Melquiades Morales se va como Embajador de México a Costa Rica. Y este fin de semana fue objeto de dos actos para despedirlo. Pero más que eso, fueron convocatorias para reconocer sus méritos.
Él personifica un liderazgo singular en México. Desde luego, no pertenece a los tecnócratas que tanto han dañado al país. Tampoco a los viejos y mañosos caciques inútiles y contumaces.
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Alguien cierta ocasión lo comparó con un árbol. La metáfora aludía a sus raíces, profundamente arraigadas a la tierra, y generoso para brindar sombra a quien se acercaba a su follaje. Pero además, parte del paisaje mexicano, sin pretensiones extranjerizantes ni poses de artificio.
La dignidad como estética.
Su imagen resulta mejor valorada, si se coteja su estilo con quienes le sucedieron en la gubernatura. El contraste es enorme, un abismo.
Su estilo de concebir el poder es acentuadamente social. En las entrañas de la gente. De todos, pero de modo especial de las personas más desprotegidas, de donde él emergió. Pero para comportarse así no tuvo que ponerse el traje de la madre Teresa de Calcuta, mucho menos recurrir a un lenguaje enredoso y falsamente culto.
Tampoco polarizó a los sectores. La atención a unos no implicó la discriminación a otros.
Nunca lo vi enjuagarse las manos, y menos con alcohol y secarse con toallas importadas luego de saludar a la gente. Saludaba cada día a cientos, a veces miles de personas. No era pose, era un estilo de honda raigambre pueblerina que practicó siempre. No cargaba niños para la foto, acaso era una forma de retornar a su modestísima infancia en Santa Catarina.
Entendió perfectamente su función, por una razón: así la imaginó en su niñez sananadreseña, así la soñó e idealizó, así la forjó. Venía de muy abajo y al subir no se mareó. No vio el poder como un privilegio o la captura de un botín.
Estos y muchos contrastes de lo que hemos visto después.
Decía recientemente, a propósito de los saludos: “La gente, cuando da la mano, tiene una sensibilidad tan especial, que de inmediato a través de la mano siente cuando un político le habla con verdad; de inmediato se da cuenta cuando alguien le miente o le habla con verdad…”
Y él, en su peculiarísimo estilo, le agregaba un lujo por encima del montón de políticos, o de políticos del montón, que son la mayoría:¡saludaba a la gente por su nombre..! ¡Su maravillosa memoria le daba música a los oídos de los ciudadanos, cuando a los alcaldes, ejidatarios, líderes regionales, presidentes auxiliares, sacerdotes, profesores, dirigentes campesinos, empresarios o funcionarios, saludaba por su nombre…!
Vi muchos, muchos casos, de cómo la gente se quedaba impresionada por el sólo saludo de mano de Melquiades. Y todavía, a veces, agregaba una pregunta al saludado: “Oye, ¿cómo está tu papá, fulano?; ¿ tú eres sobrino de zutano, verdad?, ya no he visto a tu tío mengano..!”
Parecerá un asunto trivial en el quehacer de un gobernante. No lo es en su caso. En lo micro y en lo macro ponía sustancia, cuidaba celosamente el fondo y la forma, la vieja conseja reyesheroleana.
Más allá de los saludos (importantísimos en la relación humana, si son auténticos y no las baraturas de lo que hemos visto después), procuró con hechos atender los anhelos de la gente. Y la prueba de ello, la gran prueba de ello es el juicio de los poblanos al concluir el cargo.
La prueba del ácido del ex gobernante, la enorme prueba, es salir a la calle, caminar y dar la cara a los que gobernó. Caminar sin guaruras, sin la runfla de lisonjeros o serviles que le “crean” escenarios artificiales. Hacer vida ciudadana común, ir a bolearse el calzado, comprar el periódico en la esquina, ir a un supermercado o al cine o a tomar un café, asistir a un espectáculo con Juan Pueblo, y en todo esto, saludar a la gente con toda la sencillez del mundo.
Son escasísimos los ex gobernantes en el país y en Puebla que pueden o pudieron hacer esto. En nuestro estado, se pueden contar con los dedos de un manco: Toxqui, Jiménez Morales y Melquiades. Y se agotó la cuenta.
En su despacho o en las giras recibía a todo mundo, contestaba cartas, daba seguimiento a asuntos expuestos, supervisaba el cumplimiento de sus instrucciones, asistía a actos sociales, respondía cientos de telefonemas cada día… la gente era una extensión de su familia. ¡¡Y eso se lo hacía sentir a los gobernados..!! Y no eran formas protocolarias, así ha sido siempre.
Por todo esto, abundan las anécdotas de su estilo de ser como gobernante en su larga carrera.
Esto explica, en gran medida, el homenaje-despedida que le ofreció el alcalde Luis Bank, y el Grupo Plural, que encabeza Jaime Alcántara.
Bank, con sensibilidad y muestra de gratitud, sentó a la mesa en torno a Melquiades a casi un centenar de excolaboradores del homenajeado, que le dieron especial calidez al acto.
Melquiades es el Embajador ante Costa Rica, un nombramiento acertado y justo.