Los momentos que vive el país son una crisis y, como toda crisis, mucho positivo habrá de dejar. Pero, a la par del orgullo nacionalista que brota a flor de piel, es importante no perder la conciencia ni la brújula. Todo, con visión integral.
Es decir, veamos dónde estábamos antes de Trump en la escena.
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Tengamos claro que la compleja problemática ya estaba aquí. Con muchas caras, responsables de ayer y hoy, y con remedo de soluciones.
El país ya hacía agua antes de Trump. Los diagnósticos, con sustento estadístico y juicios imparciales, de cara a la historia y en el marco internacional, son demoledores.
La clase política multipartidista ha hundido a la nación. Y el brote cívico de reclamo y propuesta no ha sido de la hondura y consecuencias deseables. En parte por el conservadurismo innegable de la sociedad mexicana. Y otro tanto por el afán de sobrellevar las cosas para conservar los mínimos de bienestar.
Pero aparece el factor estadunidense y agudiza más aún la crisis. El gobierno se ha conducido con titubeos y un destello de acierto. Esto último no producto de la convicción ni la estrategia, ciertamente, sino como una insólita respuesta al clamor popular anti gringo. Y un recurso último de sobrevivencia.
Esa impensada reacción de Peña, por otra parte, lo salvó de perder el 12 por ciento de la aprobación que lo sostiene con alfileres.
En todo el comportamiento del gobierno se ha visto improvisación, no una estrategia global apelando a todos los factores que confluyen en el momento. Y en esta coyuntura, aparecen reacciones de algunos líderes y organizaciones fuera de la órbita gubernamental, con actitudes nacionalistas y anti Trump, incluso más lúcidas y avanzadas que las posturas gubernamentales.
Esas voces, posiciones y demandas, han rebasado el papel gubernamental.
Pero lo mejor de todo son dos elementos que es de gran importancia revalorar, poner en circulación ampliamente y convertirlos en herramienta.
Uno es el cúmulo de estudios que circulan en las redes, de jóvenes profesionales mexicanos que, con datos duros y ante públicos universitarios o de organismos civiles, exponen con verdad y dureza la debilidad, traición y mentira de los gobiernos mexicanos.
Las investigaciones, con profusión de cifras y cotejos, pruebas e informes del país y el extran jero, y expuestas con demoledora elocuencia por jóvenes académicos, ponen el dedo en la llaga. Exhiben la ineficacia, corrupción, componendas y complicidades por lo menos de 1979 a la fecha.
Con una riqueza documental a toda prueba, exponen que por lo menos en los últimos 37 años, hay evidencias irrefutables del desastre nacional con nombres y apellidos de los responsables, todos entrelazados en complejas redes de pillaje y contubernio.
Ahí figuran funcionarios y empresarios, socios locales y extranjeros, sindicatos y partidos, beneficiarios todos del desastre nacional. Todo lo que hay detrás de la política petrolera, el cobro de impuestos y el manejo presupuestal.
Esto, todo este asqueroso escenario, ya estaba antes de la aberrante aparición de Trump en la escena.
Y el hecho de que esta información esté bajando y democratizándose ampliamente, es fruto de la crisis y sin duda enriquece notablemente el debate y será materia prima de la contienda presidencial próxima.
El otro elemento que aflora con el sesgo grave de la situación del país, es la aparición del ingenio mexicano en diferentes direcciones.
Desde inventores o creativos para hacer frente a los problemas derivados del gasolinazo, hasta quienes exaltan y proponen, por ahora con más pasión que opciones prácticas, fórmulas para revaluar al país y aprovecharlo de manera más racional.
Y en ambos flancos, se ven expresiones de la sociedad de modo espontaneo. No está la mano gubernamental. Lo cual resulta lógico, si el ciudadano común es la víctima, principio y fin de todo lo que está sucediendo.
Acaso esta espontanea búsqueda de salidas a la crisis, podría ser detonada ( y hasta apadrinada) de modo legítimo e inteligente por órganos gubernamentales, pero al menos dos factores impiden que así sea: el descrédito gubernamental que es un auténtico lastre que nadie decide remontar, y el temor o negligencia oficial para sacar la casta y estimular esos resortes nacionalistas que hoy brotan por doquier.
De este modo, la circunstancia que vive la nación obliga a tomar parte, de cualquier forma, en el frente contra la insolencia del merolico racista y fascista, pero sin descuidar el combate contra la mafia que somete al país en el ámbito interno.
Dos partes de una misma pinza.