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Filosofías de la educación en Puebla | Fidencio Aguilar Víquez
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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Filosofías de la educación en Puebla

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Lunes, Diciembre 5, 2016

Puebla, se ha dicho –al menos yo lo he escuchado desde que comencé mi carrera docente universitaria en varias instituciones a finales de los ochenta e inicios de los noventa-, es un enclave de la educación universitaria, después de la Ciudad de México, el estado de México, Jalisco y, en aquellos años, Nuevo León. En esos años, había más de ciento cincuenta opciones de educación superior en Puebla. Hoy andamos más o menos en las trescientas en todo el estado. Es una barbaridad desde luego. Pero si afinamos el ojo, las cuatro o cinco universidades de relevancia –incluyendo la universidad pública-, muestran que hay tradición, vocación y horizonte universitarios. Puebla ha sido, es y seguirá siendo un lugar adecuado para hacer estudios superiores para el sur-sureste del país y de Centroamérica, sin duda.

No de ahora, desde luego, sino de una larga tradición histórica que va desde la fundación misma de la capital y el asentamiento de diversas órdenes religiosas que ofrecieron estudios superiores y que lograron una larga tradición universitaria (jesuitas, agustinos, dominicos, franciscanos, mercedarios y del clero secular lograron ese humus cultural de saber, de ciencia y de arte). Esa tradición no nos es ajena en la actualidad. La biblioteca palafoxiana reúne esa vena histórica que está presente ahí, en el corazón mismo de la capital, esperando que la gente culta aprenda latín y pueda leer o releer lo ahí escrito.

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No es tampoco ajena la tradición de lucha universitaria, de crítica intelectual y social, que concitó posturas ideológicas y políticas, que fueron evolucionando hasta volver las aguas a sus cauces, sobre todo desde mediados del siglo pasado hasta los setenta en que fueron consolidando diversos proyectos universitarios, proyectos que han sido más políticos y administrativos que filosóficos o antropológicos y, siquiera, de apertura de horizontes culturales. Lo que atrapó el interés de los dirigentes universitarios ha sido, más bien, el afán de acreditación y certificación de las diversidad de carreras y de estudios universitarios.

Sin negar la relevancia de lo anterior, mi interés es destacar la filosofía, el modo de ser, de tres tipos de universidades que querría yo ajustar a tres universidades de manera general y ver si, de acuerdo a esos modelos clásicos, los encontramos en algunos de sus rasgos generales (en dichas universidades). Esta lectura clásica la tomé hace muchos años a partir de la lectura de los escritos pedagógicos de Manuel García Morente, ideas que había tomado, discutido y compartido con José Ortega y Gasset y luego compartidas y transmitidas a José Gaos, que éste trajo a México y promovió.

He aquí esa visión clásica que yo ajustaré a la realidad poblana (soy consciente que puedo exagerar, pero también sé que en ese ejercicio es posible vislumbrar atisbos de modos de ser de esas universidades poblanas de las que hablaré en cuanto a sus rasgos fundamentales). Esos modelos clásicos eran así, más o menos:

En primer lugar, el tipo de universidad que representa o representaba las universidades en Alemania. También por larga tradición, decía García Morente, la universidad alemana era el tipo de universidad científica, ahí se estudia, se aprende y se aplica el saber en su connotación científica, sobre todo. Si alguien quería aprender ciencia debía acudir a Alemania, donde estaban este tipo de instituciones universitarias.

El segundo modelo de universidad era Inglaterra. La universidad inglesa, a diferencia de la alemana, colocaba su énfasis no en la ciencia sino en las humanidades; su interés, su propósito, sus pretensiones e ideales de formación era la de, antes que formar científicos u hombres de ciencia, hombres y mujeres en el sentido humano. Son las humanidades los criterios fundamentales bajo los cuales cualquier egresado de una universidad podía aplicar tanto en su vida como en su ejercicio profesional. Si alguien quería no adquirir el saber sino formarse a sí mismo, en su talla de ser humano, debía acudir a la universidad inglesa.

Y en tercer lugar se encontraba la universidad profesionalizante, lo que le interesaba a ésta era formar profesionales que se dedicaran a ejercer sus profesiones desde el conocimiento práctico, que atendieran necesidades sociales y las resolvieran de manera profesional, valga la redundancia. Ese tipo era, sobre todo, la universidad norteamericana. Si alguien se interesaba en ser profesional de alguna disciplina, debía acudir a la universidad norteamericana.

Más o menos esa era la nomenclatura y la distinción de los tipos clásicos de universidades y de estudios universitarios. La idea ahora es ver si en Puebla contamos con esos tipos de universidades. En principio yo me atrevería a decir que sí y que, a partir de esos modelos clásicos, se podrían ver en las universidades que mentaré algunos rasgos de esos modelos que pudieran concitar la reflexión y la autocrítica de estas instituciones para verificar si es así o si esos modelos clásicos de una o de otra manera han cambiado, si han transmutado en otras cosas (y ya tendrán que decirnos en cuáles cosas), o si se han mezclado de alguna manera para constituirse como modelos híbridos por necesidad de adaptación.

