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OPINIÓN

DONALD TRUMP: EL REGRESO A LA NACIÓN

Trump, fanfarrón para unos, cambiará positivamente para otros. Del mundo unipolar al multipolar.

Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP. Autor de diversos libros. Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

Lunes, Enero 23, 2017

Para diversos sectores de la opinión pública internacional, el presidente de Estados Unidos representa la imagen de un fanfarrón que inexplicablemente ha llegado al poder de una de las naciones más poderosas del orbe.

Con menos pesimismo, algunos otros esperanzadoramente alimentan el posible cambio de la figura del demagogo a la del estadista responsable para continuar por el camino del libre mercado, benéfico para todo mundo.

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Para todos ellos, incluida nuestra clase política, es incomprensible el gritoneo retórico proclamando el giro popular nacional de un personaje racista y misógino.

En realidad no entienden: no es una nueva moda derivada de los no menos demagógicos estudios de opinión y propagandísticos de una campaña presidencial exitosa. Tampoco es el voluntarismo de un personaje carismático que tomó la bandera de los pobres de Estados Unidos en su vertiginosa carrera electoral.

Las explicaciones son más profundas, deambulan en la historia de la sociedad norteamericana, en significativos eventos políticos mundiales y en la desafortunada hegemonía que la ideología neoliberal impuso en sus centros de producción de conocimiento en las principales universidades norteamericanas.

En su discurso de toma de protesta, el denominado “populista de derecha”, como si  fuera el jefe de gobierno radical de alguna nación del sur del continente, aseveró el cambio de etapa: transferir el poder de Washington  al pueblo.

La actual figura presidencial aparece  como síntoma de la debacle de un modelo de desarrollo del capitalismo que en muchos países -Estados Unidos es uno de ellos- doblegó las estructuras estatales e impuso su interesada agenda económica a toda la sociedad, bajo argumentos derivados de valores políticos modernos.

El avance del dominio neoliberal fue asociado a mensajes discursivos de corte universalista, “mundo libre”, “valores democráticos”, “libertad de prensa”, “libertad de tránsito”, “derechos humanos”, cuya intencionalidad no fue ampliar derechos políticos y sociales, sino reducir la esfera estatal y para debilitar controles de calidad en el mercado, derechos de  los trabajadores, daño al medio ambiente, protección de los derechos del consumidor. En suma, convertir todos los derechos sociales en mercancía para privilegiados, transfiriendo los recursos destinados a educación, vivienda, salud, a la esfera del mercado.  De paso se afianzó en el imaginario social, la percepción de que la apertura de mercados sobrepasaría la noción e historia de las fronteras nacionales, las cuales estarían destinadas a convertirse en entelequias jurídicas y tarde o temprano desaparecerían para dar paso a una hipotética condición de ciudadanos universales.

El programa neoliberal acabó comiéndose a sus gestores. La figura de Donald Trump aparece en escena por ser este un momento crítico para Estados Unidos.

Los antecedentes históricos son muy conocidos. El ex presidente Obama fue el último esfuerzo para afirmar el poder imperial norteamericano.

Después de la caída del muro de Berlín, ante los ojos del mundo emergió la unipolaridad del capitalismo, con todo y orden político encarnando valores de las democracias liberales.

 El mundo libre había triunfado sobre el bloque de países socialistas desechos en su economía y en la restricción de las libertades públicas. Se proclamó el fin de las ideologías y el advenimiento de un mundo orientado por la geopolítica del capital.

Parecía que Estados Unidos se consolidaba como un gran imperio. No fue así: los bloques económicos impusieron una nueva distribución. Atrás quedó el ideal del gran mercado donde todos tendrían cabida. Al contrario, el desarrollo del capitalismo en casi todo el mundo generó la emergencia de civilizaciones distintas e independientes a occidente. En 30 años, países no occidentales se transformaron en grandes actores económicos, políticos, militares, tecnológicos. La unipolaridad quedó desnuda por los ejercicios con bombas nucleares que han hecho estallar países medianos, que no pintaban gran cosa después de la debacle del socialismo: Irán, Corea del Norte, India.

El mundo se volvió multipolar. Se afirmaron nuevas potencias económicas, militares, políticas. Incluso el bloque europeo se adaptó al nuevo escenario, sacando las mayores ventajas en la nueva fase de expansión del capitalismo, sin renunciar a sus condiciones originarias nacionales.

Los países de oriente y del medio oriente, nunca renunciaron a sus horizontes nacionales. Abrieron sus fronteras al libre mercado sin dejar en el diván su conciencia nacional, su perspectiva de futuro como estados nacionales. No les fue tan mal, aprovecharon el mercado globalizado. Solo que a diferencia de lo que ocurre con Estados Unidos, fueron capaces de establecer negociaciones menos desequilibradas para sus contextos nacionales. Nunca abandonaron sus perspectivas contextuales.

A 30 años el saldo no fue nada favorable al imperio. El modelo arrojo a miles de estadounidenses a la calle. Los pobres empezaron a expandirse, de la periferia llegaron al centro. “Washington floreció, pero el pueblo no compartió su riqueza”. Hacia ellos va dirigido el gobierno de Donald Trump. Su discurso enfatiza una y otra vez, preocupación por sus patriotas pobres, que habitan, han habitado siempre en las entrañas de Estados Unidos, solo que ahora son muchísimo más en número y con el riesgo de poner en vilo el orden social estadounidense.

En la empresa, la reivindicación de la nación, juega un papel estratégico. Ha dado pasos hacia dicha dirección, el regreso de empresas automotrices hacia territorio estadounidense avizoran escenarios de recuperación de la economía de dicho país en claves nacionales, disminuyendo el dominio del capital financiero sobre las decisiones de gobierno.

La tendencia hacia el proteccionismo comercial se consolida como única perspectiva de un país en decadencia. Lo hizo la nación alemana en el periodo de la preguerra. Sin embargo, más allá de preguntarse si Donal Trump es la reencarnación de un nuevo tipo de fascismo, hay que interrogarnos si nuestras elites están a la altura de los desafíos que impone la vecindad.

La conclusión es que no solo no se encuentran a la altura de nuevos retos, incluso, ni siquiera comprenden que nos encontramos en el inicio de una etapa que pretende reconfigurar un estado-nación fuerte sobre su sociedad polarizada. Es inédito y seguirá siendo incomprensible si no atendemos como prioritaria la proyección de un nuevo modelo de desarrollo económico para México.  

Gnares301@hotmail.com

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