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Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El periodismo nuestro de cada día

El cáncer del desprestigio. El poder. El gobierno. Los medios. A todos les falta credibilidad

Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

Lunes, Diciembre 5, 2016

Un aspecto de la crisis del país, al que poco se le pone atención, es el periodismo.

El periodismo nuestro de cada día, en buena medida, está infectado por ese desgaste y descrédito que como pátina, es signo visible de la decrepitud nacional.

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Y es explicable que ello ocurra. El tipo de comunicación del poder en todos sus niveles, hacia la sociedad, está contaminado. Y del mismo modo están los sistemas informativos de los medios privados.

La comunicación gubernamental y los medios sufren el mismo problema. El descrédito, la desconfianza y la desaprobación hacia el gobierno en todas sus formas, arrastra a sus canales de comunicación.

El boletín, las conferencias de prensa, los comunicados y las declaraciones de los funcionarios están a nivel del piso en la atención y credibilidad de la gente. Porque en general no son formas de comunicación, son simple propaganda envuelta en lenguaje del que todo mundo desconfía.

Basta ver la reacción de la gente, lectores, radioescuchas  o televidentes, cuando el gobierno da a conocer alguna noticia fuerte. El público destinatario suele interpretar exactamente lo contrario. O bien toma a guasa, cinismo o burda mentira lo que acaba de ver o escuchar.

Cero credibilidad.

Es lógico, si no le cree a los gobernantes, tampoco a lo que dicen.

En el otro flanco sucede lo mismo.

Y es que en una gran medida los medios han operado durante décadas no al servicio del público,  como marca la elemental lógica, sino al servicio del poder. No todos, es cierto, pero la inmensa mayoría.

Son verdaderos islotes los espacios que en prensa, radio, televisión e internet merecen un grado aceptable de confianza y credibilidad.

Esa suspicacia o abierto rechazo que sufre gran parte de los medios, también hay que subrayarlo, se lo han ganado a pulso. Han perdido la brújula voluntariamente. Complicitariamente,  sería más apropiado decir.

La fidelidad al poder paga. Y paga generosamente. El servicio honesto al público, no. La respetabilidad, el honor, el crédito a la palabra impresa o dicha, no tiene para el común de los empresarios de los medios rentabilidad alguna. Y tampoco para los intermediarios entre los empresarios y el poder, o sea, quienes practican este modelo de periodismo.

Un modelo que es mezcla de adulación, engaño, manipulación, “recadeo”, servilismo, calumnia por paga, cuando no abiertamente prostitución.

Así le “sirven” al poder. Y esa forma de servir no sirve.

El poder, acostumbrado a este control generosamente aceitado con millonarios contratos publicitarios, reacciona con virulencia cuando algún espacio o periodista no se pliega a la norma. El peso del poder se deja sentir en una larga variedad de formas, desde la difamación, el asilamiento publicitario, la hostilidad, el acoso anónimo y delincuencial,  la censura y  el cierre de fuentes informativas, o la represión abierta.

Gastados y corrompidos los vasos comunicantes del poder hacia la sociedad, por esa dualidad de complacencias, la forma en que la gente se entera está viciada de origen.

Pero lo más grave es que desde el poder se cree que este modelo está correcto, que va bien y sigue funcionando. No ve y menos admite que este tumor es letal para la salud misma del cliente, del que patrocina y paga.

Es un doble engaño bendecido y blindado por amplios recursos económicos.

Y este fenomenal aparato aplasta casi a cualquier disidente del poder. Un personaje que suele estar casi permanente en la mira de esta maquinaria es López Obrador. Independientemente de los flancos vulnerables que suele ofrecer de vez en cuando el líder de Morena, desde luego.

Jaime Rodríguez, El Bronco, actuó con abierta discrepancia de estos poderes allá en Nuevo León. Y, rara avis, le funcionó la estrategia. Casi no utilizó la televisión. Contrastó de modo inteligente su carisma y franqueza (a veces francamente vulgar) contra un gobernador ladrón desprestigiado y un aparato propagandístico casi totalmente al servicio del poder. Y ganó. No se sabe aún si para bien o para mal, ese ya es otro asunto.

Pero es este un caso aislado.

Lo cierto en todo esto es que el cáncer de la desconfianza y  casi nula credibilidad que padece el poder de México en sus tres niveles, estrechamente emparentado con los medios,  es algo de lo que casi no se habla. Y pesa mucho, muchísimo.

xgt49@yahoo.com.mx

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