“La primera tarea de la educación es agitar la vida, pero dejarla libre para que se desarrolle”.
Maria Montessori (1870-1952)
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Agitar la vida, remover lo vivo para liberarlo de las ataduras de la rutina, romper el falso equilibrio de la monotonía que es más bien el camino hacia la degeneración y la muerte. Esta es la primera tarea de la educación según la gran pedagoga italiana que nos dejó un legado en su modelo educativo sustentado en la confianza plena en el niño y en esa vida que fluye en él y que es necesario agitar y liberar para que se desarrolle.
Dice el gran pensador francés Edgar Morin (1921- ) que el ser humano es el único que no vive para sobrevivir sino que busca sobrevivir para vivir, que desea vivir para vivir, es decir, para dar un sentido a su existencia, un cauce creativo, abierto y flexible que convierta cada día en una aventura irrepetible, desafiante, una experiencia que nos haga crecer.
Vivir para vivir implica disfrutar de la vida –la belleza, el juego, el amor, la amistad, la fraternidad-, dar vida a otros –no sólo de manera biológica, sino intelectual, afectiva, espiritual-, ayudar a vivir a los demás. Esta es la dimensión poética de la existencia según el padre del pensamiento complejo, la dimensión en la que vivimos en verso y no solamente en prosa.
Todos nacemos con el deseo de vivir para vivir, traemos en nuestra estructura como seres humanos la semilla de esta dimensión poética y anhelamos la vida en verso porque somos buscadores de verdad, de valor, de belleza, de amor, de trascendencia.
Pero para que este anhelo se pueda hacer progresivamente realidad se necesita construir un ambiente, un entorno en el que haya condiciones, un caldo de cultivo que posibilite la vivencia de estas búsquedas fundamentales para que todo ser humano se desarrolle real y plenamente como humano.
Sin embargo el mundo y especialmente nuestro mundo actual no parece estar ocupado en generar estas condiciones sino frenéticamente obsesionado con la dimensión prosaica de la vida, con la búsqueda de la supervivencia: el trabajo, el ingreso, el consumo, la competitividad, la productividad, el éxito, la fama y muchos otros factores relacionados con la vida en prosa, con le necesidad básica de vivir para sobrevivir que se va apoderando de todas nuestras horas y ocupando todos nuestros pensamientos.
¿Puede un niño o adolescente dejar fluir su deseo de vivir para vivir, desarrollar su búsqueda de verdad, de valor, de amor, de fraternidad, de belleza, de trascendencia en un contexto de pobreza y exclusión en el que la preocupación urgente es la subsistencia diaria?
Mientras no tengamos una sociedad sustentada en ciertos mínimos de justicia que permitan a todos buscar sus proyectos personales y comunitarios de felicidad, no habrá realmente condiciones para que se despliegue el deseo de vivir para vivir que se aloja en cada uno de los seres humanos.
Pero además de estas condiciones estructurales del contexto macro social en el que vivimos, esta obsesión por la dimensión prosaica de la vida, por la supervivencia, el consumo y la carrera por tener cada vez más satisfactores materiales, tenemos un contexto educativo –familiar y escolar- en el que se ha inoculado lo prosaico al grado de tener a la dimensión poética de la existencia casi completamente excluida y bloqueada en la cotidianidad de la casa y la escuela.
La rutina de la casa y de la escuela consume todas nuestras energías. Los padres de familia vivimos para buscar el sustento y llenarnos de ruidos externos que nos ayuden a sobrellevar las enormes presiones económicas con lo que dedicamos muy poco tiempo y ponemos muy poca atención en buscar actividades y espacios de cultivo de la dimensión poética de la vida familiar. No agitamos la vida, la vamos sobrellevando. No liberamos lo vivo que está queriendo surgir desde lo profundo de nuestros hijos, más bien lo contenemos, le ponemos barreras.
La escuela está también inmersa en la rutina. Las exigencias burocráticas –planeaciones, evaluaciones, reportes, concursos, oficios, informes- van comiendo los días que conforman cada ciclo escolar y no queda tiempo ni energía, pero sobre todo, no existen el ánimo ni la creatividad necesarias para diseñar los ambientes, las experiencias, los dispositivos pedagógicos que susciten el desarrollo de los educandos, la vivencia de su ser buscadores de verdad, de valor, de belleza, de amor, de trascendencia. No, en la escuela no agitamos la vida; más bien la anestesiamos, la congelamos, la vamos convirtiendo en una tediosa sucesión de horas y días iguales.
De ahí que haya tan pocos niños que se levanten todos los días contentos y animados por ir a la escuela. De ahí que tengamos tantos “zombies” –alumnos y profesores- deambulando por las aulas y los patios escolares.
Si queremos de verdad transformar a nuestra sociedad mexicana, si nos preocupa realmente la construcción de una sociedad más pacífica, próspera, justa y feliz, los que tenemos el compromiso de educar debemos buscar por todos los medios las formas más eficaces de agitar la vida, de liberarla de la monotonía familiar y escolar para que se desarrolle.