de extender dicha condición para la elección del próximo año.
Confluye una diáspora de variables de difícil control: escenario social adverso con incremento de la tensión social recurrente en tiempos de elecciones presidenciales, maquinaria gubernamental extenuada con disminuida capacidad de maniobra ante el incremento de costos políticos, apuros económicos ante un PIB, partido político extenuado en acelerado proceso de desagregación de intereses en todo el país, contenida solo por el ejercicio de poder puro desde el Estado, en muchos casos desafortunado, al margen o en contra de los mecanismos de control democráticos. Elites económicas y clases medias sumamente desconfiadas de las administraciones priistas. El saldo general de gobierno es negativo. Los grupos de poder económico apuntan hacia otras opciones; el esquema de intercambio económico en tiempos de elecciones es sumamente restrictivo por la voracidad que han tenido los gobernadores priistas (los ejemplos sobran). Favorecieron a unos cuantos y crearon artificiosamente otros. La soldadesca empresarial del institucional va desapareciendo y no han podido sustituirla. Es su debilidad actual.
Les queda la clientela de los programas federales asistenciales, la cual tampoco es de fiar. Ellos mismos denuncian el condicionamiento. La oposición ha documentado el hecho ante las instancias correspondientes con suficiencia.
El tricolor pierde votos. El costo de ser primera mayoría se incrementa en cada elección. Si aún existe es por la impecable simbiosis gobierno-Estado que le permite sacar el máximo provecho de una de las paradojas de la democracia: en un sistema multipartidista la primera minoría puede quedarse con todo. El control de los recursos públicos y una legislación que premia conductas discrecionales hace lo demás; si de por sí el PRI mantiene el control de las instituciones estatales, no es fácil aventurar la sobre posición facciosa electoral por sobre las reglas de juego democráticas. Acompañado todo por medios de comunicación gustosamente cercanos al poder público.
Las elecciones del 4 de junio pasado fueron eco de la fase hegemónica del antiguo régimen político donde el PRI ganaba todo y reducía a los adversarios opositores a una existencia política absurda.
Experto en el manejo de la mentira política, el oficialismo capitalizó a gusto dos dimensiones que hasta hoy han resultado el talón de Aquiles de la sociedad civil: controles insuficientes para detener el mal uso de los recursos públicos y nulas garantías para las voces críticas en los medios de comunicación.
En contra parte, la marea propagandística es de espanto. Instalan campañas mediáticas de terror contra la oposición de modo inmediato. Sus frentes son amplios, abarcan todos los espacios de información y comunicación, ninguno queda a salvo. Las redes en Internet, que se pensaban indemnes, también han sido colonizadas por los contenidos oficiales. Apabullan las expresiones de descontento de la población. Buena parte de los agresivos mensajes anti opositores, son impulsados por el oficialismo.
No es exagerado afirmar que han conculcado todo el espacio mediático e incluso las redes. Las expresiones de apoyo a los candidatos opositores y opositoras de modo inmediato son objeto de injurias, amenazas y provocación para desincentivar el voto.
Esta es una parte del problema. La otra se explica por la omisión cívica de la población. El voto duro priista, sirve como plataforma segura para conseguir el resto gracias a la reducción que han hecho de la sociedad, a su aniquilamiento social. Los estados donde el PRI ha conseguido llegar y conservar el poder son los que se encuentran en el sótano del Producto Interno Bruto o que presentan los mayores índices de violencia delincuencial: Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Michoacán, Sinaloa, Coahuila, Estado de México.
El esquema es simple, por antidemocrático: empobrecen a la población. Crece la delincuencia, que se convierte en avanzada para destruir las “naturales” redes de ayuda y protección que la misma sociedad crea y las cuales, en democracias normales, son el principal conducto de comunicación, crítica, deliberación, base de la representación política y fuente de contrapeso del poder público. El incremento de los actos delictivos genera terror, desconfianza, corrupción, aislamiento. Se destruye “lo social” hasta la médula. Toda capacidad de respuesta, de exigencia, es suprimida de antemano.
La violencia ahoga la comunicación y diálogo de la sociedad, infunde miedo y aniquila todo pensamiento con prospectiva de futuro. Toca y lastima a todos los sectores sociales, incluidas las elites, que se vuelven vulnerables ante el poder estatal. Secundan la estrategia los medios, que por lo general se encuentran cercanos al poder público. Suplantan oficiosamente la realidad, ocultan, maquillan datos, recrean versiones, linchan mediáticamente a los opositores, los convierten en victimarios, sacralizan al poder público.
Es evidente: hace falta continuar el cumplimiento de la agenda democrática en sus áreas deficitarias, una de ellas es la exigencia de mayor control -incluso con sanciones punitivas realmente severas- del manejo de recursos públicos en los procesos electorales.
Las últimas elecciones anuncian que el 2018 no será terso. Para buena fortuna de la sociedad, son dos tercios los que ya no confluyen en el tricolor, lo cual aumenta la posibilidad del voto útil. Además, de algo servirá, los ojos del mundo no se encontraran ausentes para el próximo año.
gnares301@hotmail.com