Fue casualidad: salí temprano a caminar a la calle con una cachorrita que recién adopté, cuando los vi. Ni autos ni personas circulaban a esa hora, éramos los únicos. Llamaron mi atención: un par de hombres mayores de edad, cada uno con una escoba, uno con el costal y el otro con el recogedor. Nos cruzamos: Ellos venían y yo iba, y de entrada sólo les di los buenos días y respondieron con amabilidad concentrados en su labor. Donde termina la calle di media vuelta para regresarme y me volví a topar con ellos, ahora, en el mismo sentido.
Antes, los miré de frente, ahora me tocaba mirarlos desde atrás: Observé cómo iban barriendo, uno a uno, el frente de la calle de casas seleccionadas; lo hacían con detalle y parsimonia, hasta con afecto. El más delgado y ágil, portaba el costal y ordenaba; le decía al otro, más fornido y de más edad, dónde barrer, y se aplicaban juntos. Imaginé un par de chamacos buscando ranas bajo las piedras después de la lluvia y, el que con sorpresa y asombro las encontrara, las tomaba con apego y las guardaba con cuidado en el costal como el tesoro más preciado.
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El delgado abría el costal para que el otro echara la basura y hojas secas, como si de vida se tratara, con el recogedor. Era fascinante ver con qué detalle y delicadeza barrían y levantaban la basura para que la calle quedara impecable. Se notaba por dónde habían pasado y lo que quedaba por barrer.
--¿Son ustedes los que barren el callejón?, inquirí.
--Si ‘señorita’. Somos nosotros. Diario, diario, diario, salimos muy temprano llueve, truene o relampaguee. Cada casa nos paga por semana. Hay quienes sólo quieren 3 días y hay quien quiero diario y el precio varía. Entonces nosotros barremos y en la tarde cuando se cumple la semana, pasamos a cobrar.
--¡Con razón siempre se está tan limpio!
--Sí, es nuestro trabajo.
--¡Que tengan ustedes un muy buen día!- les dije con alegría y seguí mi camino.
En el trayecto de regreso a casa no pude dejar de voltear a mirarlos una y otra y otra y otra y otra vez. En cada mirada quise impregnarme más y más y más y más y más de la escena, de no distraerse por motivo alguno; del cariño con que hacen su trabajo, con orgullo de tenerlo y la dignidad que trasluce. De hacerlo como ellos lo hacen y expresarlo como ellos lo expresan. “Que no se me olvide”, me dije y repetí como en una plegaria.
En el marco de la inminente repatriación de nuestra gente, esta escena… me dobló.
alefonse@hotmail.com