“Dictar leyes orientadas a la felicidad se hace más bien para conservar y asegurar el estado de derecho y procurar que exista la comunidad, sobre todo frente a enemigos exteriores del pueblo”.
Immanuel Kant.
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El día de hoy se conmemoran cien años de la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que, con múltiples modificaciones y adiciones pero conservando su estructura y espíritu original, sigue vigente como base fundamental que regula la organización de la convivencia entre los ciudadanos de este país.
En medio de la mayor crisis política y social que hayamos vivido en décadas, esta celebración que debería haberse resaltado en las esferas de los tres poderes de la unión, en los medios de comunicación y entre nuestros comentócratas ha sido muy poco difundida y valorada.
Muchas son las razones para esta aparente indiferencia sobre el centenario de nuestra Carta magna: el debilitamiento que parece ir en caída libre del gobierno federal del presidente Peña, la cada vez más amenazante gestión de Donald Trump como líder de nuestro poderoso vecino del norte, la desmoralización social generalizada que tiene a la sociedad paralizada y actuando desde lo que Adela Cortina llama racionalidad perezosa y todos los elementos –corrupción generalizada, impunidad rampante, poder incontenible de la delincuencia organizada- que configuran el escenario en el que se sigue hablando de un Estado fallido o al menos en un Estado gravemente amenazado.
Sin embargo creo que además de estas razones existe en nuestra patria una razón histórica y cultural que define en gran medida nuestro ser subdesarrollados. Se trata del desprecio o dicho de una manera más positiva y políticamente correcta de la poca valoración que los ciudadanos mexicanos tenemos hacia las instituciones y hacia el estado de derecho.
Alguna vez leí en un artículo de Javier Cercas que una señal fundamental para identificar a una sociedad desarrollada es que en ella se respeta a las instituciones y se critica a las personas que las gestionan mientras que en las sociedades poco civilizadas se cuestiona y descalifica a las instituciones pero se ensalza y se rinde culto a las personas que están a cargo de ellas.
Esta es, desafortunadamente. la cultura que sigue prevaleciendo en nuestro país. Los resabios de aquel viejo sistema corporativista creado por el partido oficial después de la Revolución Mexicana siguen haciendo que los ciudadanos de este país descalifiquen continuamente y sin miramientos a las instituciones –los tres poderes, los organismos autónomos del Estado como el INE, el INEE, el IFAI, etc.- mientras se rinde culto o al menos se manifiesta una mezcla de respeto y miedo hacia las personas que tienen algún grado de poder.
En estos momentos tan complicados para el país, en los que se manifiestan muchas amenazas de enemigos externos –específicamente del presidente de los Estados Unidos, su equipo de gobierno y seguidores- existe una muy relevante área de oportunidad para emprender toda una estrategia de formación ciudadana que transforme esta cultura y nos lleve progresivamente a una visión en la que se respete a las instituciones aunque se critique y exija una rendición de cuentas efectiva de todas las personas que ocupen cargos dentro de ellas.
La formación ciudadana de las nuevas generaciones de mexicanos debería desarrollar en los educandos la convicción de que las leyes se construyen para procurar que exista la comunidad y por ello deben respetarse y cuando no procuran la felicidad, la justicia y la convivencia pacífica de todos, tienen que cambiarse a través de métodos democráticos pero nunca despreciarse ni promover su violación con los falsos pretextos de que no están bien construidas o de que si los demás no las cumplen, nosotros tenemos derecho a actuar de la misma forma.
El premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa señala como uno de los grandes riesgos políticos y sociales de los países latinoamericanos el debilitamiento del estado de derecho. La formación ciudadana debería impulsarse precisamente para combatir este debilitamiento y desarrollar una conciencia cívica de carácter hondamente democrático que lleve a los ciudadanos a trabajar para consolidar a las instituciones que garanticen la progresiva construcción de comunidad.
Como afirma Teresa Gonzalez Luna en su libro: Democracia y formación ciudadana que puede consultarse en esta liga:
http://www.ses.unam.mx/curso2015/pdf/2oct-GonzalezLuna.pdf
“Desde la convicción de que la formación de los ciudadanos capaces de asumir un papel activo en la sociedad acompaña necesariamente las transformaciones democráticas, el desempeño de las instituciones y la renovación de la cultura política de las sociedades, es posible imaginar y pensar en la capacidad transformadora de la educación y sus potencialidades democratizadoras para el país”.
Ojalá los educadores seamos capaces de valorar y asumir este reto transformador para que logremos construir, desde el potencial transformador de nuestra tarea una cultura política sólida que valore las instituciones y construya un auténtico estado de derecho.
Feliz conmemoración del centenario de nuestra Constitución.