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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El último bailable

Baile folclórico. Inseparables compañeras. Viajes, música, escenario, artista, ¿y sus compañeras?

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Jueves, Febrero 9, 2017

Al sonar la última nota, los hombres levantan sus sombreros, mientras las chicas despliegan grácilmente sus faldas coloridas. Quedamos inmóviles con la cara levantada y la sonrisa que se alimenta de los aplausos, a pesar del aliento jadeante y las frentes perladas. La luz de los reflectores impide ver las caras de quienes nos vitorean desgañitándose, en reconocimiento de lo que, en esta ocasión, es el colofón de una carrera.

El pequeño lapso que dura el momento, es suficiente para dar marcha atrás a la memoria y recordar el inicio de esta aventura que hoy llegaba a su fin.

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En el grupo hubo muchas amigas, algunas que entusiastas entraron y al sentir el rigor de los ensayos y continuas correcciones del coreógrafo, perfeccionista por naturaleza, recularon en su afán de ser bailarinas de danza folklórica. Otras más renunciaron por algún tipo de impedimento, como la muchachita que cayó del escenario y se lastimó. Nunca volvió.

Nosotras éramos tres, nos conocimos en el centro de la ciudad de México. Al ver que nos dedicábamos a lo mismo hubo una inexplicable y tácita aceptación, como el amor a primera vista. De inmediato hicimos el terceto que se entiende sin palabras y tan coordinadas que parecía como si cada una de nosotras fuéramos extensión de la otra. Desde entonces somos inseparables, perfectamente conjuntadas para ejecutar cualquier paso que se nos solicitara, un son, una polka o una jarana. Donde quiera que iba una, las tres estaban. Los teatros eran nuestra casa y el escenario, nuestro hogar. Tac, tac, uno, dos, tac, tac, tres, cuatro, golpe de tacón o un repetido zapateado.

Juntas tuvimos muchas vivencias. Varias veces el destino nos mostró su doble rostro, aquel de la amable sonrisa y el del ceño fruncido. Una noche de lluvia, al bajar del avión, involuntariamente nos alejamos, fueron horas de desconcierto en un lugar extraño, desconocido, de una lengua diferente, pero finalmente nos reencontramos para dar una prueba del entusiasmo de nuestro pueblo reflejado en el baile. Los asistentes, gratamente contagiados de la alegría del Querreque y la Bamba, transformaron una amarga experiencia a un momento verdaderamente inolvidable. En otra ocasión, la más cruel,  sin la más absoluta discreción o delicadeza, a una de nosotras le propusieron separarse y conseguirle nuevas compañeras. Yo no lo creía, era impensable que después de tantas vivencias, penurias, satisfacciones, esperas y viajes que cansan más que los mismos escenarios, termináramos escribiendo historias distintas. Ella no lo aceptó y continuamos siendo un mismo equipo.

La ovación no cesa, con la respiración más tranquila nos movemos para agradecer con una flexión la gentileza de las palmas y las voces. Entre el público se escucha un rumor que poco a poco se generaliza y se vuelve una sola voz que nos hace vibrar de emoción.“Otra, otra”, pide el publico al unísono y repentinamente, con un estruendo, el sonido de las trompetas y violines anuncian el “Jarabe Tapatío”  y el cásico grito del mariachi hace que al instante comencemos a movernos a merced de las notas y los acordes.

¡Qué más da! ¡Venga la música! ¡A golpetear el entablado! Este es el último bailable, y será el mejor ejecutado el más bonito, el más vistoso, el más emotivo. Después de esta noche, la bailarina y nosotras, sus inseparables zapatillas, nos iremos a descansar para siempre.

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