Más allá, fuera de mí, en la
espesura verde y oro, entre las
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ramas trémulas, canta lo
desconocido. Me llama. Mas lo
desconocido es entrañable.
Octavio Paz
Ese 31 de octubre de 1984, a la 1 o 2 de la tarde, partía yo de mi pueblo y de mi casa, tenía 18 años, había terminado el CCH (en Azcapotzalco) y me iba a seguir mi vocación. Mi destino era Nuevo Casas Grandes, Chihuahua. Mi papá me acompañó y estuvo ahí junto a mis amigos del bachillerato que acudieron a despedirme. Nunca olvidaré su rostro cuando lo vi desde la ventanilla del autobús, estaba triste –aunque convencido, como yo, de que debía irme a seguir el llamado-, apenas sí contenía sus lágrimas; fue un lento movimiento y un largo adiós mientras el vehículo hacía la maniobra para dirigirse a la salida de esa grande terminal del norte de la Ciudad de México.
Atrás quedaban sus cuentos, sus historias, sus bromas, sus gozos y preocupaciones, compartidas de diversa manera con sus diez hijos vivos (uno difunto al nacer: Zeferino). Atrás quedaban las mañanas en que, ya en casa, él construyendo la nuestra, pagada por mis hermanos mayores, preparaba el café, mientras yo iba por el pan, para desayunar. Atrás quedaban las tardes o las noches en que la cena volvía a suscitar esas historias que nos hacían reír o a reclamar alguna versión cambiada (¡Ese cuento no iba así, papá! ¡Ya inventaste nuevos hechos!).
Quedaba atrás la vida y la compañía de un hombre que había quedado viudo ocho años antes y que luchaba por sacar adelante a sus hijos, sobre todo a los chicos y para ello había hecho todo el esfuerzo para no dejar de trabajar y que sus hijos fueran a la escuela y tuvieran qué comer. Y, quedaban atrás, esas tardes, cuando yo –vuelto chalán, después de trabajar- escuchaba sus charlas de cuando era joven, de cómo conoció a mi mamá, de su distanciamiento con su papá, mi abuelo (por quien llevo el nombre), de sus bromas y ocurrencias. Creo que reía todos los días, varias veces, o al menos una vez, cuando cambiaba los nombres de los parientes con una gracia casi inenarrable y compartíamos a carcajada limpia y amena la ocurrencia, su ocurrencia.
Años después, no sé cuántos, me enteré que lo habían visto regresar a casa triste, y que así estuvo varios días. Me imagino que en el algún momento del trayecto de la terminar del norte al pueblo lloró por su hijo, recordándolo e imaginando que en ese momento iba hacia lo desconocido. Lo desconocido: Me llama, como dice Paz en su poema. En efecto, en ese año, en ese momento, iba yo a lo desconocido, a una vida que aún no sabía yo cómo sería. Fueron –no me acuerdo con certeza- unas veinte horas de la Ciudad de México a Chihuahua capital. Y de ahí unas cinco o seis a Nuevo Casas Grandes. Llegué allá el 1 de noviembre por la tarde. Cuando llegué al lugar a donde iba, luego de que me asignaron mi habitación, ya en la noche, esa primer noche de mi nueva vida, solté mis lágrimas contenidas: ya no iba a volver a ver a mi familia, a mi papá, a mis hermanos y hermanas, a mis amigos. Era consciente de que había yo quemado naves. Esa noche la pasé llorando.
Poco a poco la nueva vida va abriendo horizontes: nuevos conocidos, nuevos amigos, nuevas actividades y tareas. Y también nuevos proyectos. Era un mundo nuevo, un mundo por descubrir pero también un mundo que se abría, que se mostraba y que, a final de cuentas, no era tan hostil ni tan desconocido como lo percibía al inicio. Fue un año de aprendizaje y muy fructífero: regresé con la mentalidad cosmopolita, podía ya vivir en cualquier parte del mundo (así sentía y así pensaba).
Después de que pensaba que nunca lo haría, volví a ver a mi papá tres veces más: en ese diciembre (tuve que regresar antes de que terminara el año para arreglar lo de mi cartilla del servicio militar), en julio del año siguiente (cuando regresaba de Chihuahua a casa a pasar unos días de vacaciones) y poco antes de su muerte (noviembre de 1985) en el hospital. Esta tarde-noche que veo las ofrendas, la ofrenda de la casa, las flores de cempasúchil, las frutas y la veladora, hago mi oración y lo recuerdo, junto a mi mamá, a mis tíos difuntos, a mis abuelos, a mi hermano Zeferino, a mis amigos y conocidos. Te quiero papá –le digo-, gracias por todo lo que me brindaste, por tu existencia, por tus esfuerzos, enseñanzas y consejos. Y hago mi oración: Gracias, Señor, por haberme dados unos padres como los que me diste, bendito seas.
Me retiro y escribo estas líneas. Me viene a la mente, entonces, el inicio del poema “Blanco” de Octavio Paz, compuesto por el poeta en el año en que nací, hace ya cincuenta años:
El comienzo
El cimiento
La simiente
Latente la palabra en la punta de la lengua
Me identifico con el poema. Porque, en efecto, en ese año yo estaba en “el comienzo”, yo era un comenzante, alguien que iniciaba, una existencia que se proyectaba en este horizonte espacio temporal que es la vida humana, mi propia vida; “el cimiento” que recibí en la casa en que nací, con mis papás, mi familia, mi pueblo, mis amigos y todos aquellos que han formado parte de mi vida. Está ahí, estaba ahí, sigue ahí, “la simiente”, “latente”, presente aunque no se vea, siendo al mismo tiempo cimiento y comienzo, comienzo y cimiento.
Soy “la palabra en la punta de la lengua”, de la lengua del ser que me dio la existencia, mi padre y mi Padre, mi padre de la tierra y mi Padre del cielo. Pero también soy yo la lengua que dice esa palabra, porque también soy ente que habla y que hace lenguaje, es decir, significado. Y mi vida, como la de todos, ha tenido significado, tiene significado. Soy palabra pronunciada y por eso, también como escribe Paz en su poema “Hermandad”, “en este momento alguien me deletrea”, alguien escribe mi nombre “más allá”, en “lo desconocido”. Eso desconocido –incluso el “desconocido”- canta y yo oigo su canto dentro de mí, en el fondo de mi corazón, canta y “me llama”, como en ese lejano 1985, me llama porque me “es entrañable”: el comienzo, el cimiento, la simiente.
Y al mismo tiempo escucho ese canto agustiniano del De vera religione: “No vayas fuera, entra dentro de ti, y si descubres que eres finito, ¡trasciéndete a ti mismo!” Y con ello caigo en la cuenta, como dice el poema de Paz, que “lo desconocido es entrañable”, está dentro de uno mismo, está dentro de mí.