Hoy martes 8 de noviembre se está llevando a cabo la elección presidencial número 58 de los Estados Unidos de América y, todo parece indicar, dejará más de una enseñanza y múltiples lecturas desde las cuales analizar este magno evento. El complejo sistema basado en el Colegio Electoral, no permite predecir un resultado definitivo (cualquier candidato con más votos populares puede perder la elección por el voto colegiado).
Un hecho muy visible en esta elección, ha sido la postulación de un exitoso empresario como candidato del Partido Republicano, quien con un discurso estridente, desplazó a los políticos de carrera forjados de ese partido. Esta circunstancia podría equipararse a la postulación del actor Ronald Reagan que, con un discurso vociferante y neoliberal, logró convencer en dos ocasiones al electorado norteamericano a votar por él.
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Pero a diferencia del actor que previamente fue gobernador de California, vocero de la compañía General Electric y Presidente del Sindicato de Actores de Pantalla, el candidato republicano, Donald Trump, no tiene experiencia política alguna. Su principal éxito ha sido la promoción de su persona y un discurso intuitivo y desarticulado a favor de las causas como el orgullo nacional, mayor empleo o la reducción de impuestos.
La pregunta es ¿cómo es que las preferencias le confieren un alto porcentaje a un candidato que, a veces, parece improvisado en su discurso? Mientras que Hilary Clinton representa un proyecto político articulado a debatir, Trump es la expresión eufórica de frases deshilvanadas que, a pesar de ello, animan a sectores importantes del electorado.
Por ejemplo, modificar el Tratado de Libre Comercio es un pésimo negocio para México, pero también para Estados Unidos. Construir un muro fronterizo no sólo es inviable económicamente, sino que resulta criminal para el medio ambiente e inmoralmente injusto para las sociedades de ambos lados de la frontera. No aceptar los resultados de la elección si no gana, como ha dicho, es ridículo en una democracia que ha demostrado respeto a los principios de legalidad y transparencia a lo largo del tiempo.
Es evidente que, cuando las sociedades logran altos niveles de satisfacción, lo electoral deja de ser un interés prioritario entre los ciudadanos. Sin embargo, este distanciamiento de la sociedad política respecto de sus representantes, abre la oportunidad para el encumbramiento oportunista de cualquier discurso político con capacidad de atracción, con independencia de su contenido, así esté basado en el odio o la exclusión.
Y esta es otra de las experiencias que nos muestra la próxima elección presidencial en Estados Unidos y que es atribuible al desgaste de la democracia misma y su credibilidad. Hoy día, cualquier discurso, por banal que resulte, puede ganar adeptos en un electorado volátil, desinformado y resentido respecto de las posibilidades de ascenso, en una sociedad cada vez más dominada por un establishment político y económico cerrado que no distribuye beneficios ni crea oportunidades de manera equitativa.
Tradicionalmente tenemos la idea de que las democracias consolidadas no caen fácilmente en las trampas de discursos basados en el rencor y prejuicio. Pero, como andan las cosas, uno no puede confiarse, sobre todo, ahora que Donald Trump ha logrado articular grupos sociales ultraconservadores en favor de restaurar algo que denomina “orgullo nacional”, el uso de las armas, la edificación de un muro que los separe de quienes son distintos a “ellos”, la renegociación de toda negociación previa con los mexicanos y demás supercherías.
Sin duda, el hecho más significativo de la elección próxima, es la postulación de una mujer por primera ocasión desde el inicio de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, en 1788. Hilary Clinton, es con mucho integrante distinguida de la clase política norteamericana que desarrolló su carrera, al principio, al lado de Bill Clinton, su esposo, primero en Arkansas y luego en el Gobierno Federal de ese país. Pero más tarde, en 2001, ganó el escaño del Senado por el Estado de Nueva York.
El antecedente en ese país de mayor semejanza, respecto de la participación de mujeres en contiendas electorales fue en 1984, cuando el Partido Demócrata postuló a Geraldine Ferraro a la vicepresidencia de ese país, en fórmula con Walter Mondale, quien fue vicepresidente con Jimmy Carter. En aquella ocasión, los demócratas perdieron estrepitosamente.
Hilary es una personalidad cuya trayectoria le ha ganado el respeto de la clase política norteamericana y de amplios sectores del Partido Demócrata. Su trabajo a favor de las mujeres desde el inicio de su acompañamiento a su esposo, siendo gobernador de Arkansas, fue notable. De hecho, fueron famosas sus iniciativas gubernamentales en favor de la salud de los niños, la detección del cáncer de mama en mujeres mayores, así como la creación de la oficina de la mujer en el departamento de justicia Federal.
En 1995, en Beijing, pronunció un discurso muy famoso en la Conferencia sobre la Mujer. Ahí expresó que “no es aceptable discutir los derechos de la mujer de forma separada de los derechos humanos”. También arremetió en contra de la condición de las mujeres en China y las dificultades de muchas organizaciones de la sociedad no gubernamentales no haber sido aceptadas a participar de la conferencia.
También llamó la atención su postura sobre la violación de los derechos humanos a las niñas se les niega comida o se las mate simplemente por ser niñas, o que sean vendidas como esclavas de la prostitución o se les mutile. Esta postura llamó seriamente la atención del gobierno de China, en donde sólo es posible tener un hijo por pareja.
Asimismo, destacan los grandes desafíos que enfrentó en materia de política exterior bajo el mandato de Barack Obama, un antiguo rival político, como dijo en algún momento. Su actuación se dio en el contexto posterior a la caída de las torres gemelas de Nueva York, en un mundo convulsionado en el medio oriente, bajo el contexto de la Primavera Árabe, con Osama Bin Laden libre y, hoy día, pareciera que ello quedó atrás ante otros nuevos desafíos.
Es de señalarse que Hilary concibe el liderazgo en Estados Unidos como una carrera de relevos, “Un secretario, un presidente, una generación, todos reciben el bastón y deben correr un tramo de la carrera para luego entregarlo a sus sucesores”.
Sin duda Hilary es una digna representante de las mujeres del mundo y hoy está ante la posibilidad de ganar las elecciones de la economía más poderosa e influyente del mundo, no obstante, debemos tener presente todo lo acontecido en esta elección con independencia de quién resulte ganador.
En lo personal, políticamente estoy a favor de la candidata demócrata, pero, evidentemente, también resulta improcedente, desde cualquier punto de vista humano, estar a favor de la ignorancia, el prejuicio y el odio.
[La autora es Senadora de la República]