Manejaba su auto, ya no. Subía y bajaba contenta, independiente, libre, ya no. Andaba de aquí para allá y de regreso: al mercado, al café, con sus amigas para ir de compras, ya no. Salía temprano y regresaba tarde, ya no. ¿Qué le pasó? Ni ella sabe. Sólo sabe que poco a poco fue sintiendo miedo y que sus espacios vitales se fueron achicando y ya no es la misma.
Sus hijos le preguntaron si algo le había pasado que no quería decir. Dijo que no. Que si alguien la había molestado en la calle o en su coche. Dijo que no. Que si le habían robado o asustado. Dijo que no. “¿Entonces qué te pasa, mamá?, --le preguntó el menor de sus hijos--. Tenme confianza. Si no quieres que nadie sepa lo que me puedas decir, nunca lo sabrán, te lo prometo”. Ella guardó silencio.
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--A ver mamá, dime: ¿Todavía ves bien con tus lentes, se te rompieron o necesitas unos nuevos?
--No hijo, no se me han roto y veo bien. Mira, aquí están.
--¿Cuándo manejas oyes bien el claxon cuando lo tocan?
--Sí, hijo, si oigo bien todo.
--¿Alguna vez has sentido que no sabes dónde estás?
--No, hijo, no.
--¿Te has sentido mareada?
--No, hijo, estoy bien. Camino y aun cuando me apuro me siento muy bien. No te preocupes.
--Entonces, dime, mamá. ¿Qué te pasa? Si antes salías feliz a donde fuera, eras la primera en estar con un pie en la calle y cualquier pretexto era bueno para salir: ir por los nietos al kínder y la primaria o donde fuera y a la hora que se ofreciera. Ahora no quieres salir y sólo quieres estar aquí en casa. ¿Qué te ha pasado? Dime por favor, estamos preocupados por ti.
--Hijo, tengo miedo. No es mi edad, estoy bien de salud. Es que de un tiempo para acá me asusta el mundo. Me siento sola porque a la gente ya no le importa la gente, y yo soy gente. No es tristeza, es miedo, porque el mundo era mundo, pero ya no…
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