“Al mal tiempo, buena cara”.
Refrán popular.
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“Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado
de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe
libros”.
Cicerón.
Estos son sin duda malos tiempos para el mundo y muy malos tiempos para nuestro país. Nos encontramos en un momento especialmente crítico en el que al estancamiento endémico de la economía mexicana, a la larguísima transición democrática que no acaba de consolidarse, a la escalada de violencia que sigue imparable y a la situación de círculo vicioso corrupción-impunidad-desigualdad y pobreza se añade ahora la amenaza –que muestra cada vez más evidencias de que la pesadilla será realidad- de las políticas migratorias y de proteccionismo económico del futuro presidente de los Estados Unidos y la crisis política interna que tuvo como un muy mal síntoma la renuncia de Agustín Carstens como Presidente del Banco de México la semana pasada.
Vivimos malos tiempos de reformas estructurales estancadas, discursos demagógicos gastados, gobernadores en fuga por hechos de corrupción sistemática que rebasa por mucho todo lo que habíamos visto antes, incremento de la violencia producto del crimen organizado y de los delincuentes comunes, creciente emergencia de actos de justicia por propia mano producto del hartazgo ciudadano ante la inacción gubernamental y muchos otros signos que hoy se suman a la preocupación por lo que vendrá a partir del próximo 20 de enero para nuestro país que sigue estando bajo la maldición porfirista: “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.
Nos encontramos en tiempos difíciles en los que como decía Cicerón, los hijos han dejado de obedecer a sus padres y desafortunadamente no por haber construido una sana autorregulación de sus aprendizajes y una auténtica libertad responsable para sus acciones sino porque como afirman los psicólogos estamos creando generaciones que creen merecerlo todo sin ningún esfuerzo, generaciones de niños y jóvenes trofeo, generaciones del “merecimiento”.
Tiempos complicados en los que “todo el mundo escribe libros” sin importar la calidad de sus contenidos, la pertinencia de sus temas, la solidez de sus planteamientos. Todo el mundo escribe libros y dicta conferencias y cátedras siempre y cuando lo que escriba o diga tenga “rating” y pueda ser vendible, sin importar si es verdadero o falso, ético o aberrante.
Dice el refrán que “al mal tiempo, buena cara” y en cierto sentido sería lo que tendríamos que hacer en esta etapa crítica de nuestra historia nacional y mundial.
Porque no podemos, no debemos ceder ante el desánimo y dejarnos vencer por la desmoralización social que se desprende de la constatación de que en el mundo de hoy, en el México del siglo veintiuno, el mal parece ir ganando la batalla al bien, la injusticia parece invencible y la corrupción y la impunidad las únicas formas de funcionamiento de nuestro sistema político y social.
A este mal tiempo entonces hay que enfrentarlo con buena cara, con actitud positiva, con trabajo persistente, con sueños de esos que se sueñan con las manos como decía Octavio Paz, con organización creativa y propositiva que sea capaz de regenerar espacio por espacio y avanzar trinchera por trinchera hacia la transformación que tantos millones de mexicanos reclaman con urgencia creciente.
Pero a este mal tiempo hay que vencerlo sobre todo con buena educación, con educación que sea capaz de regenerar la idea de ser humano dominante y cambiarla por la de una persona digna y solidaria; con educación que regenere la idea de conocimiento y forme personas auténticamente críticas; con educación que pueda regenerar la visión ética dominante centrada en el lucro y el consumo para construir una visión ética centrada en el género humano y su desarrollo; una educación que pueda aportar elementos para regenerar y no solamente reproducir la idea de sociedad competitiva –“ley de la selva”- que hoy se impone para construir una noción de sociedad justa, democrática y planetaria.
Al mal tiempo, buena educación, educación de calidad, educación equitativa, pertinente, eficaz y eficiente. Al mal tiempo, buena educación, educación que desarrolle la dimensión prosaica pero haga también florecer la dimensión poética de cada educando, futuro ciudadano de esta Tierra-Patria que necesita de todos y cada uno de sus habitantes para trascender la “era de hierro planetaria” en la que vivimos hoy aparentemente atrapados sin salida.
Ojalá seamos capaces como sociedad de cerrar filas para hacer frente a estos tiempos críticos y dar al mal tiempo, buena educación.