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OPINIÓN

El remedio y la enfermedad

Simplismos patriotereos, el peor escenario. Cabeza fría y creativa contra la desmesura de Trump

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Enero 30, 2017

“El patriotismo es tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él”.

George Bernard Shaw.

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Si nos atenemos a esta definición, Donald Trump y el poco menos del cincuenta por ciento de ciudadanos estadounidenses que votaron por él son ejemplos claros de patriotismo. El flamante presidente de la nación (aún) más poderosa del orbe y sus seguidores están convencidos de que su país es superior a todos los demás simplemente porque ellos nacieron allí.

Este fue su lema de campaña: “Make America great again” (hacer nuevamente grande a los Estados Unidos), frase que ya desde su apropiación del nombre de todo el continente habla de la visión hegemónica sobre las demás naciones.

Sin duda no se trata de una nueva visión de los estadounidenses sino del retorno de la muy arraigada cultura chauvinista, etnocéntrica y excluyente que tiene una larga historia que pasa por la tristemente célebre “Doctrina Monroe” y la política guiada por la visión del “Destino manifiesto” que autoproclama a los Estados Unidos como guardianes de la libertad y la democracia en el mundo a partir de esta idea de patriotismo como superioridad del propio país respecto de todos los demás.

Desde los primeros días de gestión presidencial, las acciones, declaraciones y tuits del nuevo presidente estadounidense han estado marcadas por esta perspectiva de superioridad y dominación y por la idea –no sustentada en hechos sino en simples percepciones- de que la migración y el intercambio comercial con México y otros países del mundo han causado un enorme daño a la sociedad de ese país y que es necesario cerrar sus fronteras tanto a los migrantes mexicanos y latinoamericanos que son delincuentes por definición, como a los productos que se fabrican fuera de su territorio. Los ciudadanos de países árabes están por supuesto también catalogados como peligrosos y etiquetados como terroristas sin ninguna distinción.

De manera que las acciones del nuevo habitante de la Casa Blanca se basan en la construcción de muros físicos y policíacos para evitar el flujo de personas y de bardas arancelarias a todas las empresas que se atrevan a fabricar productos en otras naciones. La cerrazón se extiende también a los medios de comunicación puesto que una perspectiva fascista y racista como la de Trump es por definición intolerante a la crítica. De manera que los medios de comunicación que se atrevan a disentir van a ser también excluidos de la posibilidad de hacer preguntas y obtener información del nuevo gobierno.

Este regreso al pasado manifiesta en una política de descalificación, insulto y exclusión de todos los no estadounidenses ha generado en México –el principal blanco de las amenazas y discriminaciones trumpianas- una enorme y justificada indignación que desafortunadamente no ha sido encausada por nuestro gobierno que como siempre se ha mostrado lento y corto en sus respuestas y carente de una estrategia sólida para enfrentar la amenaza.

Ante el vacío de liderazgo gubernamental –patente en el 12% de aceptación del presidente- los medios de comunicación, los intelectuales y opinólogos y algunos empresarios y líderes de la Iglesia Católica han intentado tomar la iniciativa y generar la unidad de la sociedad mexicana frente a la amenaza de Trump sin lograr tampoco articular una estrategia concreta, un plan de acción conjunta que parezca eficaz y viable para neutralizar los efectos negativos de las medidas que empieza a instrumentar el gobierno del vecino del norte.

Lo que me parece preocupante de todas estas manifestaciones de la comentocracia, de los líderes sociales y de la corriente mayoritaria de ciudadanos que se manifiesta en las redes sociales es que parece que se está queriendo responder al patriotismo estadounidense con las mismas dosis de patriotismo mexicano o mexicanista: en vez de encontrar el remedio, parece que nos estamos contagiando de la enfermedad.

A manera de ejemplo baste apuntar lo que hemos escuchado en los últimos días en declaraciones de algunos intelectuales y líderes políticos proponiendo que ante la amenaza de Trump la solución es volver al nacionalismo revolucionario de la época de Lázaro Cárdenas –retomando el gran símbolo de la expropiación petrolera como ejemplo de dignidad nacional- o las manifestaciones de odio hacia “los gringos” que también tienen una larga historia en nuestro país y parecen estar renaciendo hoy. Se trata de una especie de propuesta de responder a la cerrazón con cerrazón.

En el terreno de lo económico hemos sido testigos de la viralidad con que se comparten memes y posts donde se propone como la solución a este problema complejo la simplista idea de dejar de comprar en empresas gringas y boicotear todo lo que tenga que ver con ese país. Paradójicamente esta propuesta se hace desde teléfonos inteligentes importados y usando redes sociales creadas y operadas por multimillonarias empresas estadunidenses.

Además de la ignorancia sobre los flujos globales y las cadenas de valor mediante las que funciona la economía actual –ignorancia compartida con Trump que actúa bajo la misma visión simplista-, me parece muy peligroso que se extienda la idea de que la exclusión se soluciona con exclusión, la cerrazón de los otros se arregla con la cerrazón propia y el (pseudo) patriotismo estadounidense se combate con (pseudo) patriotismo mexicano.

Nos encontramos en un mundo globalizado que por más añoranza que tengamos del pasado no puede revertir sus procesos de interconexión e interdependencia. Si bien es cierto que lo predominante de este proceso globalizador ha sido la dimensión económica y de mercado y consumo, también es verdad que este camino hacia la aldea global nos ha mostrado con claridad que somos, como afirma Edgar Morin, individuo-sociedad-especie y que no es una nación sino la humanidad, la comunidad de destino planetario.

Ojalá seamos capaces de pensar de manera creativa, profunda y compleja para generar colectivamente las estrategias que nos lleven a responder de manera pertinente y abierta al mundo de hoy a las amenazas que plantea el (pseudo) patriotismo de Trump.

Porque si seguimos en este camino de revivir nuestro propio (pseudo) patriotismo puede resultarnos más caro el remedio que la enfermedad.

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