A veces las cosas salen bien sin planearse. ¿Providencia, azar, suerte, destino? Metafísico andáis, le dice Babieca a Rocinante en los sonetos del inicio del Quijote, y desde luego, no andamos metafísicos por el hambre, aunque ese día, a esa hora, ya hacía hambre. Fue el viernes, el último día del congreso internacional. Juan Arana, uno de los expositores, también estaba estudiando a Octavio Paz. Los ojitos me brillaron y, gracias a un amigo –Jorge Navarro-, pude ingresar a la comida de los congresistas.
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La suerte quiso que, ahí en la mesa, coincidiéramos Arana, don Manuel Díaz Cid, Enrique, un antiguo colega de la Panamericana, Juan Escutia, un nieto de don Manuel y yo. El tema fue girando en torno a Octavio Paz. La polémica, el encono que suscitó por parte de la izquierda y los izquierdosos, o el fervor casi religioso por sus amigos y simpatizantes. Me han dicho, profesor Arana, suelto casi de inmediato, que está usted estudiando a Octavio Paz. Ah, sí, bueno, tiene algún tiempo que lo hice.
Y nos lleva por los terrenos donde ha incursionado, en especial sus obras ensayísticas. He llegado a la consideración de que Octavio Paz ha corrido todo el siglo XX, lo ha vivido en lo que ha sido éste. Y cita la revolución mexicana, la guerra civil española, la Francia de la posguerra y las influencias intelectuales del momento, los movimientos del 68, la inmersión en la India y en las visiones orientales, y su retorno a México para finales del siglo. Me parece, comenta el profesor de la Universidad de Sevilla, que recoge todo el siglo; pero no se ha hecho una biografía con esa perspectiva ni con totalidad, no la he visto, sigue comentando.
Don Manuel comenta, entonces, que en algunas universidades públicas, al proponerse un monumento a Octavio Paz, inmediatamente surgen grupos opositores que señalan esto, aquello y lo de más allá para formular todo tipo de objeciones (y entre paréntesis, en ese momento recuerdo el monumento a Carl Marx en CU de la BUAP, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales; y su frase hartamente citada: “Hasta este momento los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”). Resultado, cuando menos en la universidad pública de Puebla, nada de monumentos a Octavio Paz.
En realidad pienso, me atrevo a decir en la mesa, que lo más hondo, relevante y profundo de Paz es su poesía; ahí se condensa todo su planteamiento, su visión antropológica, filosófica, histórica, política, cultural y artística. En sus poemas, y eso es lo que estoy buscando y reuniendo, se formulan sus imágenes antropológicas, su noción de otredad y su búsqueda de la otra orilla. La llama doble, comenta Arana. Y lo que le llama la atención del poeta es que, aunque su experiencia en Oriente haya sido profunda y calada, no se haya vuelto panteísta; esa visión de la llama doble le previno de una disolución del yo; por el contrario, su afirmación le permitió esa apertura al tú, incluso un Tú con mayúscula.
Claro, yo sólo tomo nota. Y evoco algunos poemas como “Piedra de sol”, “Blanco”, “El mono gramático” y “Pasado en claro”. Recuerdo entonces, o trato de recordar, esa noción del “estar tercero”, una suerte distinta, diversa y sintetizante entre el ser y la nada, entre la vida y la muerte, o entre el silencio y la palabra. Me quedo reflexionando sobre si eso, que desde luego no es un panteísmo explícito, no se queda en una suerte de deriva existencial que disuelve y se disuelve como en algunos pasajes de “Blanco” o del “Mono gramático”.
Tendré que repasar y reconsiderarlo. Por lo pronto es verdad que esa llama doble emerge con nitidez. Ahí brota el verso 343 de “Piedra de sol”: “el mundo nace cuando dos se besan”. Y si dos se besan, continúa más adelante, en los versos del 373 al 378: “el mundo cambia, encarnan los deseos,/el pensamiento encarna, brotan alas/ en las espaldas del esclavo, el mundo/ es real y tangible, el vino es vino,/ el pan vuelve a saber, el agua es agua,/ amar es combatir, es abrir puertas”.
“Blanco” mismo, en su parte final proyecta esa llama doble: “Tu cuerpo/ derramado en mi cuerpo/ visto / desvanecido/ da realidad a la mirada”.
La comida sigue, la charla pasa a las clases, a los alumnos, a las generaciones de ahora, a las que, dice Arana, les cuesta leer un libro del inicio al fin. Y bromea (¿bromea?): Un alumno de filosofía me preguntó alguna vez si era suficiente una presentación en power point para acreditar el curso. Los numerosos grupos. En fin, las problemáticas del ejercicio. Y sobre todo, la necesidad de la filosofía. No de la filosofía académica, se apura a aclarar, sino de una filosofía dialogante, cotidiana, que sea capaz de despertar en la sociedad, en los espacios vitales, las preguntas de siempre, las preguntas fundamentales.
El tiempo de la comida se agota. Pasamos a la conferencia final y a los discursos de clausura. En su momento, don Manuel comenta que desde hace veinte años un grupo de amigos “nos reunimos en el comedor de la casa de ustedes”, y ahí brotó la idea, la inquietud y la iniciativa de organizar este tipo de encuentros cuya premisa sea el diálogo, el encuentro y la apertura. Brota la emoción, el agradecimiento y, entonces, pasamos al brindis. Momentos de charla abierta, hemos llegado al final de la jornada y un buen vino cierra con broche de oro. La UPAEP ha sido escenario de este congreso internacional sobre educación, ciencia y religión, un diálogo que no es tan pujante pero que brota por aquí y por allá, que cobra forma. Y en ese contexto, el tema de Octavio Paz, tan marginal, tan momentáneo, desde luego, no hace falta un monumento, el mejor homenaje para un autor es que su obra sea leída. Y eso es lo que ha pasado. Mi admiración crece porque no pensaba, no imaginaba yo que un renombrado filósofo –como Juan Arana- que se ha dedicado toda su vida a temas de la relación entre filosofía y ciencia, o entre mente y cuerpo, abra un espacio para dedicarse a leer a Octavio Paz, desde el otro lado del Atlántico.
Profesor Arana, muchas gracias por la charla, le agradezco. Y él me contesta: Mil gracias por este grato recuerdo. Le había enviado la foto del recuerdo, de nuestro encuentro en la comida del congreso con don Manuel Díaz.