El tercer debate entre Hillary Clinton y Donald Trump ha perfilado un triunfo prácticamente seguro para los demócratas. El mismo miércoles las encuestas señalaban una tendencia de entre 6 y 8 puntos en favor de Clinton, mientras que The New York Times y FiveThirtyEight proyectaban su probabilidad de triunfo en 92% y 87.5%, respectivamente. De acuerdo a la encuesta levantada por CNN, 52% de quienes vieron el debate consideran a Clinton la ganadora del debate, lo cual dará un nuevo empujón en las tendencias a favor de los demócratas en los próximos días.
Lo que pudimos observar en el tercer debate fue a una Hillary Clinton que ya ha dejado atrás la imagen de candidato para proyectarse claramente como estadista. Sólo un escándalo de proporciones bíblicas, algún incidente extraordinariamente grave o una desmovilización masiva de los votantes en estados clave, podrían evitar que Clinton se convierta en la primera mujer presidente de los estados Unidos.
Romper todos los moldes de la política norteamericana le permitió a Trump convertirse en el candidato republicano y, al menos hasta septiembre, presentarse como un serio aspirante a la presidencia. Esa misma estrategia, una combinación de voluntarismo y rechazo a respetar cualquier límite, ha terminado por hundirlo. Porque lo que hemos atestiguado en octubre ha sido el suicidio político, la muerte por megalomanía de Donald Trump.
Los asesores de Clinton han sido capaces de comprender la dinámica particular de esta campaña y, después del susto que se llevaron en septiembre, cuando los republicanos lograron cerrar la distancia en las encuestas, han definido una estrategia orientada a evidenciar que Trump carece de la capacidad y juicio necesarios para ser presidente. Trampa en la que ha caído consistentemente Trump con sus propias declaraciones, respuestas ante escándalos, incapacidad para contener sus impulsos y ahora su ambigüedad al respecto de reconocer su eventual derrota.
Lo que queda en las próximas semanas es observar hasta donde pueden llegar los berrinches de un Trump que se sabe derrotado y la capacidad de los demócratas para consolidar su triunfo en el Senado y conquistar estados que hasta sólo unos meses se manifestaban contundentemente a favor de los republicanos, como Arizona, Georgia o Iowa. En un ambiente envenenado por el odio racial y las teorías del complot promovidas irresponsablemente por Trump, el riesgo de incidentes violentos es también una posibilidad latente.
Para México los escenarios presentan restos formidables, en especial considerando la debilidad del presidente Peña Nieto y el contexto preelectoral hacia 2018. El gobierno mexicano deberá ahora pensar cuidadosamente su estrategia de acercamiento y las bases de una agenda bilateral con la futura administración norteamericana, luego de que la imagen de nuestro país ha estado negativamente en el centro del debate electoral y ante las consecuencias inevitables del grave error de haber invitado y otorgado un trato de jefe de Estado a Trump el pasado mes de agosto.
[El autor es Director Académico del Departamento de Relacionas Internacionales y Ciencia Política de la Universidad de las Américas – Puebla]