En principio, la universidad poblana científica, es decir, donde se genera, se produce y se aplica la ciencia, es la universidad pública, la BUAP, tanto por presupuesto (más de 5 mil 800 millones de pesos para este año 2016), como por infraestructura constituida y funcionando. La ciencia es, en ese sentido, una dinámica común a esta universidad, de manera que, podría decirse igualmente, si alguien quiere adquirir ciencia que vaya la Benemérita. Claro, no significa que no se hagan, por ejemplo, humanidades o estudios humanísticos, pero no es el rasgo esencial de esta universidad, en cambio, sí lo es el carácter científico que prevalece en grandes espacios de su vida cotidiana.

La universidad poblana humanística, a mi modo de ver, o cuando menos tiene elementos y humus para serlo, es la UPAEP. Su modo de ser, sus logros, sus alcances y sus horizontes apuntan hacia esta modalidad. Sus 43 años así lo han ido mostrando. El tipo de enseñanza, de aprendizaje, de investigaciones y publicaciones dan esa fisonomía. Es más, es explícita una filosofía de la educación como esa forma de tomar la cultura, reflexionarla, beberla y luego generarla y brindarla para la sociedad. Creo que ahí está su principal fortaleza, si bien ha incursionado en otros rubros como la aeronáutica y los estudios espaciales, no son éstos los que la definen ni le han dado fisonomía propia. En cambio, si la vemos con cuidado y atención, después de quitar todos los elementos accesorios, no quedan sino estos elementos de humanidades donde se muestra la impronta humanística, su idea del ser humano, de la sociedad, de la cultura y de la vocación específica de todo universitario: beber de las humanidades y de todo lo humano para realizar y servir a lo humano, a lo que hace humano y realiza la esencia humana en sus diversas manifestaciones. Me atrevería incluso a decir que, aun quitando esa pretensión de formar líderes que transformen la sociedad, queda casi incólume el carácter humanístico social, humanístico cultural, humanístico histórico.

 

Y la universidad profesionalizante, es decir, la que tiene como núcleo y esencia la profesionalización de los saberes y de los oficios en Puebla, para mí, es la UDLAP. Es, incluso, parecidísima a la universidad norteamericana. Hasta sus humanidades son profesionalizantes y vemos en ellas esta dinámica tan pragmática de ser “prácticas”, esto es, llevarlas ahí donde produzcan y den dinero, trabajo, y generen economía sustentable. Si alguien quiere ser profesional (de lo que sea, es decir, del oficio que sea), que vaya a la UDLAP.

Desde luego, estas observaciones las hago en general, a nivel macro y global y considerando que, en efecto, existen estas tres tradiciones universitarias en el occidente. En oriente, Japón y China, por ejemplo, el tipo de universidad es enteramente distinto, tanto por cultura, tradición e historia, como por dinámicas culturales y de generaciones. Y, además, lo hago en el buen sentido, es decir, tratando de entresacar los rasgos esenciales positivos de estas tres universidades. Me faltarían algunas otras universidades poblanas también relevantes pero que no podría yo encuadrar en estas tradiciones universitarias al escribir estas líneas. La Ibero Puebla, por ejemplo, también de ya buena envergadura, no podría yo ubicarla de momento y a botepronto en estos modelos. Eso no significa que no tenga un modelo, una dinámica y una forma de ser benéfica que transmita a sus alumnos. Otras universidades como la Cuauhtémoc o la Madero, o la Anáhuac, la UVM y el IEU, también tienen su carácter y su modo de ser y de operar, pero no me atrevería a ubicarlas con cierta claridad en los modelos señalados. Reitero, no les quito mérito, ni a ellas ni a otras varias que brindan el servicio de la educación superior, simplemente trato de dibujar a grandes rasgos cómo veo los modelos clásicos universitarios.

Más aun, me atrevería a invitar a los universitarios, a las autoridades universitarias de las distintas instituciones de educación superior, a que, bajo tal tradición occidental, tradición universitaria de siglos –y que por lo mismo es ya muy relevante-, pudieran repensar sus vocaciones, sus misiones y visiones y, a la luz de esta tradición universitaria, pudieran ofrecer a la sociedad poblana esa claridad que cualquier joven deseoso de iniciar estudios universitarios necesita para definir su vocación personal, y lo mismo para los padres de familia, que pudieran tener la confianza en las universidades para la formación de sus hijos.

 

Con ese ejercicio, sin duda, la sociedad también se verá enriquecida y, sin duda, Puebla podrá tomar una vitalización como entidad y como ciudad universitaria donde los jóvenes encuentres su vocación profesional, humanística y científica, y se vuelva un centro de saber al servicio de la sociedad. Será interesante cómo lo podemos reformular.

Claro, detrás  de esto se encuentra una filosofía, una visión del ser humano, del mundo en que vive y de su relación con él, con el tiempo y con todo aquello que es capaz de crear. No he ido hasta ahí y una filosofía de la educación no se queda con un modelo. Sin embargo, para vislumbrar ese modelo y adecuarse a él o configurarse a partir de él, se necesita esa perspectiva filosófica. De hecho cada universidad, en sus aulas, al ofrecer un programa o una asignatura, plantea una visión del ser humano, de las cosas, del mundo, de la historia, de la sociedad, de la cultura y del saber. Esas perspectivas configuran los elementos de una filosofía de la educación, elementos que son antropológicos, epistemológicos, éticos y sociales. Y a partir de ello, los egresados universitarios irán a ejercer su profesión con esos criterios y con esas visiones, con esa forma de comprensión y de ser, con ese horizonte abierto que parte del conocimiento y genera conocimiento. Eso es innegable.

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